The Objective
Francisco Sierra

Pucherazo en vena

«Las imágenes no mienten. Se intentó votar ilegal e ilegítimamente. Sánchez y una docena de sus acólitos incluso llegaron a votar en esa urna clandestina»

Opinión
Pucherazo en vena

Imagen creada con inteligencia artificial.

Todo se sabía de aquel histórico Comité Federal del PSOE de 2016 que supuso la dimisión de Pedro Sánchez como secretario general. Fueron días de intensas convulsiones en un partido socialista que se debatía entre los que entendían que debían abstenerse en la votación de Mariano Rajoy para presidente del Gobierno y los que se oponían radicalmente, como postulaba y lideraba el propio Sánchez. Mucho se escribió sobre esos días, que culminaron en un Comité Federal que duró 11 horas y del que desalojaron a los medios. Hubo testigos que lo radiaron y contaron los gritos y lloros que hubo, y hasta unas sospechosas urnas que se movían tras las bambalinas.

Ver ahora, diez años después, las imágenes que THE OBJECTIVE ha publicado en exclusiva de la mano de Ketty Garat pone los pelos de punta. Diez años después podemos ver lo que se sabía, pero no se vio. Un Sánchez incapaz de asumir durante varios días la legalidad de los propios estatutos socialistas, que le obligaban a haber dimitido días antes tras haberle dimitido la mitad más uno de los miembros de su Ejecutiva. No aceptó las normas internas. No solo no se avergonzó de esa ausencia total de responsabilidad política, sino que decidió enfangar, ensuciar y hasta intentar un pucherazo en directo, delante de todos sus compañeros en el mismísimo Comité Federal.

Se ve a un Pedro Sánchez hierático, inexpresivo, distante, que sin ninguna emoción visible es capaz de proponer una votación secreta, pero oculta, sin censo, sin interventores y sin ningún control, en una urna escondida para que nadie la viera. En las imágenes se observa cómo no es algo improvisado, sino que es una orden muy concreta a dos empleados del partido para que instalen la urna detrás de un panel, oculta a la mirada de todos los miembros del Comité Federal. Estremece escuchar los ruegos, casi entre lágrimas, de Susana Díaz, la por entonces poderosa presidenta de la Junta de Andalucía, para que Sánchez cumpliera la legalidad.

«Que cumpliera la legalidad», pedían y exigían sus compañeros de partido. Diez años antes, estas imágenes explican a la perfección la personalidad ambiciosa de un político en el que siempre, siempre, han primado sus intereses personales por encima de los del partido, del Gobierno y hasta de España. Ese Sánchez que intentó un pucherazo con las urnas escondidas y sin control es el que decide ensuciar y enlodar todo el Comité. Y luego, ya derrotado, se presenta como un mártir en sus palabras de despedida que también ha publicado en exclusiva THE OBJECTIVE.

Viéndolo ahora, una década después, todo encaja. Nos confirma esa forma de gobernar en sus años de presidente. Un desprecio absoluto por los marcos normativos que impidan o cuestionen su permanencia en el poder. En su único fin: mantener el poder. En aquellos momentos dio órdenes contra natura democrática a los empleados del PSOE para colocar una urna oculta en una votación absolutamente irregular, ilegal e ilegítima. Ocho años lleva usando los recursos del Estado desde Presidencia con el mismo fin.

El hombre del pucherazo en vena fue el que eliminó el delito de sedición del Código Penal, el que disminuyó las penas por el de malversación, el que indultó a los golpistas catalanes pese a sus juramentos de que no lo haría, para luego pervertir la Constitución y aprobar una Ley de Amnistía, implícitamente prohibida por la Carta Magna. Y también el que pactó y elogió a Bildu y al resto de independentistas para conseguir sus votos en el Congreso, incluidos los del partido del prófugo Puigdemont.

Es el Sánchez que nunca ha asumido ninguna responsabilidad política por todos sus escándalos de corrupción. El que tiene una esposa procesada. Y un hermano procesado. Y sus sucesivos números dos investigados, o procesados, o en prisión provisional o siendo ya incluso juzgados por corrupción en el Supremo. Con una investigación abierta en la Audiencia Nacional sobre presunta financiación irregular o con casos todavía en proceso como el de hidrocarburos o mordidas en obras públicas.

Esas imágenes del Comité Federal reflejan una de las mayores vergüenzas que ha vivido el PSOE en años. Habían desaparecido. Nunca el equipo gestor que se hizo cargo del partido tras la salida de Sánchez supo ni tuvo el famoso pendrive con la grabación de esas once horas de bochorno. Se supone que solo el propio Sánchez o su mano derecha, José Luis Ábalos, pudieron tener acceso a ellas. Alguien más debía de tener una copia. Ahora salen a la luz tras la investigación de Ketty Garat, la misma periodista que fue la primera en revelar las indecencias y corrupciones del que fuera secretario de Organización y ministro de Transportes.

Diez años en los que todo ha cambiado en el PSOE menos el instinto de Sánchez a hacer lo que sea para mantenerse en el poder. Diez años de aquel primer abrazo de consuelo que recibiera Sánchez de un casi desconocido Ábalos, al que ahora niega incluso la amistad de esos años. Ahora es un apestado desconocido, como si no hubiera sido su mano de hierro en el partido y en el Gobierno. Diez años de esas imágenes en las que se ve a los incalificables Óscar López y Antonio Hernando acudir en apenas medio minuto a saludar y ponerse a las órdenes del nuevo responsable de la gestora, el asturiano Javier Fernández.

Ni siquiera ese ascenso de Sánchez a secretario general está ahora libre de sospechas. Hasta la propia UCO, Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, sugirió hace meses en un informe que el también exsecretario de Organización socialista Santos Cerdán, en contacto con la trama Koldo, pudo realizar un supuesto amaño en las elecciones primarias del PSOE celebradas en verano de 2014. Dos años después intentaron realizar una votación irregular.

Las imágenes no mienten. Se intentó votar ilegal e ilegítimamente. Sánchez y una docena de sus acólitos incluso llegaron a votar en esa urna clandestina. Intentaron un pucherazo grosero y vulgar ante decenas de compañeros escandalizados por las formas y fondos. Después, con una votación con las condiciones de seguridad democráticas, Sánchez perdió por mayoría. Tuvo que dimitir, pero los militantes le hicieron volver.

De aquella gran mayoría que votó en su contra en el Comité apenas quedan unos pocos dentro de los órganos de poder de un PSOE que, desde la vuelta, Sánchez hizo funcionar a la norcoreana. Ya no hacen falta pucherazos; nadie que dude de él permanece en la estructura del PSOE. Eso sí que es un auténtico pucherazo en vena.

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