The Objective
Román Cendoya

El Papa y los Sánchez

«Elecciones presidenciales entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, comunista radical. Sí, Sánchez, como Pedro»

Opinión
El Papa y los Sánchez

El candidato presidencial peruano. | Europa Press

Ha sido todo un espejismo tener a España mirando al cielo gracias a la visita del papa León XIV. Ha llegado en el momento oportuno a un país que necesita elevar la mirada y el espíritu para escapar, aunque solo sea por unos días, del clima de degradación institucional y corrupción que representan el Gobierno de Sánchez y el PSOE en numerosos ámbitos de la vida pública. España necesita respirar y/o rezar, además de unas elecciones generales ya.

León XIV es un misionero que nació en Chicago, pero eligió ser de Chiclayo. Las dos ciudades fonéticamente suenan parecido, pero no tienen nada que ver. Solo comparten estar en América. Chiclayo tuvo el mérito de que, por vocación, espíritu, sacrificio y servicio, llevó a Robert Prevost Martínez a nacionalizarse peruano. Y este peruano se ha encontrado presidiendo en la Plaza de Lima de Madrid, en homenaje a la capital del Perú, la energía de la juventud, en esa vigilia en la que su espíritu se elevó hacia el cielo mientras su cabeza, con preocupación, seguro que recordaba a su Perú.

Ayer domingo se celebró en el Perú la segunda vuelta de las elecciones presidenciales entre Keiko Fujimori, la candidata para el futuro en democracia, y Roberto Sánchez, comunista radical. Sí, Sánchez, como Pedro. La penosa coincidencia no es solo de apellido y, por eso, seguro que el Papa ha ofrecido más de una oración por nuestros países.

No puede ser el paralelismo, pero lo es. El Sánchez del Perú se postula como quien ocupará o desmontará todas las instituciones. Como Pedro. Propone hacer una nueva Constitución para perpetuarse en el poder y alinear al país con Venezuela y Bolivia. O sea, que sigue la ruta de los países del peor Zapatero. El Sánchez peruano propone las nacionalizaciones de los dos grandes negocios del país: la minería y la agroindustria. Nuestro Sánchez metió la mano para que sus amigos gestionen Telefónica e Indra. El Sánchez peruano propone ocupar todos los puestos relevantes, como el Banco Central de Reserva y demás instituciones, con los José Luis Escrivá peruanos. En su candidatura integra terroristas de Sendero Luminoso y se ha juntado con Antauro Humala, nacionalista etnocacerista que asesinó a policías —¿les suena?— y propone declarar la guerra a Chile, prohibir la religión católica y secuestrar al Rey de España.

Para llegar al poder, el Sánchez peruano se apoya en los bilduetarras andinos. Y, como no podía ser menos en el defecto Sánchez, ocupa la justicia. Su Lola es el fiscal político que metió en la cárcel durante casi 500 días a su rival, Keiko Fujimori —sin causa ni delito—, y, además, provocó, con su persecución política, el suicidio del expresidente Alan García. La pregunta es pertinente: ¿qué tienen los Sánchez que, cuando se meten en política, se dedican a cargarse los países con el mismo modelo? Confiemos en que Roberto Sánchez, que apunta maneras, no llegue a presidente para evitar que corrompa el país y el poder como ya ha hecho en España Pedro Sánchez.

El problema es que los cánticos y las oraciones pasan y vuelve la realidad, porque ahí sigue: no se va, no quiere irse. Su obsesión por el poder está llevando a Pedro Sánchez directamente al banquillo y a la cárcel. Sánchez se escandalizaba porque con Rajoy montaron una «policía patriótica», una unidad dedicada a las cloacas del Estado. Pedro Sánchez, sin pudor, ha instaurado el Gobierno cloaca, un todo criminal dedicado a prácticas corruptas y delictivas desde la disposición del Estado.

Pedro Sánchez, al que tanto preocupa cómo pasará a la historia, puede ya estar seguro de que está en la historia como el presidente del Gobierno cloaca. Ha batido todos los récords de la peor corrupción posible. Nadie ha llevado tan lejos a tantos poderes e instituciones en el desprecio de leyes y normas. Pedro Sánchez, su equipo, su familia y su Gobierno tienen bloqueados demasiados recursos policiales y judiciales del país por sus prácticas y conductas punibles.

El récord de Sánchez es que su organización criminal es un estercolero que salpica a casi 100 personas, que ya lleva 18 delitos tipificados y que tiene 12 sumarios en los juzgados, para los que están dedicados 14 jueces. Y sigue sumando. En el Gobierno cloaca están implicados once ministerios y, por supuesto, el Palacio de la Moncloa y las sedes del PSOE. No es persecución. Es instrucción. No se trata de una conspiración contra el Gobierno, sino de la imprescindible investigación de unos hechos tan graves como repugnantes, que mantienen a los españoles en estado de indignación y estupefacción.

Sánchez extiende la corrupción a todo lo que tiene relación con el mantenimiento de su poder. Utiliza las instituciones y a las personas para destruir a las instituciones y a las personas que interfieren en su poder. A todos los niveles. En Sánchez, la corrupción es pasado, presente y futuro. Y va más allá de nuestras fronteras. Es tóxico y malo. Pero tiene un problema muy grave: se cree todopoderoso, pero no lo es. No todos claudican ante él. Hay honorables ciudadanos que, desde sus trabajos como periodistas, jueces, policías, guardias civiles y políticos, investigan, denuncian y persiguen las conductas y comportamientos de esa banda que es el PSOE de Sánchez y su Gobierno cloaca.

Sánchez huye del pueblo y de los espacios públicos. No soporta la libertad de la masa. Esa fobia a la ciudadanía ha permitido al papa León XIV disfrutar de Madrid, de los jóvenes y del buen espíritu de los españoles. Habría sido terrible, ante el mundo, que la Castellana se hubiera llenado de esa jaculatoria laica que reza fervorosamente: «Pedro Sánchez, hijo de p…». Es verdad que al Papa le habría aumentado su angustia por el Roberto Sánchez del Perú y habría rezado más por su tierra. También se habría conseguido que ningún peruano en Madrid dejara de votar para evitar que el Perú caiga en manos de su Sánchez. Roberto.

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