Matar al Papa, matar al padre
«¡Qué risa daba esa tropa política que quería seducir al Papa con sus catalanismos estelados! Falsarios del progresismo, activistas de una Inquisición sin tribunales»

Ilustración generada mediante IA.
«He venido a arrojar fuego sobre la tierra.
¡Cómo me gustaría que ya hubiera prendido!»
Evangelio de San Lucas
Tanta misa, tantos rezos, tantos conversos sobrevenidos, tanto papado y tanta cloaca convicta no confesa, le hacen a uno sacar los evangelios. No duré mucho en la secta, no quería ser de la iglesia de mis antepasados; no quería ni sus dudas, ni sus penitencias. Ni los disimulos de siglos de conversos, ni las letanías, ni aquellos rosarios —como mantras— que eran el obligado rito antes de la partida de cartas en la casa de mis tías. Aunque nunca cuestioné pertenecer a esa secta que había sido capaz de grandes obras, catedrales misteriosas, músicas, letras, libro y cántico. Nosotros éramos todos esos misterios, pertenecíamos a aquella secta que se convirtió en iglesia con el cristianismo.
Con los años pensamos que hubiéramos preferido seguir en el paganismo, pero el buenismo de Constantino nos llevó por caminos de un único Dios, aunque trino. Qué manera de hacernos tragar con lo incomprensible, inexplicable. Eso era la fe. Y nacimos cristianos porque nos tocó este lado del mundo. Nos sigue gustando. Somos de esa secta que se transformó en la Iglesia. Nuestro patrón a tiempos parciales, el apologista Tertuliano dijo algo que entonces dejó de ser verdad: «No se nace cristiano, se llega a serlo». Lo nuestro no es así: es herencia. No trabajo, ni camino. Ni fe.
Como decía el filósofo cachondo, evangelista y del Paralelo, conocido por Peret, en uno de sus cantos: «Es preferible reír que llorar». Yo quiero seguir cabreado, descreído, crítico, pero con risas. ¡Qué risa daba esa tropa política que quería seducir al Papa con sus catalanismos estelados, sus recuerdos de colegio de agustinos o su italiano de Lérida! Miserables fariseos, pedigüeños, ladrones del cepillo, falsarios del progresismo, activistas de una Inquisición sin tribunales ni justicia. De la secta de las hogueras del enfangamiento, recaudadores sin fisuras, usureros de joyas ajenas, enriquecidos de rufianismo, con la suciedad de aquellas saunas para las que no habrá suficientes sahumerios que aromaticen sus olores de azufre y jabón lagarto. No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni a la inversa. No eran unas manzanas podridas. Todo el árbol lo estaba. Hay que impedir que se arruine todo el manzanal. Habrá que darse prisa, darse mus y darles órdago.
No es fácil, el trilerismo tiene raíces profundas y colaboracionistas en prensa, radio, televisión, redes y otros agentes de internet. Se han tirado al monte, disparan desde sus colinas, utilizan drones y creen que resucitarán ahora que están muertos. Son capaces. Se han cristianizado en un máster de alguna facultad de ciencias y desinformación. No quieren irse. No se atreven a dejar paso. No quieren jugársela democráticamente. Si lo hicieran, si tuvieran que hacer penitencia, penar sus faltas, estoy seguro de que se comportarían como ese bandolero del que contó Unamuno sus minutos de sinceridad ante el verdugo antes de ser ahorcado: «Moriré rezando el Credo; pero no me cuelgues hasta que yo haya dicho: creo en la resurrección de la carne». Si de verdad tienen fe, que recen, que aprendan el Credo y que lo incumplan, así como lo incumplieron sus mayores, sus iguales y en general.
Con tanta elevación y religiosidad, yo estuve tentado por el Diablo —mi vecino del Parque del Retiro— para cometer alguno de esos crímenes imaginarios que tanto le gustaban a Max Aub. Y a su amigo Buñuel. Y estas jornadas de papado en directo se me iba la mano con los asesinatos. Cada día me cargaba a varios. Incluso a una por ser de Vinaroz. Me sentí muy asesino, un verdadero Archivaldo de la Cruz. Crecemos matando metafóricamente al padre. Nos parecía que era lo debido para llegar a ser nosotros. Ellos eran liberales, nosotros falangistas. Eran monárquicos, nosotros republicanos. Franquistas, pues nosotros, los más rojos. Así pasó por lo menos desde los primeros cristianos hasta mi generación de tanta tontería progre.
«A este Papa no le engañan esos nuevos acólitos disfrazados. Esos perseguidores de judíos y desmemoriados de saharauis»
Nos recuerda Emmanuel Carrère —que en su último libro se empeña en matar a su madre, que tanto nos gusta— que a «los vomitadores tibios no les gusta Lucas por demasiado educado, refinado y de letras». Quizá también porque amaba a los bandidos y las prostitutas, a los tarados y decepcionados. Porque despreciaba a los que amansaban tesoros en la tierra. A esos que purifican por fuera «la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña y de codicia». Creo que a este Papa no le engañan esos nuevos acólitos disfrazados. Esos perseguidores de judíos y desmemoriados de saharauis.
Estar contra Trump y con el pueblo de Palestina no es su bandera; es su pose, sus eslóganes, sus votos que un día serán polilla, serán herrumbre. He perdonado la vida al Papa. Ni siquiera lo he matado con la imaginación. Ni se me ocurriría atentar contra él. Tengo otras metas, otros en la lista de mis próximos asesinatos. Ya saldrán a la plaza pública, me sentaré para ver pasar el cadáver de mi enemigo. Soy muy mal asesino.
De joven conocí a Juan Fernández Krohn. Tiraba los tejos a una chica de su edad, de su facultad de Económicas, que con los años fue mi querida cuñada. Eran los mayores, los que ligaban más —o al menos un poco antes—, nos parecían interesantes, modernos y muy lejos de sus familias burguesas de veraneantes en Sigüenza. Paseos por la Alameda, por el castillo de doña Blanca —hoy conocido parador de oscarizados golfos sanchistas en tiempo de pandemia y orgías— por los bares de «perdigachos», baños en la piscina y noches en El Molino. De aquel mundo desapareció de repente el atractivo Juan. Cuando la inmensa mayoría de su pandilla y alrededores, aquellos jóvenes universitarios hijos de clase media bien asentada, de franquistas favorecidos y de otras familias de orden y catedral, se habían hecho progres, ácratas, rojos y antifranquistas, Fernández Krohn se hizo de FES (Frente de Estudiantes Sindicalistas).
Toda una excentricidad, casi una provocación, aquel grupo de falangistas no franquistas, crecidos a la sombra de Sigfredo Hillers, Ceferino Maestú —¡vaya personaje!— o de Narciso Perales. Juan resultó un líder de aquel extraño sindicato por el que también pasó José María Aznar y dicen que el actor Juan Diego, antes de iluminación comunista. Disidentes del llamado Movimiento, críticos con las manipulaciones del poder franquista y católicos. Por raros, nos resultaban casi simpáticos. Duraron poco. Antes de la reconversión/disolución, Fernández Krohn recibió una paliza a manos de unos dogmáticos de signo contrario. Nada era imposible en aquella facultad de tantas ebulliciones.
«Fernández Krohn no estaba loco, estaba fanatizado, tenía una fe que le hacía estar convencido de que había que matar al Papa»
La siguiente vez que vimos a Juan F. Krohn, fue con sotana del estilo tradicionalista de Marcel Lefebvre. Ya sobrepasó todas las rarezas. Ni sus cercanos generacionales de los largos veranos, los hermanos Jorge y Javier Krahe, ni Antonio Pérez «pre Mandrágora», ni Antonio Bernal, de Los Lobos, o Nacho Sáenz de Tejada, de Nuestro Pequeño Mundo —por citar a sus contemporáneos— entendieron esa mutación. Tampoco la inmensa mayoría de los que en las noches de El Molino, escuchábamos a Aute entre aquella colonia de madrileños en Sigüenza, también de la pandilla de Marcos y Paloma, hermana de Juan, propietarios del Molino y creadores de La Vía Láctea, memoria viva de nuestras noches de Malasaña.
Me imagino que la familia, conocí a varios, seguiría cerca de su peculiar hermano. No se hablaba de eso. Hasta que un mayo del año 82 le volvimos a ver en todas las televisiones, en todos los periódicos del mundo. Aquel Juan de nuestra memoria de veranos seguntinos había atentado contra Juan Pablo II, el papa Wojtyla. En nombre de la defensa de la verdadera esencia vaticana, en peligro de ser asaltada por el «papa negro» que venía de los países comunistas y que en realidad era un espía soviético, había querido matar al Papa con una daga. Fernández Krohn no estaba loco, estaba fanatizado, tenía una fe que le hacía estar convencido de que había que matar al Papa. La daga como fuego purificador en la visita a Fátima, la virgen más «anticomunista» de la historia.
Cumplió condena en Portugal. Salió del sacerdocio —o lo expulsaron—, vive con su familia en Bélgica, donde también intentó atentar contra el rey Alberto II, aunque nada consiguió y en breve tiempo fue excarcelado. Tiene un blog donde no pierde ocasión de denunciar lo que representó el papa Francisco en su «antiespañolismo» y la presencia de nuestro legado en América. De Prevost, aunque crítico, le molesta más que su discurso en el Congreso de Diputados haya sido aplaudido por unos y otros, por una mayoría que celebraba ideas en las que no creían.
Yo, que ni maté al padre, ni lo intenté con ningún Papa, hoy recuerdo a este excéntrico y exaltado español que algunas veces tuve muy cerca. En algo coincidimos, en nuestro interés —por distintas razones— por las lecturas de Joseph de Maistre, que con su hermano Xavier han sido dos de los reaccionarios ilustrados, de los contrarrevolucionarios que no hay que olvidar.
A Joseph, además de por su argumentada defensa de la Inquisición Española, se le recuerda por una frase que mucho me duele, aunque sea muchas veces verdad: «Cada nación tiene el gobierno que se merece». No ahora. No nosotros.