The Objective
Hugo Pérez Ayán

Ayuso, Madrid no quiere ser Miami

«Una cosa es la reivindicación simbólica de lazos culturales y otra esgrimir la Hispanidad para esquivar el debate sobre los efectos de la inmigración masiva»

Opinión
Ayuso, Madrid no quiere ser Miami

Ilustración de Alejandra Svriz

Hace algo más de una semana se cumplían cinco años del primer gran triunfo de Ayuso en las urnas madrileñas de 2021, fruto de una convocatoria audaz ante la amenaza de una moción de censura de su propio socio de gobierno. Siempre controvertida, siempre díscola, enarboló entonces la bandera de la libertad frente a un Gobierno empeñado en imponer restricciones arbitrarias en plena pandemia. Odiada por la izquierda y adorada por casi toda la derecha, se convirtió en una rockstar, en musa de un electorado que vio en ella la antítesis del sanchismo. Pero hoy, un lustro después, la ola de fervor se ha disipado y al ayusismo se le empiezan a ver las costuras. El Madrid actual ya no es el mismo que la encumbró, sometido a una saturación urbana en la que demasiados madrileños empiezan a sentirse perdedores de la miamización con la que la presidenta parece soñar. Un sentimiento que bien puede dar al traste con la ufanidad con la que presume de que Madrid va mejor que nunca.

Conviene examinar de cerca esa saturación. Madrid crece a un ritmo que sus infraestructuras no acompañan. La población se dispara, la vivienda escasea y la red de Cercanías, columna vertebral de la movilidad metropolitana, lleva más de una década sin crecer. Hay que conceder, eso sí, que la región todavía tira con cierta dignidad. El Metro funciona razonablemente mejor que Renfe, la sanidad pública sigue prestando un servicio aceptable pese a la cantinela recurrente de la oposición, y la economía mantiene un dinamismo que ya quisieran otras autonomías.

Pero Madrid se aproxima a un punto de inflexión decisivo, y frente a ese desafío, Ayuso empieza a mostrarse errática, sin un proyecto coherente y ambicioso para la metrópolis que dice amar tanto. Anda obsesionada, en cambio, con un discurso sobre la Hispanidad que aspira, no se sabe muy bien con qué horizonte, a convertir a Madrid en un nuevo Miami.

El último y polémico viaje a México de la presidenta es prueba elocuente de esa deriva. Es completamente legítimo y sensato reivindicar la Hispanidad, el mestizaje y esa identidad abierta que ha hecho grande a Madrid, y a muchos nos gusta que la región actúe de foro entre hispanoamericanos. Pero una cosa es la reivindicación simbólica de esos lazos culturales y otra muy distinta esgrimir la bandera de la Hispanidad para esquivar el debate verdaderamente urgente, el de los efectos que la inmigración masiva, especialmente de personas provenientes de América, está produciendo sobre la vida cotidiana de la región.

Un discurso honesto no puede negar lo evidente. La inmigración masiva tensiona la vivienda, los colegios y los centros de salud hasta el extremo, y produce un choque social y cultural que tampoco cabe ignorar. Quien recorra Usera, Tetuán o los barrios del sur de la corona metropolitana puede comprobarlo. Madrid no puede ser, sin más, la casa de todos. A partir de cierto umbral, la ciudad se satura, la cohesión social se quiebra y afloran guetos, divisiones y un profundo sentimiento de desarraigo entre los «madrileños de Madrid».

«Un discurso sensato debería apelar también a quienes se sienten desplazados por la avalancha migratoria»

Decía Ayuso, no hace mucho, que los jóvenes madrileños ya no llevamos boina. Tal vez no, presidenta, pero cada vez llevamos más parpusas. En los últimos años asistimos a un movimiento espontáneo de recuperación de tradiciones castizas casi olvidadas, con versiones infinitas del chotis y una atención renovada al folclore propio. Viene precisamente de los jóvenes, y es además transversal, ajeno a etiquetas partidistas. Los madrileños queremos tener nuestra propia forma de ser, sin renunciar por ello a la vocación cosmopolita y acogedora que nos define.

Pero lo que la presidenta está fomentando con su retórica es justamente lo contrario, un discurso disolvente que produce desarraigo y pérdida de idiosincrasia. Un discurso sensato debería apelar también a quienes se sienten desplazados por la avalancha migratoria. Confundir antinacionalismo con desarraigo solo empujará al electorado nativo, no sin razón, hacia las opciones más radicales.

Por eso, en lugar de aferrarse a un discurso histriónico sobre la inmigración, materia que apenas depende de su gobierno, Ayuso haría bien en mirar hacia donde sí puede actuar. Que la política migratoria no sea competencia autonómica no la exime de gestionar sus efectos, y esos efectos se producen precisamente en aquello que sí está en sus manos. La vivienda, el urbanismo, la red de transporte regional, los colegios y los centros de salud dependen de la Comunidad de Madrid.

Es ahí donde una presidenta con su capital político y con la holgada mayoría que le concedieron las urnas debería estar dejando huella. Es de todo esto de lo que Ayuso debería estar hablando. Y, sin embargo, es precisamente en esos terrenos donde el balance de la legislatura resulta más decepcionante, donde más se ven las costuras, y donde más se percibe una total falta de ambición y planificación a largo plazo.

«Está en su mano decidir si emplea su capital político en transformar la región o si lo dilapida en giras estrambóticas»

El flanco más desatendido es la falta de visión metropolitana del propio ente autonómico, que no actúa como una metrópoli real capaz de coordinar urbanismo, transporte y vivienda entre municipios, ni ha articulado un plan de infraestructuras a 20 o 30 años vista. Hay que ampliar el Metro con ambición y sin electoralismo, presionar al Gobierno central para extender Cercanías o, llegado el caso, plantearse un servicio ferroviario autonómico propio como ya existe en Cataluña, y apostar de una vez por un segundo aeropuerto en el entorno de Navalcarnero que alivie Barajas y vertebre el suroeste.

En lugar de eso, las ampliaciones de la red ferroviaria que se acometen en el norte rectifican con muy mal criterio la planificación de las épocas de Gallardón y Aguirre, mientras los grandes desarrollos del sureste, donde vivirán cientos de miles de personas, no tienen previstos más que un par de paradas y algunas líneas de bus rapid. La Comunidad, además, sigue inaugurando viviendas públicas que parecen prisiones de tres plantas, sin la menor ambición arquitectónica.

En definitiva, Ayuso tiene ante sí una disyuntiva que ya no admite demoras. O sigue adelante sin rumbo definido, alineándose con un discurso que terminará por alienar a su propio electorado, o asume con humildad que a su proyecto le faltan ambición y sensatez. Cuenta, eso sí, con un capital político envidiable y con una mayoría que pocos presidentes autonómicos han disfrutado en la historia reciente de España.

Está en su mano decidir si emplea ese capital en transformar de veras la región, ofreciéndole por fin el proyecto serio que merece y un discurso integrador que celebre sin disolver lo que dice celebrar, o si lo dilapida en mensajes histriónicos y giras estrambóticas por el otro lado del Atlántico. De ella depende, en fin, dejar una huella positiva en Madrid o enfrentarse, en las próximas elecciones, a la posibilidad nada remota de perder la mayoría absoluta.

Publicidad