La trampa de la moción de censura
Tanto si fracasa como si triunfa, esa iniciativa perjudica a nuestra democracia y podría favorecer a Sánchez

Ilustración de Alejandra Svriz.
La forma más democrática de llegar al poder en nuestro sistema político es ganar las elecciones. La moción de censura está contemplada en la Constitución como un recurso extraordinario al que se está aludiendo con demasiada ligereza últimamente. Entiendo que un sistema funciona correctamente cuando es capaz de resolver las crisis con los mecanismos habituales que están a disposición de la política. Si para cambiar una mayoría de Gobierno un país tiene que recurrir dos veces consecutivas a un procedimiento extraordinario, es que algo no está funcionando bien en nuestra democracia.
Creo que hoy se está frivolizando en España con el asunto de la moción de censura. Por un lado, los socialistas y sus socios de la coalición populista retan a diario a la oposición a presentarla en el Parlamento, como si fuese una provocación, casi una bravata. «No la presentáis porque sois unos cobardes», vienen a decir. Por su parte, el Partido Popular también está manejando este asunto con peligrosa superficialidad, hablando de la moción de censura como una responsabilidad de los partidos minoritarios, no suya.
Todo parte, claro, del antecedente de 2018. En aquel momento, en el que yo aún era director de El País, respaldamos en un editorial la iniciativa contra el Gobierno de Mariano Rajoy. Hoy, con la perspectiva de los años, tengo dudas de que fuera la decisión correcta. En todo caso, estoy convencido de que la iniciativa en el Parlamento fue precipitada.
La moción de censura es, por supuesto, una vía legítima para llegar al poder, pero no es la más adecuada. Un Gobierno elegido por ese camino carece del respaldo popular suficiente y necesario para acometer las reformas que está obligado a intentar un Ejecutivo verdaderamente operativo en una sociedad como la nuestra actual.
En el fondo, la manera en que llegó Pedro Sánchez al poder marcó todo su estilo de gobierno posterior: sin un mandato popular, sin mayorías claras, condicionado permanentemente a sus socios, facultado para gozar de todos los privilegios del cargo, pero sin recursos reales para diseñar verdaderos cambios estructurales. Si enumeramos los problemas de fondo de España en los últimos ocho años —pensiones, educación, inmigración, modelo productivo— veremos que ni uno solo ha sido abordado por el Gobierno que hemos tenido en ese periodo.
Actualmente, la moción de censura es un asunto de debate diario y, en mi opinión, una trampa en la que no debería caer el PP. He expuesto ya la razón más institucional para no hacerlo, pero además existen inconvenientes de orden estratégico y táctico que desaconsejan dar ese paso.
En primer lugar, recurrir hoy a una moción de censura, por mucho que sea con el único objetivo de convocar elecciones, es aumentar el poder de quien debería tener menos: los nacionalismos periféricos. Sería muy sencillo para quienes fueran desalojados del Gobierno por esa vía dibujar la caricatura de un Alberto Núñez Feijóo que por fin se sienta en el banco azul gracias —¡mira por dónde!— a Junts y el PNV. Podría desgañitarse el líder del PP en explicar que él no ha hecho a cambio ninguna concesión a esos partidos, pero no podría negar el reconocimiento que les habría otorgado al convertirlos en los componedores de los daños que causan nuestros dos grandes partidos nacionales.
Ignoro si los dos meses, como mínimo, que Feijóo debe pasar sentado en el primer escaño del Congreso —pues Gobierno hay que elegir, por muy instrumental que sea la moción— lo hará con Santiago Abascal a su lado, lo que daría lugar a la imagen que Sánchez tanto busca para convencer a los más incrédulos de las calamidades que nos esperan cuando la extrema derecha alcance el poder. De lo que estoy seguro es de que, si el PP consigue ganar una moción de censura con los votos de Vox, ese partido no se va a quedar de brazos cruzados dejando que Feijóo se luzca a placer hasta la celebración de las próximas elecciones.
Menciono solo algunos de los efectos contraproducentes que tendría una moción de censura exitosa. Son más fáciles de ver las consecuencias de una moción fracasada. Salvo una hecatombe de carácter mundial, no se me ocurre ninguna circunstancia política capaz de desviar la atención del desmoronamiento y la corrupción que afectan al gobierno actual. El Gobierno se cae ante los ojos atónitos de los ciudadanos. No puedo pensar en ninguna tesitura que hiciera girar la mirada a los españoles, excepto una: una moción de censura fracasada. Eso sería, al mismo tiempo, una moción de confianza ganada por Sánchez y un fuerte revés personal para Feijóo.
Dice el PP que solo la presentará si la gana. Significa, imagino, que confían en la palabra que le den previamente Junts y el PNV. Mucha confianza es esa, porque el debate de una moción de censura y de investidura de un nuevo presidente puede dar lugar a situaciones con las que no se cuenta y que modifiquen la percepción de unos y de otros.
No necesitan convencerme del enorme estropicio que Sánchez está causando al país y a nuestro sistema político. Comparto también los temores de quienes vislumbran maniobras antidemocráticas para influir en los próximos resultados electorales. La oposición ha de estar alerta ante todos estos movimientos y denunciar con precisión cada nuevo ataque de Sánchez a la democracia. Pero, a menos que cambien significativamente las circunstancias actuales, esperemos a las urnas, calmen la ansiedad de quienes les rodean, perfilen un proyecto político más convincente y no caigan, por precipitación o carencia de mejores ideas, en las trampas que les tiende el Gobierno.