PSánchez: un gánster para un milagro
«Las ‘jessicas’ no fueron fruto de una corrupción ocasional, sino una seña de identidad. Emblemas de una democracia degenerada en cleptocracia»

Ilustración de Alejandra Svriz
En La helada, Zdenek Mlynar evoca el momento en que los dirigentes soviéticos consiguieron doblegar la resistencia de los gobernantes de la Primavera de Praga, a quienes tenían secuestrados en el Kremlin. Cuando la rendición es un hecho y Mlynar vuelve a su habitación, encuentra la recompensa: «¿Tienes alguna necesidad, camarada?», le dice en la puerta una elegante prostituta. «¡Son unos auténticos gánsteres!», concluye el político checo.
La autocracia tiene como consecuencia natural la cleptocracia, por la ausencia de controles que la caracteriza, y también por el recurso inevitable a conductas delictivas al faltar los medios legales. Son dos serpientes que se muerden la cola y que coinciden en una simbología común. Es así como por las películas de gánsteres no faltan las prostitutas de lujo, imprescindibles también en el mundo de la nomenklatura, son omnipresentes en la deriva depredadora del capitalismo (Epstein), y cómo no, en nuestra cutre autocracia, donde los gobernantes «progresistas» se forraron de manera criminal aprovechando una pandemia. En una entrevista con Évole, tanto Salvador Illa como Fernando Simón dijeron que el fraude de las mascarillas les había provocado «decepción». Sensibles que son. Olvidaban la basura que había envuelto al delito de corrupción que tuvieron ante sus ojos.
Las jessicas no fueron fruto de una corrupción ocasional, sino una seña de identidad. Emblemas de una democracia degenerada en cleptocracia por obra y gracia de un presidente que practicaba la ceguera voluntaria, de la misma manera que la prostituta de lujo del Kremlin reflejaba la degradación de los supuestos revolucionarios. Convertidos en gánsteres de una organización, entregada entonces como ahora en Rusia con Putin a aplastar criminalmente a todo oponente.
Por eso la cascada de procedimientos judiciales contra los colaboradores y el entorno personal de Pedro Sánchez, reviste una significación mayor que una amenaza para su supervivencia política. Gracias a la variable independiente del no menos siniestro Aldama, esa dimensión no falta, pero ante todo, tal como se desarrollan los interrogatorios del caso Koldo, y a la vista de sus antecedentes, lo que va quedando al descubierto es una tupida trama de gansterismo de Estado.
Visto el desarrollo de los acontecimientos, no se trató de una deriva de la autocracia hacia los procedimientos delictivos, con la cleptocracia como consecuencia, sino de que la dictadura de Sánchez, desde las primarias de 2016 a la actuación de Ábalos como alter ego, fue una construcción política estrictamente gansteril. Con aportaciones estelares, a cargo del trío del Peugeot; también con episodios menores, tales como el empleo en el vacío de David Sánchez o la creativa aventura universitaria de la cónyuge.
«Lo esencial para el gánster es impedir que en el juicio sean descubiertos los últimos responsables»
Esto es, una forma de poder primero, y un sistema de gobierno luego, que ha logrado imponerse al orden democrático español, haciéndole funcionar aplicando las reglas de las grandes organizaciones de delincuencia de hace un siglo; no mafiosas, sino al servicio de un centro personal de decisiones e intereses. Como una banda de gánsteres. Y para designar ese fenómeno no hay otro concepto disponible que el de cleptocracia, surgida no como consecuencia de la autocracia, tal y como sucede habitualmente en las dictaduras, e ilustra Anne Applebaum, sino como su propia naturaleza y regla de funcionamiento.
Nada lo prueba mejor que el protagonismo de la cuestión judicial. La vida de las organizaciones gansteriles estuvo presidida por continuas batallas por controlar y eludir los procedimientos judiciales, y para ello era capital que los gánsteres lograran eliminar su autonomía, y la de su instrumento, la policía judicial. La lucha de los jueces contra el crimen organizado, hubiera sido inútil sin el mismo. Sin Los intocables, que en su medio delictivo, desempeñaron el mismo papel que juega aquí y ahora la UCO.
Vale la pena recordar la tormenta desatada desde el Gobierno y sus medios, cuando esa articulación de jueces y policía se puso en marcha para indagar las responsabilidades del 8-M en los inicios del covid. Entonces, la repentina suspensión del procedimiento por la jueza, dejó involuntariamente al coronel Pérez de los Cobos al pie de los caballos, y el Gobierno se lanzó sobre él. Ejemplaridad del poder corrupto es la figura. Ahora, ante la evidencia de los delitos practicados también en torno al covid, con las mascarillas, tal corte no ha sido posible y el Gobierno como protector encubierto de los más altos culpables, interviene sobre el procedimiento. Y dispone de más medios. No le importa que sea un delito cuya naturaleza despreciable habla por sí sola, que califica del mismo modo a quienes lo cometieron.
Y como hace un siglo en la América de la Ley Seca, lo esencial para el gánster es impedir que en el juicio sean descubiertos los últimos responsables. Vemos así como el control por la Moncloa de piezas claves del Poder Judicial está evitando que se produzca la temida deriva de las declaraciones hacia la responsabilidad del Gobierno y su presidente, por la entrada en juego del dilema del prisionero; esto es, revelar la verdad para así aminorar la condena. Contra toda evidencia, y en ocasiones desafiando al Tribunal Supremo, testigos socialistas y acusado se niegan a dar cualquier información, que incluso pudiera favorecerlos, al modo de Aldama. En una palabra, si les caen encima 20 o más años, ahí está el Gobierno para indultarles o bajarles la pena luego, por esta su segunda lealtad. Pronto tendrán ante sí el ejemplo de lo poco que ha valido la condena a un exfiscal general.
«Un entramado de instituciones y medios, diseñado para ejecutar en todo y por encima de todo las decisiones del presidente»
En un marco democrático normal, similar al que ha permitido en Francia la condena de Sarkozy, un fraude de ley de tales dimensiones daría lugar a una censura generalizada desde un veredicto: Pedro Sánchez destruye la división de poderes. Pero él a está de sobra vacunado ante esta crítica: todas sus actuaciones de importancia desde 2023 se orientan sin excepción a apuntalar ese propósito.
No asistimos a una sucesión de hechos aislados. Nos encontramos ante la construcción de un sistema de poder extralegal, sometido a un vértice, el Don Teflón de The Times, sobreimpuesto al orden constitucional, con el propósito de sustituirle en sus decisiones. Ello implica la elaboración, más que de una normativa propia, de un entramado de instituciones y medios, diseñado para ejecutar en todo y por encima de todo las decisiones del presidente, y servir a sus intereses, de la naturaleza que estos sean. Ello carecería de sentido, sin la vinculación de ese sistema de poder con intereses económicos fraudulentos, que de modo críptico opera en distintos ámbitos por la asignación «personalizada» de los recursos del Estado y mediante el tráfico de influencias; tal es el corazón del sistema que aflora o cabe intuir en múltiples ocasiones, desde Air Europa a Venezuela y tal vez China.
A efectos de encubrirlo, la cleptocracia puede utilizar etiquetas políticas, como es en nuestro caso la de «progresismo», careciendo, sin embargo, de toda compromiso real de carácter ideológico o moral, ni siquiera con los intereses del país que domina, a los que traiciona llegado el caso para satisfacer los propios. Por fin, parafraseando la fórmula conocida, si aspira a subsistir, la cleptocracia tiene que ejercer el monopolio de la violencia legal propio del Estado, tanto sirviéndose de sus instituciones para los propios fines, como procediendo a la eliminación de aquel que se la oponga. Por fortuna, hasta ahora no de forma física. El muro sirve de legitimación.
Esta última característica resulta imprescindible para su supervivencia y consolidación. El gobierno cleptocrático no puede apoyarse en la ley, necesita recurrir a una fuerza siempre dispuesta a actuar de forma implacable, tanto para proteger a su entorno delictivo, como para evitar que cualquier concesión al ejercicio autónomo de la justicia abra el camino de la disidencia. Pensemos en el caso reciente de la fiscal provincial de Madrid, tras su declaración en el caso del fiscal general. Al cortar su carrera, es pronunciada desde el Gobierno una admonición clara a la judicatura, un auténtico aviso de riesgo, extensible a todo ciudadano sobre cuya actividad caiga la sombra de Pedro Sánchez. Se le negará el pan y la sal, como dispuso Franco tras el regreso legal a España del general Rojo.
«El Gobierno dispone de una serie de puestos clave para ver refrendadas sus decisiones en el campo de la Justicia»
El Gobierno dispone de una serie de puestos clave para ver refrendadas sus decisiones en el campo de la Justicia, con la lealtad a toda prueba de la nueva fiscal general, capaz de hacernos añorar a García Ortiz, y del presidente del Tribunal Constitucional, más el ministro de Justicia, con toda su dependencia, y de cara a la opinión, una trama de comunicación bien rodada en TV, radio y prensa, incluso con un eficaz reparto de papeles, digno de figurar como modelo en las historias de la manipulación.
Ahora que Javier Cercas ha sustituido la anatomía de un instante por la de un diario, tiene como lector un campo de análisis privilegiado para dar cuenta de cómo un medio de comunicación, portador antes de una gran credibilidad consolidada, pasa a ofrecer una información y una opinión estrictamente subordinadas a las demandas del poder político. Ha sido una eficaz metamorfosis de prensa independiente en prensa militante, y además atendiendo puntualmente a las consignas de un Gobierno dispuesto a domar la libertad de expresión.
Curiosamente, la historia a veces se repite, en todo o en parte. Lo que ha ocurrido con El País recuerda lo que sucedió en El Sol, su precursor, cuando Manuel Aznar —el abuelo de José María, luego pluma de Franco— ocupó en 1931 el lugar de su fundador, Nicolás María de Urgoiti, previamente expulsado de la dirección, capital mediante y por orden superior. La estructura de comunicación permaneció. El Sol perdió su papel de agente de la modernización política de España.
En el presente, la situación es todavía más grave, dada la rigurosa dependencia a las presiones cotidianas de un Gobierno en dificultades. Resulta penoso ver al heredero de El Sol proclamar, por ejemplo, que Ábalos «no presentó prueba alguna», cosa que no le correspondía como testigo, cuando desde la condición de órgano oficioso, EP ha renunciado a actuar como diario de investigación de las infracciones del Gobierno, a partir de su lejana campaña de 2020 contra la indagación judicial antes citada sobre el 8-M y el covid. Para sostener una imagen de continuidad con el pasado, hay que practicar la ceguera voluntaria de que hablara el Viejo Profesor.
«Nuestro héroe anti-Trump comparte al cien por cien con Trump un resuelto apoyo a la neodictadura de Venezuela»
La historia, sin embargo, no se acaba aquí. Es preciso tomar también en consideración el gran éxito internacional obtenido por Pedro Sánchez, convertido en icono del pacifismo y de la oposición a la guerra de Irán. Es la historia de un gánster para un milagro: la máxima egolatría tapada por la entrega a un interés universal, el «no a la guerra». Sus inhibiciones ante la invasión de Ucrania, limitándose al forzoso seguimiento de la UE, y al producirse el 7-O, quedaron a la sombra por la brutal represalia de Netanyahu sobre Gaza, primero, y más tarde, por el extremismo de Trump. Le tocó la suerte y la administró muy bien, de principio a fin, pensando exclusivamente en potenciar la propia imagen, sin preocuparse por los costes para España y para Europa. A partir de Gaza, hizo la propuesta de los dos Estados, tardía pero necesaria, poniéndola sordina mientras presidió la UE, del mismo modo que se exhibió cual nuevo Quijote frente a la guerra de Irán, sin asumir los costes de comprometer a España en el debate de la UE sobre qué hacer como alternativa a Trump. No es no, y basta.
Lo curioso es que nuestro héroe anti-Trump comparte al cien por cien con Trump un resuelto apoyo a la neodictadura de Venezuela, y colabora en la estrategia continuista del invasor. We like Delcy, la defendemos con fuerza —y pocos resultados en la UE— y el Rey ha tenido que invitarla a la Cumbre Iberoamericana, ignorando la prohibición por la UE de visitar nuestros países. Algo incomprensible, salvo si tenemos en cuenta que en la cleptocracia las tramas encubiertas, como la del famoso viaje de Delcy nunca aclarado, generan intereses difícilmente compatibles con las reglas democráticas. Y Sánchez con el madurismo los tuvo a fondo, en pleno golpe de Estado, para encubrirlo, y los mantiene con firmeza.
Ahora bien, para los entusiastas, y son muchos dentro y fuera de España, Venezuela no cuenta y el resultado es conocido y celebrado: ovación y vuelta al ruedo, aunque no le gusten los toros. Al otro lado del espejo, sin embargo, las cosas cambian. La figura del llanero solitario tiene mal encaje en la UE y menos en una política internacional cargada de agresividad. Para empezar, pésimo progresista es quien se va como jugador individual a China, al margen de la UE, no desmiente el apoyo a la invasión de Taiwán e ignora la violación de los derechos en un régimen orwelliano.
En lo que nos toca más de cerca, Sánchez no ha aprendido nada, o no ha querido aprender, del fracaso de su rendición ante Marruecos sobre el Sáhara, con resultados nulos en Ceuta y Melilla (contra lo que dijo) y parece no haberse enterado tampoco de los objetivos inevitables de Mohamed VI. Ahí están el rechazo de Sánchez a la inversión militar requerida por la OTAN y su actitud provocativa, exhibiéndose como gran adversario de Trump a escala mundial.
«Sánchez obtuvo un éxito de público, pero nuestra política internacional amenaza hundimiento»
Las consecuencias se han acumulado sobre este punto: Israel armando con drones a nuestro vecino, rumores fundados sobre transferencia al otro lado del estrecho de las bases de EEUU, y sobre todo, campaña institucional en Washington que parte de no reconocer la soberanía española sobre las dos ciudades. Así que Sánchez obtuvo un éxito de público, pero nuestra política internacional amenaza hundimiento. Lo hice notar en estas mismas páginas, como primer comentario a la respuesta dada por Sánchez al ataque de Trump contra Irán: «Trump e Israel sí disponen de un auténtico aliado que cuenta con ellos discretamente para afirmar en un futuro sus intereses y las reivindicaciones irredentistas, de las cuales no puede su Rey prescindir para el mantenimiento de su popularidad».
Los datos posteriores han confirmado ese pesimismo, con el recuerdo del distanciamiento exhibido frente a Putin por el primer ministro armenio Pashinyan, ignorando la amenaza de Azerbaiyán. Azeríes y turcos tuvieron las manos libres. Pashinyan debió quedarse muy satisfecho, pero el resultado fue la derrota en la guerra de Nagorno-Karabaj. En suma, llenar de razones a los aliados de un irredentismo, por siniestros que sean, no es lo más conveniente para nuestros intereses nacionales. Claro que nada dice que estos cuenten en una cleptocracia.