Espejismo de la migración en España
«El problema central no es la falta de población ni el origen de quienes llegan, sino la incapacidad estructural de producir adultos autónomos»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Por azar he leído recientemente dos libros separados tan solo por algunas décadas y que convergen como novelas-memorias de americanos viviendo libres en Europa: París era una fiesta, de Ernest Hemingway, y Los felices años cuarenta, de Barbara Probst Solomon. El primero retrata el París de entreguerras, pobre, inestable y saturado de artistas yanquis tratando de abrirse paso entre cafés, hambre, alcohol, sexo, ambición y literatura. El segundo describe la Europa de la posguerra, todavía marcada por las ruinas materiales y morales del continente, pero atravesada también por una enorme energía vital. Ambos comparten no solo el contexto, sino la temperatura anímica de una juventud autodidacta, sin miedo al riesgo y lanzada hacia la vida real sin paraguas ni protecciones, sin retrasos estructurales en la entrada a la adultez. Jóvenes que erraban, trabajaban mal, se enamoraban, ateridos de ideología, que fracasaban una y otra vez y volvían a levantarse. Ninguno concebía su juventud como una antesala administrada por figuras de autoridad: los padres, los maestros, los Gobiernos. Eran unos búfalos salvajes en la pradera de la vida.
El contraste con la juventud española es brutal. España ha construido una sociedad donde la transición a la vida adulta se retrasa de forma sistemática y donde la energía juvenil queda atrapada entre la dependencia económica, el miedo estructural y la incertidumbre, real o fingida. Todo el sistema empuja a una secuencia vital artificial: estudiar, acumular títulos, encadenar prácticas, sobrevivir en mercados laborales inestables y nunca independizarse.
En ese marco, aparece el informe presentado por Funcas (Fundación de las Cajas de Ahorros), firmado por uno de los demógrafos más prestigiosos de España, Héctor Cebolla Boado, y por la socióloga María Miyar Busto, sobre los límites de la inmigración para el ajuste demográfico en España. El estudio introduce un elemento incómodo en el debate público. Durante años se han enfrentado dos relatos simplificados sobre la migración: el xenófobo, según el cual la inmigración destruye las esencias puras del país, y el buenista, según el cual la inmigración resolverá automáticamente las pensiones, la natalidad y el envejecimiento. El informe desmonta ambos tópicos. España ha recibido alrededor de 15 millones de personas nacidas en el extranjero desde 2002 y, sin embargo, no ha corregido su problema demográfico: solo lo ha retrasado.
La explicación es doble. Una parte significativa de la inmigración no permanece en el país y otra parte, la que se queda, converge rápidamente hacia los mismos patrones de baja fecundidad de la población autóctona. La retención es inferior a la de otros países europeos. Muchos jóvenes migrantes entran en situación irregular, trabajan de forma irregular y, una vez regularizados vía municipal, se marchan hacia otros destinos, ya sea en la Unión Europea, Gran Bretaña o de regreso a sus países de origen, sobre todo en el caso de los latinoamericanos. España funciona como plataforma de paso, como cabo Cañaveral. Al mismo tiempo, una proporción importante de inmigración de mayor edad, de mayores de 55 años, permanece de forma estable y, tras regularizarse cuando su ciclo laboral está próximo al final, accede al sistema de bienestar: pensiones y sistema de salud. El resultado es estructural: España importa población, pero no la convierte ni en continuidad demográfica ni en base productiva estable.
El problema de fondo es más amplio. No es solo demográfico ni migratorio. Es la imposibilidad de una transición ordenada hacia la vida adulta de los nativos. España presenta una de las tasas de paro juvenil más altas de Europa, salarios de entrada bajísimos y trabajos precarios concatenados, donde lo único fijo es que son discontinuos. La emancipación llega tardísimo. Millones de personas atraviesan la veintena y buena parte de la treintena dentro del hogar familiar, en una adolescencia material y espiritual prolongada. Y aquí aparece el núcleo decisivo: la vida empieza cuando uno cierra por primera vez la puerta de su propia casa y queda obligado a sostener su vida sin red. Ese gesto es la frontera entre la adolescencia y la vida adulta: cómo hago para llegar a fin de mes, pero también el camino de la verdadera intimidad, que es siempre silenciosa a la mirada de los otros, sobre todo de los más próximos. Solo así se puede formar una pareja de verdad y solo desde ahí tiene sentido la decisión de tener hijos. España ha convertido ese momento del ciclo vital en algo tardío, costoso y cada vez menos frecuente.
A este bloqueo se suma otro elemento estructural: la dificultad de crear empresas y, por tanto, de convertir talento en proyecto. Emprender en España no es imposible, pero es innecesariamente costoso, lento y burocrático. La combinación de regulación excesiva y compleja, fiscalidad salvaje y mercado copado por los gremios y la Administración pública convierte la iniciativa privada en un camino de espinas. Por eso muchos jóvenes prefieren estudiar para pasar unas oposiciones y asegurarse de por vida una vida laboral en el sector público, sin riesgo, sin vida, sin innovación, pero con las espaldas cubiertas. El resultado es una economía que absorbe el talento en estructuras vetustas o en el sector público y que no genera dinámicas nuevas de creación de valor. El famoso taller de Steve Jobs estaría clausurado por el Ayuntamiento por falta de licencia para soñar, denunciado por los celosos vecinos por ruido excesivo y multado por Hacienda por simular actividad económica. Menos riesgo, menos independencia real.
En ese contexto aparecen fenómenos que se ignoran o silencian. El suicidio juvenil en España alcanza cifras alarmantes y, sin embargo, ocupa un espacio marginal en la conversación pública, pese a que su incidencia es miles de veces mayor que la execrable violencia de género. A ello se suma una cultura política y mediática que ha convertido a muchos jóvenes varones en sujetos de sospecha dentro del discurso de género dominante, obligados a una constante justificación moral de su identidad. También influye la presión apocalíptica sobre el cambio climático, presentada como horizonte de catástrofe inevitable, y una vida cada vez más encerrada en lo digital, donde el móvil sustituye la experiencia directa por su simulacro. En la pantalla táctil no caben ni los pellizcos, ni los moretones ni los coscorrones.
El resultado es una generación más formada que nunca, pero menos lanzada al mundo real que nunca. Muchos jóvenes españoles emigran para vivir. Y, si encima fuera encuentran mejores salarios y vivienda más accesible, ¿para qué volver, salvo a disfrutar un retiro? España paga la formación de los estudiantes y los cuidados de los mayores, pero no recibe ni de nacionales ni de migrantes el impulso productivo de los trabajadores. Y por eso los que se quedan, atrapados en una vida suspendida entre precariedad, dependencia familiar y consumo digital permanente, sufren o hibernan. Tanto es así que la permanencia en el hogar familiar hasta los 40 años se ha normalizado, cuando en realidad es el síntoma más visible de un fallo en la matriz.
Mientras tanto, persiste la idea, en los cansinos debates, de que el problema demográfico se resolverá simplemente mediante la llegada de más población. El informe de Funcas demuestra lo contrario: ningún flujo migratorio corrige una sociedad que ha convertido la transición a la vida adulta en un proceso lento, caro, temeroso y diferido. El problema central de España no es la falta de población ni el origen de quienes llegan, sino la incapacidad estructural de producir adultos autónomos en el momento en que una sociedad los necesita. Y eso no se resuelve con más entrada de gente, sino con la posibilidad real de que la vida empiece cuando debe empezar.