The Objective
Jorge Vilches

Jóvenes ultras, progres escandalizados

«El problema es una doctrina obsoleta y antipática que no se ajusta a la realidad cotidiana. Lo que falla es el consenso progresista, no quienes lo rechazan»

Opinión
Jóvenes ultras, progres escandalizados

Ilustración de Alejandra Svriz

El locutor de la Cadena SER dio paso a una redactora. La noticia era el informe de la Fundación SM sobre la juventud española, presentado el 28 de abril de este año. Entre trémula y alarmada, la periodista leía que los jóvenes se acercaban a opiniones propias de la «ultraderecha». Por ejemplo, decía la informadora, los encuestados afirmaban que las madres cuidan mejor a los bebés que los padres, que hay mujeres que abusan del feminismo, y que un poco de «mano dura» en política a veces viene bien. Tras escandalizarse porque existan estas opiniones, propias de una sociedad plural y libre donde cada uno puede pensar lo que quiera, incluso equivocarse, la cronista concluía que los jóvenes desconfiaban de la democracia.

No me preocupa el tono de la Cadena SER, que parece que emite desde Ferraz, sino el fondo, esto es, la defensa de una democracia que no es tal, y que se parece más a un sistema basado en la censura moral y en un Estado proveedor de servicios infinitos. Los propagandistas de esta doctrina han llegado a un punto de soberbia que no entienden que la gente piense libremente y que quiera vivir a su manera, sin seguir el dictado de la corrección progresista.

Lo aclaro. Si la democracia es negar el pluralismo, no es democracia. Tampoco es democrático un régimen donde se elimina la libertad de conciencia y expresión ante la presión moral de las instituciones públicas y privadas. No es cierto que la democracia sea someterse a una moral como consenso intocable, sino el respeto a la ley y al Estado de derecho. Los sistemas democráticos solo sobreviven adaptándose a las nuevas generaciones, a sus aspiraciones, ideas y formas de vida. En caso contrario, estos jóvenes se desentienden del sistema.

Lo que está siendo cuestionado no es la democracia, sino el consenso progresista. El informe de la Fundación SM dice que hay un «retroceso» en los «valores de igualdad» y un «refuerzo de los estereotipos de género». El problema es que dicho informe entiende por igualdad afirmar que todas las políticas feministas son buenas y que no hay abusos. Así, el informe se escandaliza de que más del 60% considere que hay mujeres que se aprovechan de la legislación o que utilizan su atractivo para manipular a los hombres, de que el 54% piense que es exagerado calificar de machistas algunos comentarios inocentes, o de que afirmen mayoritariamente que las mujeres crían mejor a los bebés. Afirmar esto no es oponerse a la igualdad, sino negar la santidad del discurso oficial del feminismo.

Tampoco los jóvenes se creen el dogma ecologista, y esto asusta al establishment progresista. Para los jóvenes, la defensa del medioambiente ha quedado en un segundo plano frente a su necesidad de tener trabajo y casa. Quizá esto escandalice a quien tiene asegurado su sueldo por el cargo público y disfruta de una vivienda, pero es lógico que a los jóvenes vulnerables les parezca más importante encontrar su propio sustento que aplaudir medidas como el tapón atado a la botella.

«La juventud tiene miedo a que empeore la seguridad ciudadana y a que se pierda la identidad española»

El laicismo y el ateísmo militante tampoco parecen que estén en su mejor momento a pesar de toda la propaganda institucional, mediática y cultural. En los últimos años ha aumentado el número de jóvenes que sienten la religión como algo importante en sus vidas, llegando casi al 40%. En realidad, es un aumento de la espiritualidad, lo que viene a ser una reacción al materialismo del Estado del bienestar con su hedonismo nihilista. Esto ha supuesto —y he aquí el escándalo para los medios progres— el giro hacia posiciones conservadoras o de derechas. ¿Cómo es posible —dicen— que después de tantas décadas de propaganda los jóvenes no sean de izquierdas?

Otro tanto pasa con la inmigración. A pesar de los mensajes utilitarios de los medios y políticos progresistas, los jóvenes ven con inquietud la inmigración desbocada. La juventud tiene miedo a perder los beneficios del Estado de bienestar, a que empeore la seguridad ciudadana y a que se pierda la identidad española. En este sentido, la «prioridad nacional» expuesta por Vox y acogida por el PP parece que acierta.

En realidad, lo que estos informes y los aspavientos mediáticos revelan es el agotamiento de un catecismo que se creyó definitivo, no el giro autoritario de la juventud. La nueva generación ha dejado de repetir los dogmas oficiales. Entonces, el problema es una doctrina obsoleta y antipática que no se ajusta a la realidad cotidiana de los jóvenes. Lo que falla, por tanto, es el consenso progresista, no quienes lo rechazan. Cuando un sistema solo se considera legítimo si produce ciudadanos dóciles y previsibles, deja de ser democrático y se convierte en pedagogía moral. Lo que hace aguas es considerar que ser demócrata solo es compatible con el progresismo.

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