The Objective
Román Cendoya

La secta de Sánchez

«En el PSOE, cada vez que llega una elección, sacrifican a alguien y a todos los de alrededor… y ya van miles»

Opinión
La secta de Sánchez

Ilustración de Alejandra Svriz.

Me da igual el resultado de las elecciones andaluzas. Escribo esta columna sin saber cuál ha sido. En todos los periódicos, radios y televisiones estarán desmenuzando las cifras. Pero detrás de ellas, que son muy importantes porque definen la gobernabilidad, están las actitudes profundas de las organizaciones políticas.

Todos los que están conectados con el entorno de Pedro Sánchez ya han escrito que a él el resultado le da lo mismo. Por eso podemos escribir sobre él sin conocer el resultado. La inmolación de María Jesús Montero, incluso a niveles catastróficos, no le afecta. Porque no es la primera inmolación, ni la segunda. Cada elección en España supone otra inmolación. Desde 2023, toda elección en el PSOE es una derrota electoral. Pero todo sigue igual. Como en las tribus primitivas que, cada vez que había un eclipse, sacrificaban a alguien, mayor o menor, en un rito de muerte, en el PSOE, cada vez que llega una elección, sacrifican a alguien y a todos los de alrededor. Y ya van miles.

Pedro Sánchez ha transformado el Partido Socialista Obrero Español, que estaba a punto de cumplir 150 años de antigüedad, en un neopartido modelo secta. El PSOE es un partido con un solo líder al que se entrega toda la organización, que se sacrifica por él. Son muchos los ejemplos en España de neopartidos secta. Así fue UPyD, el partido de Rosa Díez. Rosa y nada más que Rosa. Y cuando tuvo que entender que podía haber más que una rosa y que el proyecto podía ensancharse y crecer, ella se negó. Y el partido desapareció.

Y le sucedió el naranja de Ciudadanos. Albert Rivera, en pelotas o vestido. Creció y subió hasta casi tocar el cielo del sorpasso. Creyó que su destino era otro muy distinto al que exigían sus votantes. Y cuando rozó con los dedos la oportunidad y no hizo lo que tenía que hacer, en seis meses se encontró incrustado contra el suelo y Ciudadanos desapareció.

Y lo mismo Podemos y Pablo Iglesias. ¿Qué decir de Sumar?: nada y restar todo. Y Vox está en pleno proceso. Cuando fue un partido, creció. Pero entró en la dinámica de la secta. Abascal y solo Abascal. Y nadie más. Todos fuera. Y el proyecto político se ha transformado en el negocio patriótico cuando apuntaba a cruzar la barrera del 20%. Se frustró y su futuro no es, ni mucho menos, el que muchos soñaron.

La novedad de este movimiento mitad partido-mitad secta es el PSOE de Pedro Sánchez. Un partido que, tras 140 años, debido a la apropiación de Pedro Sánchez, ha degenerado en neopartido secta.

El PSOE era un partido estructurado que se ordenaba en muchos niveles de representación: nacional, territorial y local, hasta llegar a los cuadros familiares. Son muchas las familias vinculadas e involucradas con el partido. Una célula típica del partido era el padre concejal, la madre jefa de la oficina de la mujer del pueblo —«somos feministas porque somos socialistas»—, la hija en el patronato de turismo y el novio de la niña, que es un poco inútil, en la policía municipal.

Muchas de esas células familiares socialistas ya saltaron por los aires en las últimas elecciones municipales. Miles de socialistas desempleados. Y no pasó nada. Porque Pedro es guapo, aunque cada vez menos. Se asume con normalidad que, en Andalucía, donde el PSOE fue el único partido de Gobierno durante 35 años, haya sido sustituido por el Partido Popular, que lidera la región y puede doblar en votos al PSOE. Un escándalo. Pero Pedro Sánchez es el líder carismático de la secta y se merece todo.

Ha conseguido que todo el PSOE sirva para sostener su figura en una misión salvadora. La suya. Todos sus servidores más cercanos deben sacrificarse e inmolarse por él. La cercanía al líder carismático tiene un precio: la muerte política. Porque el líder cree que los suyos no son él. Que su muerte política no tiene ningún vínculo con él. Y que tienen que morir para su supervivencia.

Machús es el esperpento que Pedro Sánchez ha presentado en Andalucía. Antes de coger el AVE a Sevilla regalaba la caja de los andaluces a Cataluña y, además, no cerró la casa de Madrid para poder volver. Pedro Sánchez no quiere entender que ese despropósito es él. Que el resultado es suyo.

Sánchez desvía la responsabilidad a los demás. Asegura que él no es el responsable de todos sus fracasos. Para poder seguir, como todo líder de secta, anuncia un mañana mejor. Pedro Sánchez argumenta que, mientras los demás mueren políticamente porque obtienen resultados catastróficos, a él sí le votarán. Porque él es un líder internacional reconocido. Él hace todas las cosas bien. El mundo y España lo necesitan porque consigue frenar el gobierno de la derecha.

Por eso, los resultados de los otros no deben alterar su hoja de ruta de llegar al final de la legislatura. Entonces podrá comprobar que eso de que los progresistas le votan a él y no a los candidatos del PSOE también, como todo en él, era mentira. Él es Pedro y tiene una misión salvadora. Pero no es la que se imagina.

Su resiliencia y su persistencia van a llevar a la desaparición del PSOE. Lo mismo que hicieron los otros líderes mesiánicos con sus partidos. Y después de Extremadura, Aragón, Castilla y León, ahora le ha tocado a Andalucía.

María Jesús era él. El desastre es suyo. Y mientras sigue inmolando a sus próximos, España es mejor porque cada vez es menos Sánchez. Y es menos PSOE.

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