Lo mero principal
«La iniciativa de Isabel Díaz Ayuso, en su origen, no fue inútil ante el acoquinamiento general provocado por los presidentes mexicanos»

Ilustración generada mediante IA.
Tuve la suerte de admirar dos interpretaciones del gran actor mexicano Ignacio López Tarso, una de ellas, la de Edipo Rey, en la propia Ciudad de México; la segunda, en Madrid, acompañando a Massiel en una celebración festiva, a base de corridos de la Revolución. Uno de ellos me quedó grabado por parecerme una obra maestra del surrealismo musical. Narraba la supuesta victoria de Pancho Villa, que había logrado capturar, nada menos que a la aviación estadounidense que le perseguía. «¿Y como logró hacerlo? Villa tenía lo mero principal».
Lo he recordado al leer estos días los comentarios sobre el zipizape causado por Isabel Díaz Ayuso durante su visita a México, que también llevan a evocar otro incidente, de contenido parejo al del corrido. Fue la famosa visita a Madrid de Jorge Negrete en 1948. Eran años de ruptura diplomática, pero de gran vecindad en la cultura popular. Así que la llegada del charro provocó un enorme recibimiento de masas femenino, ante el cual exclamó, más o menos: «¿Es que en este país no hay machos?». Según la leyenda, recibió por ello un bastonazo de Miguel Primo de Rivera.
Que me perdonen los lectores de este diario, pero rebajando la carga de sexualidad de ambos episodios, y desde una profunda discrepancia con sus valoraciones históricas y políticas, creo que a pesar de ello la iniciativa Isabel Díaz Ayuso, en su origen, no fue inútil ante el acoquinamiento general provocado por los presidentes mexicanos López Obrador y Sheinbaum. Nuestro «progresismo» la saludó con el mismo entusiasmo con que se emplea en destruir esa cosa llamada España, sin el menor atisbo de patriotismo constitucional.
El propio Rey se había visto arrastrado a secundar el reverencialismo oficial, con un alicorto reconocimiento de «abusos» en la conquista, dirigido a la presidenta Scheinbaum, ya que fue pronunciado durante una visita suya a una exposición mexicana en Madrid. Como si esperase con ello ser perdonado. Sonó a humillación indebida, porque era la ocasión para levantar el vuelo desde su atalaya institucional y proponer que resolviera la contienda un encuentro de historiadores, mexicanos y españoles, y no con un cruce de acusaciones y perdones políticos. Para doblar el golpe por la espalda, que en eso es maestro, Pedro Sánchez se las arregló para que la Sheinbaum viniera a España a un foro suyo, en Barcelona, sin encontrar al Rey. La eficacia del gesto conciliador de Felipe VI resultaba minimizada.
La iniciativa de Ayuso ha adolecido, sin embargo, de un vicio de entrada. Está bien que la presidenta de Madrid juegue sus cartas ante los empresarios y sus correligionarios en México, a calzón quitado, como allí se dice. Pero hay el inconveniente de que la libertad de expresión no puede ser ilimitada para un/una gobernante, que además compromete al conjunto de su partido frente al gobierno de México. Hubiera debido medir las afirmaciones, evitar el total destape ideológico, porque ello ha afectado a una empresa en principio saludable, por contracorriente. Le viene a Sánchez de perlas para insistir en que el PP es lo mismo que Vox.
«Si ya la Corona española había condenado los crímenes de la conquista, ¿a qué venía exigírselo a Felipe VI cinco siglos después?»
A pesar de todo, por encima de la exageración y errores en sus afirmaciones, la provocación de Isabel Díaz Ayuso ha servido para dos cosas. De entrada, tiene hasta gracia que haya sido una mujer la que acabó salvando la ausencia denunciada por el cantor charro, al recoger el testigo por la falta de dignidad de aquellos que aceptaron una humillación innecesaria. Sirve además para recordar que, aun salpicada de «atrocidades» —como otras conquistas, desde la romana, emblema Numancia—, la de Hernán Cortés es el hito fundacional del México cuya historia llega hasta hoy. Cuauhtémoc es una hermosa y trágica referencia, pero el antecedente histórico del México contemporáneo fue la Nueva España, que arranca de Cortés (Por cierto, Alvarado era aún peor). Piensen los irritados mexicanos qué tendrían que hacer los españoles, si reaccionan del mismo modo a la barbarie desplegada por Napoleón en la península de 1808 a 1813. Los Desastres de la guerra de Goya hablan por sí solos.
A fin de cuentas, tal como iba desarrollándose el tema, podía quedar embalsado en la tópica denuncia del «colonialismo» criminal. Así que en principio la agitación podía ser útil para reabrir el expediente, que además tiene ya trazada una espléndida línea de superación en la obra de un gran pensador mexicano: Octavio Paz.
Ocurre, sin embargo, que la politización inmediata ha dado lugar a algo bien distinto: un concierto de disparates, con Ayuso equiparando indigenismo y comunismo, mientras Sheinbaum sataniza en todo y por todo a Cortés, y menciona la alternativa de unos indios supervivientes «en las montañas» de quienes procedió el resurgir de México (párrafos de su discurso oportunamente cortados en la noche del viernes por sus difusores gubernamentales en Madrid). Lo único interesante que dijo la presidenta fue su mención de que Carlos V ya descalificó a Cortés por sus «atrocidades». A partir de lo cual es lícito plantear una ingenua pregunta: Si ya la Corona española había condenado así de manera terminante los crímenes de la conquista, ¿a qué venía exigírselo a Felipe VI cinco siglos después?
En último término, esta nueva disputa de la conquista no es en modo alguno ajena a nuestros problemas internos. No fue casual que la exigencia mexicana encontrara un resonante eco en el grupo dirigente del nacionalismo vasco, empeñado últimamente en dar un paso más hacia la separación (eso sí, subvencionada como está ahora por el resto de España). El meme irritante de los socialistas vascos, con Aitor Esteban arrojándose vestido a la piscina del radicalismo, no se ajusta a la regla de comportamiento del PNV, que cuidadosamente evita dar un solo paso que no responda a su finalidad última. Esta vez se trataba, tanto de insistir en la imagen sabiniana del enemigo España, como se marcar un punto en la puja de puritanismo que van manteniendo con Bildu de cara a las próximas elecciones vascas.
«No es cuestión de patrioterismo, sino de evitar un desgaste injustificado de la imagen histórica de España»
No es cuestión de patrioterismo, sino de evitar un desgaste injustificado de la imagen histórica de España, al cual se entregan ya con permanente celo los partidos independentistas, secundados por una extrema izquierda que no pasa del Lenin agitando la consigna de autodeterminación. Por añadidura, deslumbrados por el «no a la guerra» de Sánchez, un coro de periodistas internacionales avala esas presiones y las entregas del presidente, desde unos baremos que no aplican al suyo. ¿Qué dirían La Repubblica o Le Monde si en Tirol del Sur/Alto Adige o en Bretaña, las autoridades regionales exigieran a un inmigrante el alemán o el bretón para el permiso de trabajo? Pero en una Europa con la izquierda en caída libre, cualquier «progresismo» vale, aun cuando, como el nuestro, tras las elecciones andaluzas —hay que ocultar lo que viene—, se pondrán en marcha las concesiones de la «singularidad financiera» catalana y la Ley del Empleo Público Vasco.
Con la aprobación de esta última, no habrá más proporción de vascohablantes en la sociedad vasca, pero sí de euskaldunes que monopolizan los puestos públicos, una reserva para el nacionalismo. Los tribunales defienden en Euskadi y Cataluña las normas constitucionales y hay que lograr la exclusión del español mediante una nueva ley. En espera del nuevo estatus de Estado dual. Poco podrán hacer los socialistas vascos, con Sánchez, como antes Zapatero, forzándoles a la sumisión, si es que les queda algún ánimo para resistir.
Sánchez va alcanzando así, en beneficio propio, la perfección de su maquinaria autodestructiva de la democracia. El mexicanismo a ultranza desplegado por sus medios oficiales en la presente polémica, borrando por entero la imagen propia, tiene la misma la misma intención demoledora que, en otro orden de cosas, ha revestido la maniobra de desprestigio del Supremo ejecutada por un par de corruptos al dictado de la Moncloa. Golpe a golpe, allí donde sea necesario: de ahí que una visión indigenista del pasado que puede ser esgrimida desde México como simple afirmación de su identidad, tenga aquí maldita la gracia al proyectarse como negación sobre y para España. «También España es un mito», se lee en un cartel, en un centro del Ministerio de Cultura.
Lástima que la torpeza y la extremosidad hayan dinamitado el alcance de una respuesta que pudo ser muy útil. A pesar de lo cual, una vez más ha quedado de relieve que a Pedro Sánchez, cuando se trata de defender los intereses del país que gobierna, le falta siempre «lo mero principal».