The Objective
Segismundo Álvarez

El Papa y lo que podríamos volver a ser

«Las ideas expresadas por León XIV en el Congreso son parte de nuestro pacto constitucional. No solo fuimos ejemplo hace cinco siglos, también hace 50 años»

Opinión
El Papa y lo que podríamos volver a ser

Ilustración generada mediante IA.

El discurso del Papa en el Congreso es —dice Diego Garrocho— el que todos querrían recortar, porque a cada bando le interesan algunas cosas que ha dicho, y otras mucho menos. También yo voy a arrimar el ascua (la luz del discurso) a mi sardina, que es el Estado de derecho, dejando a un lado los recados que ha dejado a unos y otros.

Y es que, aunque el Papa es un líder espiritual y su formación es científica, el discurso está atravesado por las ideas que fundan el Estado de derecho: el poder ha de ser limitado por leyes, que a su vez tienen como límites el bien común y la dignidad de la persona.

Cuando dice que «en este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social», defiende que la convivencia ha de ser regida por las leyes, no por la fuerza, sea esta la del tecnoligarca o la del Gobierno. Parecería algo elemental, pero por desgracia es hoy necesario.

Lo es en el ámbito internacional, dadas las declaraciones —y los actos— de Trump, señalando que las relaciones internacionales se han regido siempre y han de regirse por la fuerza. El Papa impugna esta visión cuando apela a la Escuela de Salamanca y a Francisco de Vitoria y señala que «introdujeron el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder» y afirmaron «los vínculos jurídicos y morales entre los pueblos», es decir, el Derecho Internacional.

El reconocimiento de que ni el Estado ni la misma Iglesia estuvieron siempre a la altura de ese pensamiento nada quita a esa extraordinaria aportación española. Insiste en el diálogo entre naciones «como camino hacia acuerdos justos y duraderos» que garanticen la paz, que nace «de la justicia, del diálogo y del respeto al derecho internacional».

«Retrata la realidad parlamentaria cuando critica las ‘múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca’»

Pero el problema es también interno. En un momento en que nuestro presidente —y el de EEUU— trata de gobernar sin el Parlamento —y hace alarde de ello—, el Papa llama la atención sobre la necesidad de la deliberación y de los acuerdos. Dice que «aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida». Evidentemente, sabe bien lo que hay, y por eso dedica muchas líneas a criticar la falta de diálogo respetuoso y constructivo. Retrata —sin decirlo— la realidad parlamentaria cuando critica las «múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca».

Es especialmente duro con la violencia verbal y la visión del adversario político como enemigo, esa corrupción partidista del debate parlamentario que es —permítanme la metáfora— el pan nuestro de cada día. Ataca la «descalificación permanente» y la utilización del lenguaje para deformar la realidad «hasta hacer imposible el encuentro». Concluye: «La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación».

Pero el Papa va más allá, pues la Ley no solo ordena la convivencia y debe limitar al poder, sino que tiene ella misma límites: el bien común y la dignidad personal. Dice que «además de ser válida en su forma, debe comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». Esa dignidad «no puede quedar al vaivén de las mayorías» y está especialmente amenazada en los más débiles, entre los que incluye al niño no nacido, al anciano, al dependiente y al migrante. Y añade una frase para la reflexión: solo cuando se respeta la idea de la dignidad de todos, «el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares». Algo así como un reflejo de la famosa cita de Niemöller: si la ley no protege a todos, ninguno estamos protegidos.

El otro límite es el bien común, que considera «la forma social de la dignidad humana». Rechaza por ello que la mayoría pueda imponer su criterio para imponer «intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos». Esta llamada a los pactos y a integrar los intereses de todos atraviesa todo el texto y es sin duda una interpelación concreta a nuestros parlamentarios.

Ojalá los diputados, tras la prolongada ovación, hayan hecho el silencio al que se ha referido el Papa en otros discursos, para interiorizar estas ideas. En realidad, forman parte de nuestro pacto constitucional, pero se vulneran a diario por el Gobierno y los partidos. Seamos positivos: piensa el Papa, y yo lo creo, que España puede ofrecer mucho en esta nueva época de descubrimientos que ya no se trazan en los mapas. Cuando dice que nuestra «experiencia histórica recuerda el valor de la concordia y del esfuerzo permanente por construir una convivencia pacífica», se refiere sin duda a la Transición. No solo fuimos ejemplo hace cinco siglos, también hace 50 años. ¿Podemos volver a serlo?

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