Génesis y creación del puto amo
Los vídeos ofrecidos por THE OBJECTIVE dejan una pregunta en el aire: ¿cómo pudo Sánchez ser reelegido después de eso?

Ilustración de Alejandra Svriz.
THE OBJECTIVE publicó la semana pasada los vídeos obtenidos por Ketty Garat en los que se pueden ver los momentos más tensos del debate del Comité Federal del PSOE, el 1 de octubre de 2016, en el que fue destituido Pedro Sánchez como secretario general del PSOE. Tuve la oportunidad de vivir ese acontecimiento desde el puesto de director de El País, que, dos días antes, había publicado un editorial en el que se censuraba de manera contundente la gestión de Sánchez al frente del partido.
Debo admitir que aquel editorial encontró en su momento más críticas que alabanzas, tanto en los círculos de la izquierda como de la derecha, pues eran pocos los que compartían que la conducta de Sánchez mereciera calificativos tan gruesos como los que se exponían en ese texto ni actuaciones tan severas como las que se decidieron en el posterior Comité Federal del PSOE.
Después de ver las imágenes del vídeo, he recibido varios mensajes de personas que, con distintos matices, vienen a decir: «Ahora se entiende todo mejor». Gran parte de los que han accedido a esos vídeos coinciden en que las palabras, el comportamiento, incluso el lenguaje corporal de Sánchez revelan con toda nitidez su falta de escrúpulos y su clara determinación de conservar aquel día su puesto aun a costa de saltarse las más elementales reglas democráticas y engañar a sus propios compañeros.
La duda que parece haber surgido tras la visión del material obtenido por Ketty Garat es cómo es posible que, tras aquel bochornoso espectáculo, Sánchez volviera a ser reelegido secretario general apenas siete meses después. Sin entrar a considerar las sospechas de fraude en esas segundas primarias de mayo de 2017 —del que alguno de sus rivales está convencido, y yo mismo he conocido indicios inquietantes—, la respuesta a esa pregunta tiene varias derivadas. Fueron muchos y de distintos ámbitos quienes contribuyeron al regreso de Sánchez.
Por supuesto, los primeros responsables son los integrantes de la militancia del PSOE, a la que, desde hace años, siempre que se le da la oportunidad de expresarse con su voto directo, lo hace en la dirección que considera más radical y antiaparato. Desgraciadamente, los dirigentes que habían conducido el partido en las décadas anteriores cometieron el error, en su afán por cortar el paso a Sánchez —al que conocían y de cuyo peligro eran conscientes—, de aparecer ante la opinión pública como un bloque de contención, como una fuerza de resistencia con el propósito de conservar privilegios. Eso dejó el camino despejado a Sánchez, que se había definido como liberal en su trayectoria anterior y que había hecho siempre ímprobos esfuerzos para ser admitido entre la cúpula dirigente, para travestirse en un joven revolucionario y antisistema. Fue la primera y exitosa conversión de Sánchez.
Cuando asumió el poder, tras el Comité Federal del 1 de octubre, el sector socialdemócrata tradicional del partido se encontró con que no tenía a quién cederlo. El hombre que asumía el liderazgo de forma provisional, Javier Fernández, sin duda la mejor opción, no se sentía con fuerzas para hacerlo de forma permanente. Susana Díaz, que esperaba la coronación, no convencía claramente a ninguno. Eduardo Madina debía haber sido la persona, pero faltó determinación por parte de todos. En definitiva, tras echar a Sánchez, la Comisión Gestora creó una sensación de vacío de poder y de falta de una alternativa clara. Para colmo, Patxi López —sí, Patxi— quiso pescar en río revuelto y dividió el voto contra Sánchez.
La derecha, que disfrutaba del espectáculo del suicidio televisado del PSOE, simpatizaba más con la misión purificadora de Sánchez que con los esfuerzos de sus rivales para apartarlo. En el fondo, la derecha creía que si Sánchez conseguía hundir al PSOE, bien hundido estaba, y que, en cualquier caso, Sánchez siempre sería un rival más fácil de batir en unas elecciones que un candidato que tuviera el apoyo unificado y firme de todo el partido. Estaban equivocados solo en parte. Si se trata de imaginar, yo estoy convencido de que Javier Fernández habría ganado unas elecciones y habría sido un presidente del Gobierno del que toda España estaría por siempre orgullosa.
Al margen de la política, también desde círculos económicos se vio con simpatía el ascenso de Sánchez, a quien no se le apreciaba más peligro que su insignificancia y, precisamente por ello, podría resultar de gran utilidad. «Es como Zapatero, pero más tonto», me dijo alguien de ese mundo aquellos días objetando el editorial al que he hecho referencia anteriormente.
De modo que, como en la célebre novela de Agatha Christie, fueron muchos los que apuñalaron al PSOE en aquellos días infaustos. A Sánchez le valían todos: cualquiera que estuviera a favor de su regreso a la secretaría general, bien fuese del mundo político, empresarial o de los medios de comunicación, se convertía de inmediato en su aliado, sin importar los motivos. Pero, claro, todos ellos necesitaban de un primer brazo ejecutor, de alguien que no tuviera —perdonen que insista— escrúpulos para cometer toda clase de traiciones y ejecutar toda clase de maniobras con tal de alcanzar el objetivo que se había marcado hacía tiempo él mismo para estupefacción de quienes mejor lo conocían: ser «el puto amo».