¿Joyas de Caracas?
«El deterioro de la vida ha sido tan grande en Venezuela que todos los que han podido han abandonado el país. Más de 10 millones de exiliados»

Ilustración generada con IA.
Hace 60 años, Caracas era una ciudad importante, que vivió una época de esplendor impulsada por la riqueza generada por el petróleo. Esa pujanza económica trajo consigo una intensa vida cultural y social. Caracas era una ciudad vibrante con modernas avenidas, restaurantes de lujo, exclusivos clubes y una extensa lista de hoteles que reunía a empresarios, diplomáticos, líderes mundiales y destacadas celebridades de todo el mundo. Caracas era una referencia mundial del lujo.
La arquitectura de la ciudad reflejaba su vitalidad y modernidad. El Teatro Municipal de Caracas era uno de los recintos escénicos más relevantes de la ciudad y del mundo. El Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela destacaba por ser el auditorio más emblemático por su acústica y valor arquitectónico.
Por aquel entonces se desarrolló el movimiento artístico del arte cinético venezolano, uno de los más importantes de Hispanoamérica, en el que destacaban artistas como Carlos Cruz-Díez, Jesús Rafael Soto o Alejandro Otero. Era tanto el dinamismo de la Venezuela de aquellos años que por las fiestas de Caracas pasaban los más importantes artistas del mundo, que se mezclaban con magnates como Aristóteles Onassis o Henry Ford.
La riqueza del petróleo, unida a la gran disponibilidad de piedras preciosas del país, provocó el desarrollo de la más alta joyería mundial. Era habitual ver en fiestas y recepciones de Caracas exquisitas piezas elaboradas por las más importantes firmas de la joyería mundial como Cartier, Tiffany & Co, Van Cleef & Arpels o Bulgari. Joyas únicas propias de monarquías.
La crisis del petróleo tuvo un gran impacto en la economía del país. Una degradación de la acción política, con decisiones catastróficas como la nacionalización petrolera, y una errática política económica, con devaluaciones como la de 1983 —el viernes negro—, fueron aceleradores del declive del país. El ajuste económico y el Caracazo fueron la puntilla para una ciudad deteriorada que había perdido su glamour y pujanza en favor de Miami, Panamá, Ciudad de México o Sao Paulo. Lo que quedó en las antiguas grandes familias, que perdieron esplendor pero gestionaban importantes fortunas, fueron las joyas que lucían sus madres o abuelas en aquellas fiestas y salones que ya eran historia.
«El ajuste económico y el Caracazo fueron la puntilla para una ciudad deteriorada que había perdido su glamour y pujanza en favor de Miami, Panamá, Ciudad de México o Sao Paulo»
Hasta aquí el breve relato de la gloria y la desgracia que Venezuela —y especialmente su capital, Caracas— ha experimentado en tan corto periodo de tiempo. Una ciudad a la que viajaban los mecánicos de la Rolls-Royce para hacer el mantenimiento de los vehículos dos veces al año.
Como las desgracias nunca llegan solas, Venezuela fue tomada por la dictadura chavista que continuó Nicolás Maduro, cuyo balance final es la degeneración de Venezuela en un narcoestado. Venezuela sufre un terrible régimen dictatorial en el que los presos políticos sufren torturas, asesinatos políticos y desapariciones. El deterioro de la vida ha sido tan grande que todos los que han podido han abandonado el país. Más de 10 millones de exiliados. La pobreza en Venezuela afecta a la mayoría de la población, mientras la oligarquía dirigente del régimen se dedica a expoliar las riquezas del país —oro, petróleo, piedras preciosas… y drogas— desarrollando su delictiva actividad en todos los mercados.
En esa degeneración aparecen siempre los carroñeros humanos. Seres abyectos que se ponen al servicio del régimen para participar del expolio de los pueblos. Van desde mercenarios a traficantes o delincuentes de guante blanco, cuando no repugnantes políticos. Cómplices necesarios que por dinero blanquean dictaduras. Lo peor de cada casa es que explota el dolor humano y la desgracia para enriquecerse mediante el expolio del país y la desesperación de los individuos.
Toda esta historia viene a cuento por la aparición de las joyas en la caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez Zapatero. El supuesto origen de las mismas está en la abuela de Sonsoles. Ni en broma. Ni de coña. Ni en sus mejores sueños. Ni a partir de su aparición en los peores sueños. Nos quiere meter un bulo como el del «rico abuelo» Florenci de la familia Pujol.
No quiero pensar que el verdadero origen de esas joyas —propias de la época de opulencia caraqueña— sea el pago de una familia desesperada al desalmado criminal que les ofreció rescatar de las mazmorras de tortura política a algún preso político de la dictadura venezolana. Espero que no sea así. Ojalá su origen sea otro. No es por el valor que puedan tener —podría ser escandalosísimo—, es por el nivel de maldad y perversidad que supone que se pueda cobrar el patrimonio de una familia por presuntos «servicios humanitarios» de una dictadura de cuyo aparato represor es parte activa. Siempre he tenido el peor concepto de José Luis Rodríguez Zapatero, pero no me resulta difícil de creer la posibilidad de que haya sido capaz de llegar a eso.
Si fuera así, que espero que no, estaría al mismo nivel que los que se enriquecieron al expoliar el patrimonio de los judíos que enviaban a los campos nazis de exterminio.