The Objective
Francisco Sierra

El cinismo ilimitado de Sánchez

«Lo más miserable es que, por acción u omisión, sus ocho años de gobierno son ya los ocho años más corruptos de la reciente democracia española»

Opinión
El cinismo ilimitado de Sánchez

Imagen creada con inteligencia artifiacial.

La rueda de prensa que dio el miércoles el presidente Pedro Sánchez en la embajada española en el Vaticano, tras su visita al Papa, deberá ser estudiada, analizada y diseccionada en los años venideros en las facultades de Comunicación o Ciencias Políticas. Se trata de una de las mayores demostraciones de cinismo que un gobernante español haya dado nunca en este último medio siglo de democracia.

Hubo varios momentos en que a cualquier demócrata le chirriaron las esencias más profundas de la racionalidad y la moralidad. Asumido ya por todos los ciudadanos que Pedro Sánchez siempre miente, asumido también que no conoce ningún sentido de la moralidad, de la responsabilidad y ni siquiera de la solidaridad con sus compañeros, cargos y militantes socialistas, en Roma Sánchez demostró que, más allá de todo eso, es sin duda el number one del que todos hablan y nadie cita.

Nadie más que Sánchez tendría la osadía e hipocresía de alardear de su máxima colaboración con la justicia. Lo decía en el mismo momento en que agentes de la UCO estaban en la sede socialista de Ferraz en un registro —sí, un registro de 12 horas— que buscaba información y documentación sobre el pago del propio PSOE a una de las tramas más siniestras que haya habido en España. Una trama criminal liderada por su ex secretario de Organización, Santos Cerdán, y cuyo único objetivo era desactivar las causas judiciales de corrupción que afectaban al partido, al Gobierno y a la familia del presidente Sánchez.

Es inconcebible para cualquier gobernante, o político, o siquiera para cualquier ciudadano normal con un mínimo de civismo, ética y moralidad, comprender los mecanismos racionales de un Sánchez diciendo que «siempre ha ofrecido la máxima colaboración con la justicia» justo cuando se está investigando lo contrario. A las pocas horas de esta surrealista y enfermiza defensa, el auto del juez de la Audiencia Nacional, Sebastián Pedraz, señalaba que el objetivo de la trama era investigar a jueces, fiscales y miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado para «obstaculizar» todos los procedimientos judiciales en los que se investigaba «a miembros del partido o de la familia del presidente del Gobierno».

El cinismo del presidente no tiene límites. Sánchez lo sabía todo de esta trama. Así se desprende del auto del juez Pedraz, que no ha dudado en imputar a las dos personas más cercanas al presidente en ese momento. En Ferraz, al que fuera secretario de Organización, Santos Cerdán. Y en la Moncloa, al que fuera su propio jefe de Gabinete, Juanma Serrano. Junto a ellos, protagonismo para la siempre locuaz y siniestra fontanera Leire Díez. Recoge el auto que ella, cuando Sánchez leyó su ya famosa y penosa Carta a la ciudadanía, recordaba a sus compañeros de trama que el presidente estaba refiriéndose «a todo lo que estamos haciendo», en una alusión directa a la supuesta información que hasta ese momento había recogido la trama.

«Por orden del One» se dice en otro momento, y así es recogido en el auto del juez Pedraz. El One lo sabía. No sabemos si efectivamente lo ordenó, o lo supo luego, o lo usó, o permitió el pago de fondos del PSOE a la trama, o calló cuando lo supo. El no saberlo tampoco le exime.

¿No sabía lo que hacían sus hombres en la Moncloa? ¿No sabía lo que hacía su gente en Ferraz? Como si él fuera un dirigente divino que solo se mueve en lo celestial y no en lo terrenal. Nadie le cree. El hombre que ha dinamitado la democracia interna en su propio partido, el que ha impuesto la ley del silencio y cierre de filas con el líder al mejor estilo norcoreano, el que ha preferido enterrar las aspiraciones socialistas en cuatro comunidades autónomas con tal de salvarse a sí mismo, no parece un ejemplo de transparencia.

Sánchez es el One. Todos lo sabemos. Y él sabe que lo sabemos. Y nosotros sabemos que él sabe que lo sabemos. Un bucle infernal en el que Sánchez pareciera de silicona: todo le resbala. Todo, excepto mantener el poder como sea. Prefiere seguir erosionando la estructura de las instituciones del Estado a perder el poder. Un poder contaminado en el que no puede gobernar por falta de mayorías estables y en el que sigue sin tener Presupuestos Generales. No le importan los usos democráticos, los ha sustituido. Se ha convertido en un trilero de los fondos públicos. Hasta Bruselas le pregunta preocupado por el uso correcto de los fondos europeos. Lleva los mismos años sin enviar proyectos presupuestarios a la UE. Miente a todos.

El cinismo de Sánchez es tan amoral que dice que para los españoles es mejor que él siga gobernando, aunque haya tramas criminales pagadas por el PSOE para obstaculizar la acción policial y judicial. Considera que en nada le afecta que su gurú, José Luis Rodríguez Zapatero, haya sido imputado en la mayor vergüenza institucional que haya vivido un expresidente del Gobierno. (Por el momento). Ya lo hizo con las tramas de corrupción que han llevado a sus dos secretarios de Organización a prisión. O cuando, por primera vez en la historia, un fiscal general del Estado fue condenado por el Tribunal Supremo.

La miseria moral de Sánchez es que cree que los españoles prefieren soportar esta corrupción a ser gobernados por el PP y Vox. Ignora sus recientes derrotas en las urnas y considera que él, por pensamiento divino, sabe lo que quieren y necesitan los españoles. Desde Francisco Franco nadie había asumido ese papel de creerse que el país era él. Bueno, excepto Jordi Pujol en Cataluña.

Un Sánchez Pérez-Castejón se ha sentado ya esta semana en el banquillo: David, el hermano artista del presidente, el que trabajaba en Badajoz, decía que residía fiscalmente en Portugal, pero vivía semiescondido en la Moncloa. El que no supo decir ni dónde estaba su despacho, ni en qué consistía su trabajo. Tiene que hacer frente a los presuntos delitos de tráfico de influencias y prevaricación. Pedro Sánchez nunca ha dado explicaciones razonables y detalladas sobre su hermano. Solo ha declarado su inocencia, como si fuera él el que tuviera que juzgar. Ahora sabemos que, al menos, los suyos hicieron más cosas que declaraciones. La jueza de instrucción del caso del hermanísimo fue uno de los objetivos de la trama de la fontanera para romper de forma mafiosa el desarrollo judicial del caso.

Salvar al hermano y «Salvar a Begoña». La esposa de Pedro Sánchez inicia también su propio viacrucis judicial en los próximos días. Begoña, la que motivó que Sánchez meditara durante cinco días su retirada de la vida política. Y la que provocó esa Carta a la ciudadanía donde Sánchez decidió que todo era fango, era una conspiración contra él. Un contubernio —esta vez no judeomasónico, como decía Franco— compuesto por periodistas, fuerzas de la UCO, fiscales y jueces. Todos contra él.

Las miserias de Sánchez no son esos desvaríos típicos de políticos ególatras. Lo más miserable es que, por acción u omisión, sus ocho años de gobierno son ya los ocho años más corruptos de la reciente democracia española. Once sumarios abiertos le rodean y le apuntan siempre de alguna forma a él. Ahora vamos sabiendo que en muchos de ellos o bien lo sabía o bien lo permitió. Y puede que, en alguno, el One presuntamente lo ordenara. Pero el One no dimite, dice el ególatra, que por el bien de España. Cinismo ilimitado.

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