La estrategia del odio
«Al aplicar la teoría del Muro, la designación del otro como enemigo desemboca en un llamamiento al odio, término clave en el vocabulario del totalitarismo»

imagen creada con inteligencia artificial.
Las secuencias documentales sobre los campos de exterminio nos asoman a la realidad. Menos mal. En la estupenda Nuremberg, un psiquiatra desquiciado y arribista, y no digamos el crispado juez Jackson, son literalmente engullidos por la desbordante personalidad y la inteligencia del mariscal Göring enfundado en la piel de Russell Crowe. Por comparación, da ganas de apuntarse al neonazismo hoy en auge. Para evitarlo, no hubiera sido inútil, como en otras películas alusivas al tema, incluir al principio o al final una imagen del auténtico Göring, cuya jeta era ya reveladora de su condición.
Más grave es que al ser incluidos datos políticos en los títulos finales de Nuremberg, resultaba inexcusable que lo fundamental quedase claro, por mucho que Göring intentara encubrirlo: se buscaba una «solución final» (Endlösung), no solución completa. Y eso figuraba tanto en la carta citada de Göring a Heydrich, de julio de 1941, como cuando Heydrich convoca la reunión posterior del lago Wannsee. En ella no se decidió la Endlösung, sino solo su organización concreta. El nivel de los asistentes, técnico, no político, lo prueba, aunque se usara el término evacuación, o emigración, para disimular el aniquilamiento.
Lo que sí prueban las actas de Wannsee, obra del minucioso y nada banal Eichmann, es la comunión de todos los participantes, cuando abordan la organización del exterminio. Les une la mezcla de absoluta frialdad, como si los judíos fueran ajenos a la condición humana, y de ferocidad, como seres merecedores del odio, por su perversidad, y más aún, por su condición de enemigos de Alemania, causantes de todos sus males. El despreciable judío es el enemigo por excelencia, y por ello ha de ser eliminado. La víctima es vaciada previamente de su condición humana, a partir de una radical deshumanización asumida por el verdugo. En una palabra, odio.
La exhibición del genocidio nazi ofrece la impresión de ser único en la historia. De ahí que haya sido objeto de miles de relatos, fílmicos o literarios, en tanto que otras variantes de barbarie xenófoba, como la japonesa en la misma guerra mundial, o el genocidio comunista de los jemeres rojos en Camboya, por citar solo dos ejemplos, han pasado casi inadvertidos. La Alemania nazi es el Mal. Incluso aportaciones originales de gran valor, como el Verdugos voluntarios, de Goldhagen, centran en la sociedad alemana el vivero del mal.
Tiene razón Goldhagen, pero el caso alemán fue extremo, no único. En otros regímenes y en otras sociedades se han dado procesos similares de satanización de un grupo humano, ampliamente compartida por la mayoría de los ciudadanos, con la consecuencia de la reducción de los demás a víctimas, potenciales o demasiado reales. Casi siempre promovidos desde arriba; aunque a veces, en los totalitarismos horizontales o totalismos, casos del islam o del nacionalismo vasco, por una dinámica violenta surgida desde una ideología del odio —la de Sabino Arana— en la propia sociedad.
«En el último siglo, se han sucedido los ensayos de construir un poder totalitario sobre la base de un maniqueísmo radical»
El hecho es que a lo largo del último siglo se han sucedido los ensayos, plenamente logrados o no, de construir un poder totalitario sobre la base de un maniqueísmo radical, generador del odio. Su clave es siempre la construcción del enemigo. Una vez asumida, esa satanización primaria del otro sirve para justificar toda exacción o violencia contra él, garantizar a largo plazo la supresión del pluralismo político e ideológico y, finalmente, legitimar el ejercicio de un poder ilimitado a quien la promueve, en la doble condición de verdugo y redentor.
Ahora que se cumple el centenario de su protagonista, vale la pena dejar por un momento a Hitler y evocar un ejemplo de régimen totalitario de esas características, desde supuestos doctrinales opuestos: el instaurado en Cuba por Fidel Castro. El tema nos interesa también por su incidencia sobre el proceso de destrucción de la democracia en curso, aquí y ahora.
Repasemos los acontecimientos. Fidel Castro llegó para restaurar la democracia a Cuba, cual nuevo José Martí, y al mes de entrar en La Habana, con la ley de 7 de febrero, anuló la Constitución de 1940 y abrió la puerta a su propia dictadura. En lo sucesivo, frente a la premonición de Martí, su invocado mentor, de que un pueblo no es un juguete heroico para que un Redentor juegue con él, nunca abandonará la omnipotencia, legitimada precisamente por esa supuesta condición. Dirá no ser comunista, e instaurará un comunismo aún más ineficaz que otros, mezcla de estatización a ultranza y costosísimas ocurrencias (la zafra de los diez millones, la supresión del pequeño comercio).
Siempre recurriendo a la Mentira, con mayúscula, sustentada en la represión. Prometió defender la libertad de prensa a toda costa, y tras eliminarla, impuso el modelo de (des)información soviético con Granma, clónica de su admirado Pravda. Anunció la libertad, y muy pronto su régimen castigará cualquier disidencia con decenas de años de cárcel (de Huber Matos al 21-J). Prometerá el bienestar a los cubanos, y les asegurará la miseria, paliada solo mientras duraron las enormes subvenciones soviética y chavista.
«La construcción del enemigo fue el recurso de Fidel para defender lo indefendible»
La tintura roja del invocado socialismo no logra encubrir que Fidel está más cerca de Mussolini que de Marx o de Lenin. Llevaba el autoritarismo dentro, heredado de su padre y consolidado con los jesuitas de Belén. Recordemos las famosas palabras a los intelectuales: «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho». Mussolini 1925, puro y duro. En economía, Fidel Castro es un anti-Marx y nunca imitó a Lenin, tratando de entender qué funcionaba mal en su revolución. Lo que le gustaba a Fidel de ambos, no era el rigor o el método, sino lo bien que aplastaban a sus adversarios.
La construcción del enemigo fue el recurso de Fidel para defender lo indefendible: mirando al interior, con la confrontación entre el polo siempre positivo, la Revolución, más su soporte, el pueblo revolucionario, y el negativo, satánico, a exterminar, la contrarrevolución, los gusanos —parientes de las ratas judías del vocabulario nazi—, envuelta en su manifestación exterior, el imperialismo americano. Esto último lo resuelve todo, es la culpa de todo. De que proliferaran los gusanos y por «el bloqueo», «el embargo», que la Revolución, la construcción del paraíso, haya fracasado. Y para los culpables de dentro, vigilancia y represión a ultranza. El odio es un estupendo disolvente. Cuestión resuelta: Izquierdistas del mundo, adheríos a la receta y al modo de Vázquez Montalbán en su día, perseverad como «simpatizantes legitimadores». La sarna del otro, no pica.
Tanto el nacionalsocialismo criminal como el malaventurado castrismo, responden a un proceso que no es solo político, sino psicológico-social. Lo ha estudiado entre nosotros el psiquiatra Enrique Baca, en su libro La construcción del enemigo (2024).
La importancia de esta dimensión a escala universal, se confirmó con el famoso experimento sobre «la tercera ola», llevado a cabo por Ron Jones en 1967 y en California. Fue posible generar un movimiento fascista de laboratorio con jóvenes universitarios, haciéndoles asumir un sentido de la identidad y de la disciplina, desde el cual conquistaran el espacio de la universidad, como sus auténticos representantes. Eso sí, previas identificación, agresión y victoria contra los designados como enemigos. En 2008, sobre ese experimento, Dennis Gansel hizo la película La ola, llevando el tema a Alemania, pero para entonces la ficción se había hecho realidad en España, con el movimiento Contrapoder, localizado en la Facultad de Políticas de la UCM, con Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero como líderes de una minoría, que por los medios citados, se hizo dueña de un espacio político.
«Pablo Iglesias y los suyos han sido tan eficaces en la descalificación del oponente como en la ocultación de su verdadero rostro»
Desconocedor de esa identidad de los promotores, ante un primer escrache frustrado a Rosa Díez en 2010, les adjudiqué en El País la etiqueta de «fascismo rojo», en cuanto minoría activa que desde la violencia trata de suprimir el pluralismo, suplantando al sujeto colectivo que dicen encarnar: «los estudiantes». Al modo en que una minoría de nazis se proclamó Alemania. Pronto superaron ese marco inicial, gracias al apoyo exterior de Hugo Chávez y de sus aliados (los entrañables ayatolás de Irán), y a la invocación de un objetivo atrayente e indeterminado, «el socialismo del siglo XXI». El azar vino en su ayuda. La muerte de Chávez en 2013 —llanto y oportuno olvido— les salvó del descrédito venezolano, y sobre todo fueron impulsados por la oleada de malestar político acéfalo, surgida del 15-M. Del laboratorio universitario saltaron con éxito a la plaza pública: Podemos.
El Arbeit macht frei!, de la entrada en Auschwitz, no es solo un emblema de la deshumanización nazi, sino también un ejemplo del papel desempeñado por la mentira y por la inversión de significados en todas las variantes del totalitarismo. Lo veíamos en el castrismo, y cabe apreciarlo de nuevo en Podemos y en sus secuelas, si bien hábilmente Pablo Iglesias y los suyos han sido tan eficaces en la descalificación del oponente como en la ocultación de su verdadero rostro. Lo escrito online puede ser borrado, a diferencia de lo impreso, y así han podido componer la propia imagen, limpiándola de la carga violenta de sus años de gestación. La mentira en su origen, y luego.
Los efectos son conocidos: fulgurante ascenso y posterior crisis. Pero su acceso al poder hizo buena la desconfianza previa de quienes les conocían. Una vez formado el Gobierno de coalición PSOE-Podemos, no resulta fácil saber si el ingreso de Pedro Sánchez en el club de los destructores del enemigo es deudor de su vicepresidente Iglesias o de la influencia de Fidel, vía Miguel Barroso. Cuenta el momento de la declaración abierta, la respuesta a la crisis de la covid, en 2020, y el hecho de que esa actitud agresiva será una constante de sus actuaciones futuras.
A partir de entonces, Sánchez rellena, sin que falte uno, todos los puntos del formulario. Frente a una identificación genérica, positiva, de sí mismo y sus seguidores, el «progresismo», un mantra universal, similar a «la Revolución» para Fidel, entra en juego la condenatoria de todo oponente o crítico. Este es reducido al anonimato (y a la afasia). Al ser aplicada siempre la estrategia totalitaria del lenguaje de Sánchez, a los disconformes les toca el sambenito de «extrema derecha», descalificativa, sean quienes sean y digan lo que digan. Su discurso solo existe para justificar la inmediata condena. Así, nunca es recogido lo que dice Feijóo, ni siquiera mediante un resumen de sus palabras.
«El otro no existe salvo como personificación del Mal»
Es una fórmula de aplicación general. Con una nitidez absoluta en el perro de presa que abre el ataque, y fidelidad también absoluta al guion de los papagayos, políticos y medios, el otro no existe salvo como personificación del Mal. Lógicamente, tampoco existen sus posibles argumentos e ideas, simples reflejos de su negatividad absoluta. Por eso no deben ser conocidos por el público, ni tenidos en cuenta. Lo más, se les añaden unas gotas de desprecio o que refuerzan su envío a la basura. Menosprecio y odio.
Tal vez los voceros del sanchismo lo ignoran, pero ejecutan el mismo procedimiento de destrucción del discurso llevado a cabo por los técnicos de propaganda del Tercer Reich, que así se lo explicaban a quienes aquí intentaban imitarles desde el naciente franquismo. Botón de muestra: el No-Do. El otro solo debía ver reproducida su imagen, privada de mensaje alguno o mejor, ridiculizada mediante ruidos atronadores o ladridos de perro. Ahora el patrón se perpetúa: callar y deformar.
En la propaganda sanchista, al enemigo se le menciona una y mil veces, pero solo como antítesis del bueno de la película, el presidente, en calidad de portador de esa misma labor de destrucción que el aparato de manipulación de Sánchez lleva a cabo. La cruzada en curso contra el Poder Judicial se atiene a esa regla. Nunca es discutida la base de la indagación del propio auto de un juez. Basta con afirmar ex cathedra, por un ministro o por los medios oficiales, que se basa solo en «indicios» o en una «investigación prospectiva». Y una vez sentado esto, pasemos a generalizar la condena, aplicada más que a ese o a aquel a los jueces, a excepción de Peinado, el maldito profanador del harén familiar.
Todas las consideraciones se mueven en torno a la vieja inclusión preferente por Iglesias de los jueces en «las cloacas» del Estado, hostiles y boicoteadoras del progresismo. Asistimos, en consecuencia, no a la autoproclamada libertad de expresión de ministros y asociados sobre el Poder Judicial, sino a la sistemática descalificación del Estado de derecho. Mil mentiras repetidas incesantemente, acaban siendo aceptadas como verdad.
«Los acusados por denunciar y juzgar al círculo de delincuencia que rodea a Sánchez, se hacen acreedores al odio colectivo»
No se trata de un simple juego de palabras. Al aplicar la teoría del Muro, la designación del otro como enemigo, siempre culpable, desemboca una y otra vez en un llamamiento al odio, término clave en el vocabulario del totalitarismo. Nunca hay nada que discutir de lo que dice al adversario. Rosa Díez en el segundo escrache organizado por Iglesias, el juez Peinado que ataca al amor inocente de Pedro, la UCO que investiga más a Zapatero que al novio de la pérfida Ayuso, el Supremo que condena a un egregio justiciero como el galardonado García Ortiz, la víctima que trata de perpetuar el recuerdo de un terrorismo etarra ya superado, todos ellos reciben una lluvia de acusaciones y condenas.
Siempre como falsas evidencias propaladas por todo el espectro del poder, desde el ministro altivo al que opina en la charca de una tertulia oficial. En definitiva, sin excepción, los acusados por denunciar y juzgar al círculo de delincuencia que rodea a Sánchez, se hacen acreedores al odio colectivo. Todos los focos del poder sanchista convergen sobre ellos.
El círculo se cierra con la inevitable protesta de victimización a cargo del agresor. Y hasta hoy, el mecanismo de intoxicación ha tenido éxito en la parte de la opinión blindada por la lealtad a Sánchez. A pesar de componentes de infinita torpeza, de Koldo a Leire Díez. No importa que surjan los más espectaculares e innegables datos, no solo de corrupción, sino de guerra sucia contra el Estado de derecho emprendida, esta vez sí, desde las cloacas del poder presidencial. «No les gustan los ladrones», dirán los fieles, «pero menos los jueces que no persiguen al PP». Presunción de inocencia es absolución de antemano.
Por cierto, los jueces ya persiguieron y condenaron al PP, y por ello Pedro Sánchez se hizo con el poder. Pero la precisión es inútil, frente a otro muro, el del discurso oficial. Nada hay que hacer, que pueda convencerles. Lo tapa todo el odio al enemigo, que Sánchez ha sabido crear, desautorizando a quien se le oponga como crítico o adversario.
Resultado: a pesar de que seguimos formalmente en un sistema constitucional, una serie de valores democráticos han desaparecido, por efecto de esa construcción del enemigo. Todo conflicto es traducido en enfrentamiento, en guerra abierta. La comunicación desaparece y el resultado es devastador, según advierte Enrique Baca desde el análisis teórico, pero con total ajuste a nuestra realidad.
Por fortuna, cabría añadir otro menos mal: estamos en Europa, dado que la senda de Sánchez es paralela a la de los dictadores latinoamericanos, en cuanto al vaciado de la democracia. Solo que al aproximarse un terrible año político 2027, nada debe ser excluido. «Al reducir al otro a enemigo», resumía Umberto Eco, «construimos nuestro infierno sobre la tierra». Vale para España.