Ni santos ni héroes
«La iconoclasia es un callejón sin salida. Allí donde desaparece el santoral, aparece inmediatamente el negociado de monumentos públicos»

Inauguración de la Torre de Jesucristo en la Sagrada Familia. | Reuters
Aunque hayan merecido más alharaca el numerito de los drones, a medio camino entre una Gaudí Immersive Experience y las lucecitas de feria, pero sin feria, o la inefable Míriam Nogueras plantando la zarpa al Papa para que hablase catalán, abocándolo al trance de soltar el consabido «señora, suélteme el brazo», lo más interesante de la visita de León XIV a la Sagrada Familia no fue el espectáculo, sino el equívoco. Porque el espectáculo lo entiende cualquiera: basta con mirar una ciudad convertida en escaparate; el equívoco, en cambio, exige saber distinguir un altar, una rotonda y un photocall.
Hace un año, Roma reconocía oficialmente las «virtudes heroicas» de Antoni Gaudí. Parece mentira, pero hubo un tiempo en que se sabía distinguir entre un santo, un héroe, un genio, un artista y un sansirolé con muchas ganas de que le enfoquen el cogote. Hoy muchos toman por virtud heroica trepar un rascacielos en Manhattan embutido en traje de licra o abrir un canal de YouTube. El mundo contemporáneo necesita traducirlo todo a sus categorías de mercadillo. El concepto de «virtudes heroicas» suena rarísimo en un tiempo que trueca la santidad y el heroísmo por la visibilidad y el storytelling.
No se tome esto por jeremiada nostalgia. El tiempo pasado tenía sus fulleros, sus pícaros con jubón y sus vendedores de reliquias falsas. España siempre anduvo sobrada de espantos y bicharracos de toda laya: la Santa Compaña, los trasgos, el sacamantecas y los innumerables portentos que abarrotaban los caminos de aldea. Pero, curiosamente, jamás confundió semejante morralla sobrenatural con el heroísmo de verdad. El pueblo podía creer en cocos y lobisomes, pero sabía que una cosa era el miedo, otra el valor y otra muy distinta la santidad. Hoy, en cambio, hemos metido en la misma marmita al santo, al héroe, al deportista, al cantante de reguetón, al empresario de éxito, al político y al señor que vende cursos en internet. Y de esa marmita no sale una mitología.
La tradición pagana tenía sus cosmogonías y sus teogonías, sus titanes y sus semidioses. El mundo no bastaba: por eso brotaban figuras que lo rebasaban por las cuatro esquinas. Mucho antes de que James Bond popularizara el lema, Felipe II ya había hecho del non sufficit Orbis su divisa personal; antes, incluso, Juvenal se lo colgó en el pecho a Alejandro Magno. El mundo nunca es suficiente, en ejemplo, pero media un trecho entre la gigantomaquia y la hagiografía, y una cosa es el Pelida Aquiles arrastrando el cadáver de su enemigo y otra, san Benito recluido en la lobreguez de la cueva. La tradición pagana era pródiga en héroes; también la tradición cristiana, pero los llama santos.
El filósofo británico J. O. Urmson ilustraba su célebre ensayo Santos y héroes con la imagen del soldado que se tira encima de una granada para salvar al batallón. Cae él y sobreviven los demás: eso es un héroe, no alguien que aguanta tres horas en el aeropuerto sin cargador, o alguien que «rompe barreras» porque comparece en una gala vestido de lámpara modernista. El heroísmo se consuma en el límite de lo humano. Por eso no es razonable canonizar al héroe por la vía rápida. Al héroe cabe admirarlo, cantarlo, levantarle una estatua e incluso ponerle una calle, que es una forma municipal de la inmortalidad siempre amenazada por una comisión algo ideologizada, pero nadie le exige obrar milagros. ¿Qué soldado que se arroja sobre una granada sale de allí incorrupto, oliendo a Hugo Boss y con la camisa planchada?
Cuando el torero sale a hombros, los aficionados se abalanzan sobre él, lo soban, lo estrujan, le dejan la vestimenta hecha jirones y se llevan a casa machos, alamares, caireles y trocitos del bordado de la taleguilla. Todo queda entre mortales. Al héroe se le aplaude, se le zarandea, se le rompe el vestido, se le invita a vino y se le perdonan las tonterías. Al santo, en cambio, se le venera. Hay una distancia infranqueable entre la heroicidad y la santidad, una distancia que, bien mirada, es un quitamiedos metafísico, pues impide que el entusiasmo termine montando una ermita al primer baranda que pasa por ahí, por valentón que sea. No todo lo admirable es venerable.
Una tarde, los partidarios de Juan Belmonte, con el Pasmo de Triana cargado sobre los hombros, pretendieron colarse en una iglesia para pedir prestado un palio de Semana Santa y beatificarlo allí mismo, entre vivas y empellones. ¿Acaso no lo merecía quien cada tarde burlaba las saetas de los pitones quedándose tan quieto como una farola? Huelga decir que el señor cura los despachó a bofetones. Las malas lenguas dicen que el párroco era gallista, lo que no invalida la moraleja: se puede sacar a un hombre por la puerta grande en San Isidro sin confundirlo con el santo.
Se hizo viral, hace unas semanas, el vídeo de una feligresa de alguna confesión dizque evangélica moliendo a martillazos una estatuilla de la Virgen María, so pretexto de combatir la idolatría, como según sus correligionarios manda el Deuteronomio. Nietzsche inventó la filosofía del martillo y nosotros ahora importamos una teología del martillo. La escena tenía algo de sainete: una señora destruyendo una imagen para demostrar que no cree en el poder de las imágenes, pero grabándolo en vídeo y chupando cámara. Ahora bien, ¿qué tiene que ver la veneración con la adoración? ¿No puedo acaso venerar a mi santa madre, sin ir más lejos, y no por ello adorarla ni deificarla?
La iconoclasia es un callejón sin salida. Allí donde desaparece el santoral, aparece inmediatamente el negociado de monumentos públicos. El animal humano no sabe vivir sin altares: si le quitan a San Francisco, acaba poniendo incienso a Bad Bunny, a Bob Esponja o a Zapatero. Si le quitan la hornacina, inventa la alfombra roja; y, si le quitan el dogma, se calza la pulsera energética. A quienes da sarpullido ver una Virgen en una hornacina no parece incomodarles demasiado la estatua dorada de Donald Trump, de cinco metros de altura, que han levantado en Florida.
Supongo que hemos perdido el trato natural con las imágenes. Uno entra en la Sagrada Familia y comprende que una imagen no es una deidad ni un fetiche, sino una catapulta hacia lo alto. El problema moderno no es adorar estatuas, sino vivir cercados de marcas, banderas, camisetas de fútbol, carnés de partido, cantantes de reguetón y gurús de gimnasio sin sospechar siquiera que la vida se nos va postrados de hinojos ante un becerro, no necesariamente de oro. Dudo que iconoclasia e idolatría estén tan reñidas como aparentan. El iconoclasta rompe la imagen ajena para levantar, acto seguido, la suya propia: donde antes había una Virgen con flores, pone una consigna con fluorescentes. Si Urmson escribiera hoy su libro, no lo llamaría Santos y héroes, sino, más bien, Ni santos ni héroes.