The Objective
Luis Antonio de Villena

Las caras de la inmigración

«Es obvio que personajes terribles como la feroz Irene Montero solo ven en su ‘sí’ absoluto a la inmigración un semillero de votos de izquierda»

Opinión
Las caras de la inmigración

Ilustración de Alejandra Svriz.

Como tantas cosas en esta España de hoy, el tema de la inmigración ha caído en una simplificación tan pobre como peligrosa: si estás a favor de la inmigración a puertas abiertas eres «progre»; si piensas que la inmigración debe ser medida y controlada, filtrada, te cae el sambenito de «facha». Pero la inmigración es un asunto complejo en el que deben tenerse en cuenta muchos factores y no meramente la política común. Es obvio que personajes terribles como la feroz Irene Montero solo ven en su «sí» absoluto a la inmigración un semillero de votos de izquierda, incluso «revolucionarios», si queda alguien que sepa qué es hoy una revolución.

En primer lugar, debemos tener en cuenta la naturalidad de la emigración. Desde siempre (sobre todo en la era industrial) han existido personas y familias que, yendo a otro país, han buscado una vida mejor económica y socialmente. Empezando por los propios españoles que fuimos a la América hispana, especialmente a Argentina, México o Cuba. No solo. Muchos canarios, en la pobreza de nuestra posguerra, fueron a Venezuela y les fue bien. Recuerdo que el mejor hotel de Caracas, cuando antes, el «Tamanaco», era propiedad de un canario.

En los años 50, los españoles fuimos enormemente a Alemania o a Suiza o a la vendimia francesa, y esto último no es tan lejano. Como los «pobres» españoles que llegaban a la Alemania Occidental (a la Oriental, comunista, nunca) no dejaban de ser una mala imagen para el naciente y tenaz desarrollismo franquista, el Estado promovió el retorno, incluso con frase andaluza: «¡Vente pa España!». Y es que tampoco debemos olvidar que hay inmigrantes que aspiran a quedarse para siempre en el nuevo país, pero no faltan los que, más o menos conseguidas sus metas de dinero, quieren regresar.

Hace dos días, una joven camarera de Cali (Colombia) me dijo que echaba de menos su país y que, cuando hubiera ahorrado lo suficiente, volvería. Otra compañera, ecuatoriana esta vez, que a la par que camarera ha hecho acá algún «máster», comentó que ella retornaría ya, pero que su mamá le ha dicho que, de momento, se quede, porque allá la inseguridad es muy grande. Narco, guerrillas… esas calamidades que generan emigración, esto es, búsqueda de mejor vida. Estas chicas —ejemplo— no tienen ninguna ideología política: quieren ganar dinero, vivir mejor y ser libres, lo que tantísimos que migran.

La inmigración es natural y ha ayudado a levantar (antes y hoy) muchos países, empezando por EEUU, país de emigrantes, o Australia. El asunto de la inmigración no es quererla o darla por buena, sino saber regularla y filtrarla. Cuando los inmigrantes eran pocos, nunca hubo problema; este llega cuando la ola inmigratoria se hace enorme, como ahora en Europa y, desde luego, en España. En 2025, España llegó a los 9,9 millones de habitantes de origen inmigrante. Y se calcula que arriban a nuestro país, buscando quedarse, unas 600.000 personas al año.

La mayoría de nuestros inmigrantes son hispanoamericanos —es lógico—, pero entre los nueve países que envían más inmigrantes están Marruecos, Italia y Ucrania. Las razones son diversas. Para recibir y legalizar inmigrantes, lo primero a tener en cuenta es filtrar la delincuencia. Los delincuentes de antes o de ahora no deben entrar o deben ser devueltos. Después, debiera calcularse el número de inmigrantes que cada país puede recibir, es decir, a cuánta gente puede dar trabajo digno. No es fácil de calibrar, porque muchos entran y viven en la economía sumergida.

Dentro de la capacidad de acogida (lo más ancha posible), debe tenerse en cuenta, además, la capacidad de integración en nuestra sociedad y —con atención— los hábitos culturales. En este sentido, España debe priorizar siempre la llegada y acogida de hispanoamericanos por comunidad cultural y, claro está, idiomática. Y aquí brota un problema muy candente en toda Europa: los musulmanes, el islam.

Claro está que habrá libertad de religión, aunque algunos quieren cuidar su ámbito cultural. Yo puedo ser ateo, digamos, pero es obvio que vivo en el clima del Occidente cristiano. ¿Puede islamizarse Europa? La Europa que, antaño, luchó contra el islam, desde la Reconquista española hasta la lucha contra el Imperio otomano, ¿debe ser islámica ahora? La gente, en general, es sensible al no. Acepta el mundo musulmán y su religión, pero no cuando «colonizan» o cuando chocan abiertamente contra los modos de vida occidentales.

Puedo ver bien a una mujer que cubre su cabeza con un velo, dejando el rostro plenamente al descubierto, pero se me hace extraño aquí —no en sus países de origen— ver a las tapadas del todo con burka o, mucho más comúnmente, con «niqab», donde solo se ven los ojos. ¿Puede un occidental de izquierdas, seguramente feminista, aplaudir el muy conservador islamismo que he descrito? Creo que no.

Debe priorizarse también a los que salen de países, africanos generalmente, muy pobres y violentos. Veía pidiendo limosna a un chico negro que, me dijo, las cosas le iban mal en España. Le respondí en un pronto: quizá sea el momento, entonces, de que regreses a tu país. Me replicó: «No. En mi país nada es nada; en España, nada es algo». No se me ha olvidado la frase.

Sin duda, estoy a favor de la inmigración, sobre todo hispanoamericana o latinoamericana, si gustan, pero igualmente creo que la inmigración tiene inevitablemente filtros que no son políticos, sino culturales, económicos y sociales. Y creo que el islam es aceptable solo si se adapta y no pretende colonizar. Acá tenemos las 500.000 regularizaciones de Sánchez, que acepto si no tuvieran dos errores: el interminable presidente se salta el Parlamento para hacerlas y no les aplica filtro alguno. Regularizar, sí, pero no de ese modo.

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