The Objective
Francisco Sierra

Elecciones ya

«El bochorno Zapatero debe de ser el detonante que devuelva a los españoles la capacidad de expresarse y decidir sobre todo lo que están viendo y viviendo»

Opinión
Elecciones ya

Imagen generada con IA.

La imputación del expresidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, tiene una implicación que trasciende a todos los demás escándalos de corrupción que acosan al Gobierno de Pedro Sánchez. En esta ocasión nos encontramos con un político que, más allá de su papel institucional por haber sido presidente, ha sido y es la gran referencia ideológica del socialismo español del siglo XXI. En concreto, el gran agitador que consiguió movilizar en las últimas generales a un electorado de izquierdas desmotivado por los escándalos de corrupción. Con su irrupción en la campaña consiguió que salieran a votar por miedo a un gobierno del PP con Vox. Fue y se presentaba Zapatero como el abanderado del socialismo, idealista, solidario y limpio.

Pues no. Ni Ábalos parece que fuera un gran feminista, ni Cerdán un gran luchador contra la corrupción, ni Zapatero parece, según el auto judicial conocido, que tampoco era esa alma llena de ideales que solo pensaba en el bien superior y en cómo mediar para liberar presos políticos en Venezuela. En horas conoceremos el sumario. El 2 de junio Zapatero declarará ante el juez, si es que su abogado no busca alguna excusa para retrasarlo. Pero de momento, lo que se conoce es que la trama de tráfico de influencias puede ser tan extensa, que ya hay aperturas de nuevos casos independientes, de momento declarados secretos, y que no vaticinan lo mejor para el expresidente.

Dicho esto, las consecuencias más inmediatas y graves no son siquiera para Zapatero. Estamos ante un caso que, de confirmarse, implicaría la colaboración activa de varios miembros del Gobierno en la trama de influencias que permitieron la vía superrápida, incluso saltándose algunos requisitos, para las ayudas a la línea aérea Plus Ultra demandadas por la trama.

Es decir, por un lado, nos encontramos —de momento y siempre presuntamente— con la actuación de varios ministros y del visto bueno final de un Consejo de Ministros en las ayudas a Plus Ultra, por cierto, con el visto bueno en aquel momento de los socios de Podemos, con Pablo Iglesias como vicepresidente. El mismo Podemos que ahora pide explicaciones a Sánchez.

Por otro lado, estamos hablando del referente electoral socialista más activo, como dice el independentista catalán, Gabriel Rufián, de las campañas de Pedro Sánchez. Activo fue el 23, pero hay que reconocer que su impacto ha ido en picado entre los votantes como se ha demostrado en las últimas cuatro campañas electorales autonómicas. La presencia de Zapatero no ha servido para nada en Extremadura, ni en Aragón, ni Castilla y León ni tampoco en Andalucía. Solo le aplauden ya los militantes más fundamentalistas del sanchismo.

En ambos casos Sánchez ha delegado toda su confianza en Zapatero. Sería difícil explicar, por ejemplo, la política exterior de Sánchez en cuestiones como Venezuela, Marruecos o China, sin la figura, asesoramiento y casi dirección de su amigo Zapatero. 

Estamos ante un Gobierno, pues, que se tambalea entre la duda cobarde de sus socios de legislatura, la hipocresía vergonzante de sus socios de Gobierno y el temor a que estamos solo ante el principio del terremoto Zapatero. Nadie descarta que nuevas revelaciones policiales, periodísticas o judiciales tambaleen todavía más los cimientos de un Gobierno edificado con pies de barro, que al final han resultado ser pies de lodo. 

Ante la situación de descomposición democrática que vivimos en los últimos años, el bochorno de Zapatero debe ser el detonante que devuelva a los españoles la capacidad de expresarse y decidir sobre todo lo que están viendo y viviendo. Hemos visto en las cuatro últimas elecciones autonómicas un castigo electoral fortísimo al PSOE, que le han hundido hasta posiciones de segundo nivel, muy lejos de poder competir o participar siquiera en un contexto de bipartidismo. El nivel electoral del PSOE está más cerca electoralmente de competir con el de VOX que de poder competir con el PP. Ni siquiera puede presentar una alternativa de izquierdas o seudo-Frankenstein. Sánchez ha canibalizado el programa electoral y a buena parte de los votantes de extrema izquierda. Con ellos minimiza el batacazo que supone la huida a otros partidos o la abstención activa del electorado socialista más centrado.

El inquilino de la Moncloa no quiere bajo ningún concepto desocupar su palacio. No gobierna, tiene casi dos centenares de proyectos bloqueados en el Congreso, lleva sin Presupuestos Generales tres años y todo apunta a que tampoco lo habrá el próximo. Ha entregado a los independentistas todo lo que le han demandado por ilegal o ilegítimo fuera. Desde una ley de Amnistía ilegítima e ilegal, si no fuera por un Tribunal Constitucional complaciente, a una financiación singular, privilegiada e insolidaria para favorecer solo a Cataluña. Ha trasladado estos años a los presos etarras pagando los pactos secretos con Bildu y PNV. Su indignidad y humillación hace que sea incluso una consejera socialista del Gobierno vasco la encargada de liberar con rebajas y permisos antes de tiempo a los peores asesinos etarras, desoyendo incluso a todas las instancias judiciales que se han manifestado en contra.

Sánchez alardea de que sigue teniendo la mayoría social de España, aunque no tenga ni se espere la vuelta de una mayoría parlamentaria. Ya no chulea con aquel grito surrealista de «somos más» con Junts y PNV. Vive escondido en su búnker de la Moncloa alardeando de tropas de votantes que no tiene y de divisiones enteras que sacrifica sin apenarse en cada nueva elección autonómica.

No quiere que los españoles se manifiesten en unas elecciones generales ante este aluvión de escándalos de corrupción que le rodean. Su esposa, su hermano, su referente ideológico, su fiscal general del Estado, sus dos secretarios de organización… y lo que venga.

Sánchez tiene pánico a que nadie vote. Por eso no convoca la opción más razonable, democrática y ética para un gobernante responsable: una moción de confianza que le diera respaldo democrático hasta el 27. No puede porque pierde. Sabe también que al PP no le salen las cuentas para una moción de censura. Hace bien Feijóo en no insistir en esta línea, cuya única salida, la derrota, supondría un refuerzo publicitario impagable para los trompeteros de la Moncloa.

Queda una única y última salida: la disolución de las Cortes y convocatoria anticipada de elecciones generales. Sánchez tampoco lo va a hacer. No está tan convencido del apoyo siquiera de los suyos. Se encuentra con el dilema de que, cuanto más rehúya la convocatoria de elecciones, es razonable que más escándalos sigan apareciendo. Es difícil que sean más graves. Pero eso se dijo de Ábalos y apareció Cerdán. Y ahora se imputa a Zapatero. Y vienen los juicios familiares. Pero ante este campo de batalla se siente más protegido el presidente con el poder que tiene todavía en sus manos. De la fiscalía a la abogacía del Estado. Pese a él, nuestro Estado de derecho está funcionando todavía. Todo le llegará, pero prefiere retrasar la agonía. A no ser que, como muchos comentan, Sánchez, nuestro presidente democrático, esté pensando en dar un nuevo jaque a nuestra Constitución con alguna propuesta confederal y republicana que sea tan explosiva que cambien todas las prioridades establecidas hasta ahora y hagan olvidar a algunos el olor fétido en el que vive nuestra democracia con su Gobierno.

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