Nuestro Orbán
«Pese a años de autocracia, populismo, liberalismo y caprichos egocéntricos, Orbán perdió. A veces tarda, pero llega. Y a Sánchez también le llegará esa hora»

Ilustración de Alejandra Svriz
Por mucho que nos dé vergüenza pensarlo, y mucho más decirlo, la deriva democrática española en los últimos años es, de todos los países de la Unión Europea, la que más se parece a la vivida por la Hungría del hasta hace poco primer ministro, Viktor Orbán. Los orígenes y fundamentos del líder húngaro y del presidente español, Pedro Sánchez, han sido totalmente distintos, pero las pretensiones las mismas: el control del Estado, de la justicia y de la prensa, sin importarles el deterioro de las instituciones y del propio Estado de derecho.
Obviamente, Orbán y Sánchez parten de ideologías totalmente distintas. El húngaro, que llegó al poder con posiciones liberales anticomunistas, pronto gustó del poder absoluto y se convirtió en el máximo exponente, y también referente, de la extrema derecha dentro de Europa. Desde 2010 sometió a su país a un derribo constitucional con profundos cambios electorales, institucionales y un constante acoso y derribo del poder judicial y de la libertad de información. Todo acompañado de un populismo antieuropeo que embarró muchas veces la unanimidad de los 27. Su autoritarismo personalista lo mismo le permitía autonombrarse mediador de paz en Ucrania, basado solo en su amistad con Putin y sin que nadie le reconociera ningún papel, que declararse y ser reconocido como el gran amigo de Donald Trump en Europa. Alardeaba de no estar a las órdenes de la UE.
También Sánchez lleva años marcando estilo, y muchas veces provocando, con una gestión totalmente fuera de las líneas marcadas por Bruselas. Las advertencias europeas sobre los riesgos, peligros y prohibiciones con la tecnología china y, en general, con su política exterior nunca han sido oídas en La Moncloa. Al contrario, se ha apostado por ella con un exhibicionismo provocador, no ya contra Bruselas, sino contra el propio Donald Trump. Sánchez, como Orbán con el «liberalismo» pseudodemocrático, ha querido y quiere ser el líder progresista mundial. Sus devaneos, no solo con China, sino con el Grupo de Puebla o más directamente con regímenes dictatoriales como Venezuela o su pasividad y comprensión con otros como Cuba, son señales que necesita para mantener su imagen de líder mundial de la izquierda.
Su «no a la guerra» se ha producido como consecuencia de su necesidad de arañar votos a sus propios socios de extrema izquierda, a los que ha fagocitado sin ningún pudor ni vergüenza, hasta el programa electoral, con tal de conseguir movilizar a una parte del electorado de izquierdas con el miedo. Todo vale. Sus medios de comunicación más cercanos, especialmente los públicos, son capaces de convertir durante semanas al líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, en el máximo culpable y responsable de todo lo que ocurra en el mundo. Desde la guerra de Irán a la del Líbano sur. No importa lo que suceda, para ellos lo importante es cómo reacciona el PP y, si no lo hace como ellos quieren, los convierten directamente en los autores de los hechos.
Ese grosero uso de demagogias le iguala a todos los populistas, lo mismo que la búsqueda de un enemigo para justificar todo. Con Orbán era la inmigración y su resistencia a las políticas europeas, que lógicamente cuestionaban su forma autocrática de gobernar. Algo que Sánchez ya conoce también. Recordemos que España es el único país de la UE que lleva tres años sin presentar en octubre sus proyectos de Presupuestos para que Bruselas dé su opinión sobre ellos. Difícil mantener así ningún Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Algún día habrá que recordar que debemos mantener nuestro déficit por debajo del 3 % del PIB y la deuda por debajo del 60. España no cumple.
La desidia y molicie de este gobierno que no gobierna es tal que ha impuesto la mayor subida de impuestos de la UE de los últimos años. Juegan a trileros moviendo a escondidas fondos europeos para pagar pensiones. Es incapaz, por ineficaz, de ejecutar los 20.000 millones de euros que todavía están en el aire y que podemos perder. No pasará nada. Como hacía Orbán con los húngaros, escucharemos mensajes de soberbia nacionalista que lo justifiquen todo. El año pasado renunciamos a 60.000 millones de financiación por una pésima gestión de nuestro gobierno y tuvimos que escuchar que no hacían falta.
Estos mensajes denotan la soberbia de un gobierno que despilfarra como nunca, que ha dejado de invertir, que mantiene el mayor paro juvenil de Europa, que tiene a medio país sin vivienda, pero todo se niega y se dice incluso que vamos como un cohete gracias al chorro constante de dinero que recibe de sus subidas de impuestos encubiertas. Nunca ha deflactado el IRPF; eso son muchos miles de millones. Desangra a sus pequeñas y medianas empresas, a los autónomos y, en general, a todos los asalariados que ven cómo su poder adquisitivo apenas ha crecido en la última década. Como en la Hungría de Orbán, lo que más ocupa a unos y preocupa a casi todos es la corrupción. Pero el ritmo es tal que esos escándalos que cada día nos despertaban por la mañana ya no nos escandalizan. Ni siquiera que se gastara el dinero público en putas. Todo se metaboliza y, mientras, en este gobierno no dimite nadie por nada.
Sánchez gobierna sorteando al poder legislativo. Sánchez gobierna insultando y presionando al poder judicial. Todo es lawfare cuando le afecta. Todos son jueces de ultraderecha cuando los investigan y juzgan. Y más cuando condenan a alguno de los suyos. Incluso en este caso la perversión del Estado de derecho es total.
A Sánchez le gustaría pervertir más todavía a todas las instituciones y organismos públicos para poder controlarlos totalmente. Y debería recordar dos cuestiones. La primera es que él nunca ha ganado unas elecciones. Siempre consiguió el poder con alianzas contra natura, con un precio elevadísimo para un ético funcionamiento democrático. Orbán, por contra, sí ganaba por mayorías absolutas. Hasta esta última que perdió en abril. Y esa es justo la segunda lección que los húngaros nos han dado.
Pese a años de autocracia, populismo, liberalismo y caprichos egocéntricos, Orbán perdió. Todo llega siempre. A veces tarda, pero llega. Y a Sánchez también le llegará esa hora. Y no dentro de ocho años como pide ahora. Más bien pronto. Y tendrá que asumir todas las responsabilidades de todo tipo que hasta ahora se ha negado a asumir. Cuestión de tiempo.