The Objective
Antonio Elorza

El gran organizador de derrotas

«Trump es un regalo de los dioses para Pedro Sánchez, y este no dudará en representar el doble papel de paladín de la paz y de instrumento de Trump»

Opinión
El gran organizador de derrotas

Ilustración de Alejandra Svriz

León Trotski presenta en 1929 su requisitoria contra Stalin, el gran organizador de derrotas, y opina que la política del dictador hubiera llevado de inmediato a la URSS a la ruina, de no estar apoyada en un poderoso Estado. Aunque «ni siquiera el Estado más poderoso puede salvar una política desesperada», añade y corrige. La observación es perfectamente aplicable a Donald J. Trump, después de la derrota sufrida en Irán, cuyas consecuencias únicamente se han visto limitadas por la presencia del poderío norteamericano.

A la anterior cabría añadir la crítica dirigida por Trotski al MAGA de Stalin, «el socialismo en un solo país», esto es, la prioridad absoluta y excluyente otorgada a los intereses de Rusia. Hay, sin embargo, una abismal diferencia en el modo de ser aplicada. Con ventaja para Stalin, claro.

Stalin siempre supo enmarcarlos en un análisis de situación. Así ocurrió en su medida política de apoyo a la República española durante la Guerra Civil, siempre subordinada a los intereses soviéticos. Avisaba de paso contra todo apresuramiento. Tierpienietz, paciencia, era su recomendación, compatible con la mayor brutalidad. Trump acaba de demostrar, en cambio, que solo confía en su intuición para actuar brutalmente, sin espera alguna. Y los resultados están a la vista.

Porque la guerra es siempre horrible, pero muchas veces puede ser también estúpida. No está lejos el ejemplo de la invasión norteamericana de Irak, justificada formalmente por un inexistente armamento químico de Sadam Husein; en la realidad, fruto de un propósito imperialista, sin la menor atención a los peligros que encerraba aquel avispero. La farsa trágica acabó en desastre y en la formación de un monstruo: el Estado Islámico.

Ahora, las consecuencias del error parecen ser menos graves. A pesar de la violencia inicial del ataque contra Irán, ha entrado finalmente en juego la citada amenaza del «Estado más poderoso», del aparato militar con que cuentan los Estados Unidos, para inclinar al Gobierno agredido a la aceptación de un acuerdo rentable. Es aún pronto para celebraciones, dada la propensión de Netanyahu y de Hezbolá a guerrear por libre; no obstante, tanto por parte de Irán como de Trump, la prioridad de un pacto, incluso a medio plazo, parece compartida.

Por azar, la noticia de la firma del acuerdo ha coincidido con el paso por televisión de una vieja película antibelicista de Richard Attenborough, Un puente lejano / A Bridge Too Far, réplica al triunfalismo de la famosa El día más largo. Pocos años antes de filmar la historia del puente inalcanzable en 1944, el pacifista autor de Gandhi había dirigido Oh! What a Lovely War, una farsa musical sobre la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Ambas, la fábula y la crónica, coincidían en dos enseñanzas que son hoy más actuales que nunca. La primera, que, contra lo que creyó Trump, y creyó también Putin, lanzarse a la guerra es fácil; no lo es salir del desastre producido por su simple existencia. La segunda, que en todo caso resulta necesario evaluar de antemano los riesgos de la acción de guerra que va a ser acometida, para no producir el efecto contrario al perseguido.

Trump pretendía derribar el régimen teocrático de Irán y lo ha reforzado, tras la conmoción que supuso el levantamiento popular de enero, sobre el cual sí hubiera sido explicable la operación militar. Pasada esa ocasión, quedó fuera de lugar, porque el régimen había aplastado ya la insurrección, causando miles de muertos, mientras el principal portaviones norteamericano viajaba de vuelta del Caribe. Como se vio muy pronto, en Irán faltaba la complicidad con dirigentes chavistas que hizo posible el éxito en Venezuela.

Por encima de todo, el carácter puntual de la espectacular agresión, coordinada con Israel, suponía ignorar la naturaleza del régimen de los ayatolás. Este era y es una hierocracia, donde la casta sacerdotal garantiza el relevo automático dentro de un liderazgo plural, como aquí sucediera con ETA tras cada descabezamiento. Y el añadido de la figura casi mágica del «imán oculto» del islam chií, que confiere legitimación, e incluso sacralidad, a la acefalia provocada por el enemigo exterior. Más el respaldo del enorme aparato paramilitar de los guardianes de la Revolución. Demasiados obstáculos para eliminar de un solo golpe.

Después de la represión de enero, el viejo verdugo, Jamenei, era ya un estorbo; sin él, buena parte del régimen chií debió respirar con una eliminación que les ahorraba el problema de la elección de sucesor. Como prueba de buena salud, acaba de condenar a una cantante, Ahmadi Parastoo, a setenta y cuatro latigazos por difundir en YouTube un concierto sin llevar el velo. El ataque del 28 de febrero ha servido solo para echar más leña al infierno.

De manera que la lovely war de Trump y Netanyahu, triunfante por un día, acabó en un fiasco casi inmediato, para el primero y para todo Occidente. Reveló una vez más cómo la puesta en práctica trumpiana del egoísmo como ley suprema de la acción política lleva a resultados opuestos o suscita un rechazo inesperado. El propio título elegido, «Furia épica», sonaba a chapuza. Trump es capaz, con sus dislates, de suscitar una y otra vez el rechazo. De Minneapolis a Tirana. Pensemos en la movilización cívica que día a día ha provocado estas últimas semanas su proyecto de instalar un centro turístico de superlujo en Albania, a costa de una reserva ecológica. Ha sido «la revolución de los flamencos rosa». No se trata de un error que se repite, sino de una estrategia de depredación individual que reniega de la lógica de construcción racional del poder que ha hecho posible, y digerible a pesar de sus excesos, la hegemonía del sistema capitalista.

El absurdo de fijar un objetivo «demasiado lejano», ignorando la capacidad de respuesta del enemigo, ha presidido además la operación iraní de principio a fin. Aun sin armas nucleares, era conocido el importante arsenal de misiles a disposición de los ayatolás, y también la vulnerabilidad del sistema de transporte del petróleo por el estrecho de Ormuz. . Como en la conquista fallida del puente en el filme, todo terminó con una palabra: retirada.

Ha sido también la muestra de que Trump puede actuar como un bárbaro, pero no es un idiota, aun cuando el precio pagado por tal retirada haya sido enorme. Los catorce puntos del acuerdo del día 19 son un tsunami de concesiones: a) el reconocimiento de la responsabilidad por las destrucciones causadas, con la consiguiente indemnización; b) la renuncia a toda injerencia de los Estados Unidos en la política iraní —esto es, convalidación de una teocracia criminal—; c) la decisiva luz verde a la exportación de petróleo de Irán desde ya; d) el fin del bloqueo naval; e) la promesa de que toda sanción internacional sobre Irán sea levantada; y, por fin, f) una garantía para la disponibilidad de los fondos iraníes bloqueados en Estados Unidos, algo por lo que Trump en su día se burló de Obama.

Trump confía en que los trescientos mil millones de dólares prometidos para «la reconstrucción y el desarrollo económico de la República Islámica de Irán» sean pagados por los países árabes, hasta ayer acribillados a misiles por Teherán en represalia, pero la confesión de culpa es lo esencial. Le falta solo a Trump pagar un mausoleo de oro para el asesinado Jamenei.

¿Lo conseguido? La apertura de Ormuz, con el anuncio de que, tras sesenta días, Irán y Omán podrán imponer tarifas para el tráfico «conforme al derecho internacional y a los derechos soberanos de los Estados costeros». Gracias, Trump: te lo debemos. Y el aparente logro del punto 8: la renuncia de Irán a producir armas nucleares y a eliminar los depósitos de uranio enriquecido. Solo que el compromiso reproduce el alcanzado por Obama en 2015, y en cuanto a la eliminación de stocks, se renuncia al anterior objetivo de sacarlos del país, admitiendo su degradación progresiva en Irán —downblending— bajo control de la Agencia Internacional de la Energía Atómica.

Así, antes de emprender la fijación definitiva del acuerdo en sesenta días, la llave de su ejecución depende de Teherán, como se ha visto muy pronto al suspenderlo el sábado ante la insistencia de Israel en mantener su ofensiva en Líbano —otro logro de la diplomacia iraní: incluir Líbano en el pacto—. Por su parte, Trump solo dispone de su repetida amenaza de destruir un país a bombazos si no sale lo que él pretende. El cuento ya de Pedro y el lobo.

El principal problema reside en que, con ese instinto de supervivencia, parece agotarse la propensión de Trump a la elección racional. Esperemos que aprenda, por el bien propio y de todos, porque la desnortada «Furia épica» no es sino el punto final de la aplicación del MAGA a los grandes problemas internacionales, que durante su primer mandato tuvo origen, hoy olvidado, con la entrega de Afganistán a los talibanes, dejando vendidos a sus aliados de la OTAN. Es, pues, hora de abandonar el masoquismo sobre los vicios de Europa y tener en cuenta que la política de la UE y de la OTAN, sin olvidar la asimetría de los recursos disponibles, necesita una refundación y una reafirmación autónoma. Hace falta recordar en todo momento a Trump que, en las circunstancias internacionales de hoy, desde Ucrania y no solo en Ucrania, hay una red de intereses que enlaza a Europa con los Estados Unidos. Si Trump insiste en la organización de derrotas, también en no imponerse de una vez por todas a la agresividad de Netanyahu, todos, su América incluida, vamos a pagarlo muy caro. Como ya se ha pagado en Irán.

Volviendo la mirada hacia España, vale la pena constatar lo bien que enlaza la política internacional egocéntrica de Trump con el individualismo patológico de nuestro presidente del Gobierno, experto también en la organización de derrotas, más bien de catástrofes, a escala doméstica. Tal y como quedó de manifiesto a partir de marzo, Sánchez fue el primer beneficiario, en cuanto a imagen internacional, de las aventuras bélicas de Trump, al mostrar una falsa imagen de apóstol de la paz. Siendo en el plano internacional su peso voluntariamente nulo, pudo así disfrutar de una fama inmerecida al proclamar un «no a la guerra» que, de hecho, suponía renunciar a la participación activa de España en la elaboración de la política europea. Sánchez se exhibe, pero no se moja. Hizo el gesto, se hizo la foto y se cuidó muy bien luego de inmiscuirse en la política europea sobre la crisis.

Sánchez va a lo suyo, como en la inmigración desregulada, sin que importen los costes que impone a los demás miembros de la UE, pues con su momento espectacular le vale para eludir cualquier debate o compromiso. Ucrania para él no existe. Tampoco, culpa suya, para España. Curiosamente, sí existe Venezuela, y aquí sus intereses, como los del hoy cercado Zapatero, coinciden con los de Trump en el apoyo a prolongar la dictadura con Delcy, la vieja amiga. Por algo ha sido tan cálido el recibimiento de nuestro hombre al nuevo embajador norteamericano. Trump es un regalo de los dioses para Pedro Sánchez, y este no dudará en representar el doble papel de paladín de la paz y de instrumento de Trump allí donde la complicidad española sea requerida. Más aún ahora que el eclipse de Zapatero favorece la desaparición de un espantajo: el Foro de Puebla. No cabe esperar de Sánchez una réplica tan clarificadora como la de Giorgia Meloni a una de las habituales groserías de Trump: resulta inexplicable que se comporte mejor con sus enemigos que con sus aliados europeos. Meloni es ejemplar asimismo para una derecha que aspire a gobernar: recordemos cómo no dudó en librarse de un compañero de conducta impropia.

El presidente americano puede estar seguro: Sánchez no le creará problema alguno por impulsar dentro de la UE una política europea propia. Su prioridad ahora es desencadenar una operación especial «Furia épica», a lo Putin, pero contra los jueces que aquí le asedian y en particular contra el magistrado que ha llevado al banquillo a su esposa. Llega al máximo la movilización provocada desde el Gobierno, con tal de conjurar la amenaza. Para satanizar 84 páginas, basta una frase. La alusión del auto a la fuga y los escoltas sirve de oportuno pretexto para que los dos Óscar, tronando al modo de Trump, levanten el clamor de los fieles que justifique la inminente ofensiva para organizar la derrota de una justicia adversa.

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