The Objective
Javier Rioyo

Nietos del Cid, nietos de Sánchez

«Desde la izquierda reivindicábamos el derecho de insurrección contra la tiranía. Nos equivocábamos. Con ella también cabalgaban los privilegios, el fango y la mentira»

El verso suelto
Nietos del Cid, nietos de Sánchez

Ilustración creada con IA.

«El ciego sol, la sed y la fatiga… Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos —polvo, sudor y hierro—

el Cid cabalga»

Manuel Machado

Muchas veces estoy fatigado de ser español. España me duele y me agota. Me emociona y me da sentido, de decepciona y me lo quita. Soy tozuda y reflexivamente español, muy español y mucho español. Entiendo que a Los nietos del Cid —como llamó y noveló Andrés Trapiello a nuestra generación del 98— le doliera España. Sin Filipinas, sin América y sin Cuba, ¡ay sin Cuba!, en aquella España que todavía se gustaba a pesar de sus guerras, sus desastres, sus derrotas, se quedaba más aislada, menos aireada y guapeada.

Y llegaron los nietos del Cid con sus rebajas, sus dolores. Suspiros patrios españoles. Apenas ya acompañados por esos otros españoles africanos, de la negritud o de tierras marruecas. Sin olvidar a esos españoles del desierto del Sáhara que ahora el Gobierno progresista, tan abierto a nietos, bisnietos y demás ancestros, ha dejado tirados sin DNI ni reconocimiento. ¿Los permitirá la memoria histórica, tan obediente al Gobierno marroquí, volver a ser españoles? Lo dudo.

He conocido —conozco— españoles que nacieron en Larache o Tetuán que son hijos de la emigración, la administración o la milicia española en esas tierras. Españoles otros que fueron de Sefarad, que nunca olvidaron su pertenencia a una tierra que les expulsó, que muchos apenas conocieron por el canto y el verso, por la mitología contada en familia, por una manera de cocinar o de ser que muchos nunca quisieron abandonar ni olvidar. Como español, deberíamos reconocer a Elías Canetti, descendiente de judíos de Cañete. Los descendientes de los judíos expulsados tienen derecho a la nacionalidad. Por esa razón histórica, miles de judíos salvaron su vida en el nazismo con la ayuda de dignos representantes de nuestro país, de nuestra historia, como el caso del embajador Sanz Briz. Hubo más ejemplos, más dignidad en reconocer, aunque fuera forzando leyes, a quienes de aquí habían sido expulsados.

Expulsados por política, por economía, por hambre o supervivencia. Tanto da. Igual que se reconoció el derecho a ser españoles a los heroicos integrantes de las Brigadas Internacionales, la mayoría jóvenes comunistas internacionalistas, que dignamente merecieron ese reconocimiento por haber luchado, haber sido heridos o muertos en una guerra que no era la suya. De la misma manera, deberían tener derecho a esa concesión de nacionalidad los que lucharon voluntarios en el otro bando, en el lado franquista. Miles de italianos, portugueses o alemanes perdieron aquí su vida por otra idea de España.

Para los vencedores representaba la España del Cid, la imperial España que hizo mito y emblema a ese mercenario, señor de moros, agitador con poca conciencia, sospechoso de fidelidad, revoltoso de carácter, heroico soldado que para muchos representó el «alma española», la volkgeist a la manera orteguiana. El Cid Campeador, modelo heroico de nuestra infancia y adolescencia, de nuestra «juventud dorada que dio en no creer en nada». Primero le idolatramos tanto, o más, que al Guerrero del Antifaz o al Capitán Trueno; después le confundimos con Charlton Heston y la mujer que nos quitaba sueño y daba tardes tan felices, la mujer del Cid, doña Jimena, que para nosotros era Sophia Loren. ¿Cómo no los íbamos a admirar? Su Cantar ya se nos hizo un poco cuesta arriba en el bachiller.

«Queríamos ser españoles como Brassens era francés. Con un punto descreído y sin tener que levantarnos para desfilar en la fiesta nacional»

Un poco después llegaría Tintín, nuestro más duradero héroe. Nos desespañolizamos. Ya estábamos más cerca de Françoise Hardy que de Massiel. Más cerca de Juliette Gréco que de Lola Flores. Nos fuimos quitando de españolear. Primero nos afrancesamos sin dejar de ser mods de Londres o hippies de Ámsterdam. Europa molaba más, se besaba mejor y se fumaba con más libertad. Todo era una ficción, un sueño, un deseo de negar patrias y matrias. Pronto nos dimos cuenta de que aquí se besaba muy bien, se fumaba y se bebía mejor y más barato.

Volvimos a ser españoles sin tener la necesidad de matar al padre, ni renegar del Cid, de Cecilia o de los Bravos. Nos gustaba leer de nuestra historia, sentirnos españoles sin necesidad de aquellas hermosas retóricas de José Antonio de que «ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en este mundo». No queríamos ponernos tan serios, ni tener que ser guardadores celosos del deber. Queríamos ser españoles como Brassens era francés. Con un punto descreído y sin tener que levantarnos para desfilar en la fiesta nacional.

Con la lectura de Costa quisimos echar las siete llaves al sepulcro del Cid, doble llave a su sepulcro para que no vuelva a cabalgar. Enterrar el pasado imperial y guerrero, hablar de los problemas reales, olvidar belicismos históricos, retóricas y mitologías. Y nos pusimos a la izquierda de Costa. Creíamos que en la izquierda estaban las respuestas y también podría estar la patria. No fue así ni entonces, ni ahora. Desde el lado de la izquierda reivindicábamos el derecho de insurrección contra la tiranía, las tiranías. Otra vez nos equivocábamos. Con ellos también cabalgaban las tiranías y los privilegios, el fango social y le mentira de la historia. Con ellos revivían las sectas y el hampa.

Con ellos, los neooligarcas que esconden negocios, que perpetran asaltos y permiten latrocinios, nos vuelve a doler España. Un parlamento viciado por corruptelas. Un Gobierno de infamias y covachuelas lleno de vociferantes, de muchos horteras y de algún señorito de pueblo o de barrio. Y una oposición que no se entera. Que no sabe reivindicar al Cid, ni entender a sus nietos. Que se lía y nos lía, nos hace pasar por viejos caminos de «polvo, sudor y hierro». No nos avergüenza, al contrario, ser españoles. Convivir con el Cid y sus nietos. Con Unamuno y Baroja. Liberales y descreídos. Sin tener que llamar a ningún apóstol para cerrar España. Ni tener que poner doble llave a ningún sepulcro.

«Yo no quiero una España de energúmenos que tocan el bombo para afirmar su patriotismo»

Somos de Santiago y de Rodrigo, de Pelayo y de Altamira. Del queso de Burgos y del Cabrales. Incluso somos del Cid que esculpió Juan Cristóbal en bronce para mayor gloria de Franco, su imperio ficticio y su Burgos tomado militar, religiosa y civilmente. Tiene gracia que la escultura del Cid en Burgos estuviera hecha por las manos de un amigo de la Unión Soviética. Y que el modelo que utilizó fue el cuerpo de Alfonso Buñuel, homosexual y hermano del españolazo en el exilio, Luis Buñuel. Franco también le consideraba al cineasta Buñuel peor que a un comunista: un mal español. Como a Berlanga. ¡Esta España nuestra!

Muchos días me duele España, pero me consuelo pensándome liberal, vasco y español como Unamuno. Catalán como Pla o de Reus como el general Prim y mi padre. Español lejos de resentimientos aldeanos como los «tontilocos» de Maciá o Arana. Soy de esos antiguos españoles que, como Baroja, «quisiera que España fuera muy moderna; persistiendo en su línea antigua; yo quisiera que fuera un foco de cultura amplio, extenso, un país que reuniera el estoicismo de Séneca y la serenidad de Velázquez, la prestancia del Cid y el brío de Loyola». Yo no quiero una España de energúmenos que tocan el bombo para afirmar su patriotismo.

No quiero tener de compañeros de viaje a esa tropa de socialistas con caras de Leires o Gertrudis, con moralidades de Zapatero, ni ojos de la directora de la Guardia Civil. No quiero puteros, ni gariteros; ni sectarios, golfos o ladrones en ministerios. No quiero pensamientos navarros de Koldo o de Cerdán. No quiero nuevos ricos de lo burdelesco ocultado, consentido y negociado que se pongan la máscara de los abolicionistas. La gran mentira de la prohibición de la prostitución. No saben o engañan. O las dos cosas. Les recomiendo un libro, con perdón, que se llama Burdeles, picaderos y lupanares. Una historia que habla de ellos, de nosotros, de los humanos en general y los españoles en particular.

Yo quiero ser de un país donde los pobres sudan y los ricos también. Un país donde la justicia va en serio y es independiente. Un país en el que se debe debatir cómo se abre, por qué, para quién y cómo. Yo soy de ese grito unamoniano que contra el «¡Santiago, y cierra España!» retrucaba con otro: «¡San Pablo, y abre España!». Pero sin chuparnos el dedo. No puede ser que por nuestra puerta al occidente europeo, a nuestra propia historia —que fue tanto tiempo de desprestigio, de cerrazón y sacristía—, ahora sea el paso de una manera de estar en el mundo sin hacer mucho, pasear eslóganes, estar en el lado del buenismo subvencionado, darle a la lengua, abrevar y apacentar al lado de esos enmascarados reaccionarios que mariposean por la izquierda y te engañan por la derecha.

Quitaros las máscaras, ser capaces de deciros a vosotros mismos como en la Sagrada Escritura: «La verdad os hará libres». Incluso si tenéis que penar un tiempo en alguna sombra. Y apartar la envidia de vuestro camino. Vosotros también merecéis un descanso. Ya decía Quevedo: «La envidia está flaca porque muerde y no come». Demasiado flaco para creer en ti. Ya va siendo la hora de comer… el rancho.   

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