The Objective
José Luis González Quirós

El aplauso de los siete minutos

«Un Congreso que no cumple con su obligación de aprobar los presupuestos generales tendría que sonrojarse antes que aplaudir las palabras del Papa»

Opinión
El aplauso de los siete minutos

Ilustración generada mediante IA.

El aplauso unánime, cerrado y casi inacabable del Congreso al discurso del Papa ha causado cierto enojo a quienes se sienten agredidos porque las instituciones civiles y políticas muestren respeto y algún afecto por la personificación más visible del catolicismo, una realidad cultural que, sin que deje de tener sombras como todo lo que brilla, es bastante inseparable de la mejor historia de España. Por cierto, un detalle interesante en contra de los más vetustos anticlericales: que León XIV hable ante las dos Cámaras españolas tiene, al menos, un antecedente bastante ilustre, porque en 2010 el papa Ratzinger pronunció un discurso a propósito de santo Tomás Moro en Westminster y no sé si estamos en condiciones de darles lecciones de democracia a estos british, tan peculiares ellos. El tono y el contenido del discurso de Benedicto XVI fueron muy similares al de ahora de León XIV, cosa bastante lógica.

La duración del aplauso ha causado sorpresa, sobre todo porque sin duda no manifiesta ninguna adhesión entusiasta a las ideas del Papa, que habría que tomar en su integridad y en su coherencia mejor que por partes, sino porque ha expresado de manera un tanto paradójica el escaso respeto que buena parte de nuestros representantes tienen por lo que hacen de manera ordinaria, en el fondo por lo que son. Para muchos de ellos, el aplauso fue rotundamente mentiroso, nada tiene que ver con lo dicho por el Papa, en algunos casos con ciertas partes de su discurso, en otros descaradamente con todas.

Cabe la disculpa de la buena educación, sin duda, que tantas veces se echa en falta en los modales que algunos exhiben en el Congreso, pero eso no debiera servir para ocultarnos algunas vergüenzas básicas que afean a esa institución, por más que, por desgracia, tales defectos sean representativos de los nacionales, mucho más de lo que desearíamos.

El Papa nos regaló un discurso de enorme altura intelectual y de honda factura moral, que supo acoger con naturalidad un elogio muy razonable a nuestra historia cultural y jurídico-política. Además, el Papa hizo un reconocimiento expreso, que nunca está de más, de la distinción entre el plano jurídico y el moral, de la autonomía de la política respecto de los dogmas que cada cual tenga por ciertos, porque la política debiera consistir en el esfuerzo por el acuerdo y una convivencia pacífica y fecunda antes que cualquier intento de imponer, en general de manera tramposa, las propias convicciones.

Frente a ese llamamiento a la concordia, el Congreso está repleto de personajes y personajillos que sólo entienden la política de la trinchera frente al enemigo, que se refugian en la polarización, que creen que la fuerza todo lo puede, en contra de lo que enseñaron los maestros de Salamanca que, en palabras del Papa, «comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente».

«En el Congreso solo se aprueban los trágalas que el Gobierno impone con las exiguas mayorías que compra a precio de oro»

Por eso extraña ver aplaudir con entusiasmo a los que, en cualquier esquina del hemiciclo, se han olvidado de que están allí para servirnos a todos y solo piensan en engordar la tajada que les toca a ellos mismos, a esos cínicos que aplaudieron con la misma desvergüenza que celebra la independencia de la justicia quien está empeñado en engañar a los jueces para que conviertan el robo en una de las bellas artes inexcusablemente anejas a la política.

Un Congreso que no cumple con su obligación de aprobar presupuestos generales, para que los ciudadanos tengamos algo que decir sobre la manera en la que se van a gastar nuestros impuestos, tendría que sonrojarse antes que aplaudir las palabras del Papa, por más que León XIV haya sido extraordinariamente delicado con sus palabras al reconocer que «en este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida».

Hace ya mucho tiempo, por desgracia, que en el Congreso solo se aprueban los trágalas que el Gobierno impone con las exiguas mayorías que compra a precio de oro, como si el Congreso fuese un peculiarísimo mercado persa en el que solo muy pocos son listos y le sacan las mantecas a una mayoría de torpes e incompetentes. Y esa impresentable manera de proceder solo se explica porque le conviene al jefe de filas, al trilero que ha conseguido enhebrar una coalición de circunstancias que está intentando encubrir una descomposición casi inimaginable, un verdadero pudridero en que descarados mentirosos como el ministro Marlaska se atreven a imputar bulos y falsedades a quienes lo ponen frente a hechos clamorosos, ante verdades incontestables.

Cuando el Papa estaba a punto de terminar, dijo: «Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro». Me cuesta mucho imaginar que no existan diputados cuya conciencia no se haya estremecido ante el tremendo contraste entre ese ideal y la gris y vergonzante condición que adquiere tantas veces su trabajo, ante la lejanía entre las maniobras que se tejen en la oscuridad, para que nadie pueda verlas, y los ideales que alguna vez tuvieron cierta importancia en sus corazones.

«Si los aplausos hubiesen tenido un mínimo de sinceridad, tendríamos derecho a esperar ciertas mejoras»

Ha debido ser muy difícil escuchar estas últimas palabras sin sentir una íntima vergüenza, porque no creo que haya diputados tan tontos como para ignorar que nada de lo que se ha hecho en esta legislatura resiste la mínima comparación con ese elogio papal a nuestra estirpe y con la nobleza que supone en el ejercicio de su misión representativa, en la tarea de mantener en alto el prestigio y la dignidad de toda una nación.

Nadie puede esperar un milagro de la visita papal ni después de ese espléndido discurso, pero si los aplausos hubiesen tenido un mínimo de sinceridad, tendríamos derecho a esperar ciertas mejoras, un alivio de la constante decepción que supone para cualquier ciudadano honesto ver cómo se deteriora de manera sistemática y continua la salud de nuestra democracia, ese sistema político que no hace mucho decidimos establecer como forma de gobierno para lograr entre todos una España mejor.

Y no cabe invocar la disculpa de que no se puede hacer nada: los 350 diputados que escucharon a León XIV en directo sí que pueden hacer algo, pero alguno tendría sin duda que asumir una dignidad heroica que su ejercicio diario de sumisión hace extremadamente improbable.

Publicidad