El poder de la Iglesia católica
«El poder de la iglesia es hoy un poder espiritual, que se hace material o político o efectivo, a través de los fieles»

León XIV. | Europa Press
Durante siglos, la Iglesia católica fue una teocracia cuyo rey era el Papa. Se dice que, desde la coronación de Carlomagno en el año 800 hasta la invasión de Roma por las fuerzas unitarias italianas en septiembre de 1870. Los llamados Estados Pontificios tuvieron leyes, ejército y moneda propia. El Papado estuvo contra la unificación de Italia, guiada por la Casa de Saboya. Y no aceptó de buen grado que el poder del Papa fuera espiritual y no material. Pío IX, papa en 1870, excomulgó al Gobierno y al rey de Italia en aquellos momentos y el propio Papa se declaró «prisionero en el Vaticano». Durante mucho tiempo (por causa del viejo poder temporal de la Iglesia), las relaciones de esta con la Italia independiente y los reyes Saboya fueron malas. Incluso un pontífice muy renovador como León XIII, el de la célebre encíclica de 1891 Rerum novarum —lo que le valió el mote de «Papa de los obreros»— se negó a reconocer al Estado italiano. La normalización de las relaciones Italia-Vaticano se produce en 1929 con la firma de los Pactos de Letrán, que reconocen la separación de la Santa Sede e Italia, constituyendo —mero símbolo histórico en verdad— la Ciudad del Vaticano, que gobierna el Papa. Pío XI y el rey Víctor Manuel III, con las firmas del cardenal Gasparri y de Benito Mussolini, logran el fin del litigio. Aunque sea tan cercano, ¿quién recuerda o echa en falta hoy el poder terrenal del sumo pontífice? El poder de la Iglesia católica es hoy, como siempre acaso debió ser, un poder espiritual, que, sin embargo, se hace material o político o efectivo, a través de los fieles. Lo estamos viendo con el papa León XIV estos días en su lucha contra las barbaridades de Donald Trump. Pocos papas han sido tan explícitos, en favor de la paz y contra los tiranos como este León, quien desde Camerún y hablando en inglés, ha lamentado con energía: «El mundo está siendo devastado por un grupo de tiranos».
Por supuesto, los tiranos no son pocos, con mayor o menor poder, y uno puede y debe pensar en los mandatarios de Rusia o de China, además de Cuba o de otros países menos llamativos, donde los gobernantes aspiran a controlarlo todo bochornosamente. Pero tampoco se nos oculta que, sin nombre, León XIV tiene ahora su vista en el casi deterioro mental de Trump. ¿No estará el mundo entero gobernado hoy, con pocas excepciones, por una banda de locos, afectados por distintos y variados tipos de insania? Trump (lo he repetido aquí, megalómano infantiloide y político caprichoso, que abre todas las tartas y no termina de consumir o disponer ninguna) hace tiempo que ha mostrado su distancia del papa estadounidense, a la vez que repite: «Si lo eligieron, fue por mí». Claro que nada menos católico y más disparatado en el presidente de una nación tan poderosa, como las dos imágenes creadas por IA en que Trump se presenta como Jesucristo («Yo soy Jesucristo redentor») en medio de banderas e iconos USA. Más allá del disparate —y hay quien dirá que de la blasfemia—, Trump está diciendo que Cristo era yanqui. Retirada esta imagen, tras su polémica, el brutal presidente persevera con otra aparentemente menos demente, pero igualmente alucinante: «Jesucristo me abraza». Un Cristo tradicional con túnica y cabello largo abraza y casi acaricia a Donald Trump. ¿Puede ser esto tan solo megalomanía orate?
Como es lógico, el prestigio de EEUU tiembla y hasta los hasta hace muy poco devotos de la causa trumpista abandonan al viejo enérgico que cree sin ambages que todo le está permitido. ¿No declaró hace una semana que se iba a construir un arco del triunfo, cesarismo romano, en Washington? Seguidores suyos en los propios EEUU dicen en voz alta que Trump no es Cristo, sino «el Anticristo». Sus devotos en Europa (Meloni, Le Pen o Vox) se echan para atrás, marcan distancias con el presidente de actitud demente porque con el voto católico, numeroso, no se juega. Trump va respondiendo en su peculiar mal estilo: Si Meloni era lista y fiel, ahora es tonta y él se ha equivocado con esa mujer nada valiente… ¿Valiente significa seguidismo, ir de su mano? ¿Qué les dirá a Abascal o a los demás si se acuerda? Y girando, ¿le dirá algo a su presidente el secretario Marco Rubio, que, al parecer, es ultracatólico? Desde un sobrio y respetuoso laicismo, uno piensa el más que enfado que puede tener León XIV al ver cómo se juega políticamente con imágenes de Cristo. Y aquí es cuando nos damos cuenta de que el poder espiritual del papado es muy grande y no puede echar de menos un obsoleto poder material. Pero es que, asimismo, el espíritu se convierte en obra, en acción, porque los creyentes y los que están a su sombra se apartan de Trump, que ni mucho menos es infalible. Trump juega con Venezuela —donde sigue el chavismo—, con Cuba dentro de poco o con Irán, que le está saliendo un hueso duro de roer, y que nos fastidia a todos. Trump todavía no ha arreglado nada, y solo un político como Netanyahu puede, quizá, reírle las gracias. Volvamos a la añorada tercera vía: Uno puede no ser católico y aplaudir al Papa (con mayor motivo si eres católico); uno puede detestar y abominar de la teocracia cruel de los ayatolás iraníes y juzgar, a la vez, que Trump se metió en una guerra creyéndose Superman. Trump va dando tumbos. Y visto lo visto, hasta es lícito preguntarse por su salud mental. Un mundo nuevo y mejor, sí. ¿De este modo? Crecerán antigringos.
