The Objective
Jorge Vilches

Una España de autoritarios

«No hemos logrado forjar una mentalidad de sociedad democrática, con individuos capaces de anteponer el marco legal que nos hace libres al patriotismo de partido»

Opinión
Una España de autoritarios

Imagen creada por inteligencia artificial.

Es evidente que algo se ha hecho mal. Tras décadas de democracia, el presidente del Gobierno agasaja en nuestro país a conocidos defensores de dictaduras de izquierdas, y no pasa absolutamente nada. Al tiempo, el servicio diplomático de España desprecia a María Corina Machado mientras ensalza al tirano chino o al marroquí. Quizá este sindiós responda a un PSOE gobernante que entiende por democracia su gobierno exclusivo a cualquier precio.

Ese autoritarismo está también en su desprecio al Estado de derecho y al poder judicial independiente. La apropiación de recursos públicos, como la Abogacía del Estado y la Fiscalía para defender a Begoña Gómez, podríamos imaginarla en tiempos de Franco o de cualquier otro dictador, pero no en una democracia liberal. Lo mismo cabe decir de RTVE: su ocultación de la petición de 24 años de cárcel para la esposa del presidente del Gobierno es propia de regímenes autoritarios.

No acaba ahí. La obscenidad de su corrupción económica y moral no les avergüenza. Al contrario, como buenos tiranuelos se revuelven contra la prensa libre, el juez independiente y la ley que los aprieta. No hizo falta más que ver a la Paqui revolverse ante la comisión parlamentaria o el comportamiento arrogante y despectivo de María Jesús Montero cuando los senadores le han pedido que rinda cuentas. Es una actitud que se ve en cada sesión de control y en las ruedas de prensa de sus portavoces. No pierden ocasión para insultar y levantar el muro contra media España, igual que haría un autoritario de hace cien años.

La reacción de su electorado ante tanta tropelía es la disonancia cognitiva: no quieren escuchar, ver ni leer, ni siquiera pensar. Son sus corruptos, no los ajenos, y los votarán hasta el final. Ahí están las encuestas. El PSOE no baja más que unas décimas en Andalucía, o muy poco, como en otras autonomías recientemente. El ciudadano de izquierdas deja que su casa política esté sucia, permite que le mientan y le roben, lo tolera con la alegría del que comulga con ruedas de molino. Esta incapacidad para rectificar el voto o quedarse en casa es digna de estudio, no solo por la resistencia de cada uno, sino por el acierto de la propaganda del PSOE para retenerlos.

«Ante algo que consideran disruptivo, esos ‘progresistas’ desautorizan al que discrepa, tiene opinión propia, o incluso al que informa»

Los socialistas de hoy han conseguido que se vuelva al imaginario político de hace un siglo, donde se soñaba con un sistema de partido único que tenga la apariencia de democracia. Sería el colofón a una sociedad de pensamiento único, en la que la educación, la cultura, los medios y las instituciones repiten la misma doctrina y expulsan a los otros. Es lo lógico: a una comunidad uniforme corresponde un sistema político en el que únicamente un partido tiene el derecho y el deber de gobernar para llegar al «paraíso» progresista. A eso se le llama autoritarismo o, si damos una vuelta de tuerca represiva, totalitarismo.

No hay más que ver cómo reacciona la izquierda cultural, mediática y académica ante el verdadero pluralismo. Ante algo que consideran disruptivo o que se sale de la norma, esos «progresistas» desautorizan al que discrepa, tiene opinión propia, o incluso al que informa. Ha pasado con los casos de corrupción de Begoña Gómez, Ábalos, Koldo y compañía. Se revolvieron diciendo que eran «bulos» de la «máquina del fango». Ahora todos, y muy pronto la esposa del presidente del Gobierno, están en el banquillo de los acusados. Incluso hay caso con Francina Armengol, cuyo testimonio ante el Tribunal Supremo no coincide con las investigaciones de la UCO.

Hemos normalizado el abuso y la mentira, la corrupción del propio y el desequilibrio en el juicio. En este contexto es muy difícil tener una democracia digna, o convivir sin sentir un fuerte deseo de cambiar de país. No hemos conseguido forjar una mentalidad de sociedad democrática, con individuos capaces de anteponer el marco legal que nos hace libres al patriotismo de partido. No es extraño que en este ambiente político tengan tanta voz y presencia las soluciones autoritarias y populistas de todo signo. Cambiar esta mentalidad es la batalla de nuestro tiempo.

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