The Objective
José Luis González Quirós

¿De qué es culpable Sánchez?

«El peor delito de Sánchez es haber levantado un muro capaz de convertir a los españoles en enemigos irreconciliables de ellos mismos»

Opinión
¿De qué es culpable Sánchez?

Ilustración creada con inteligencia artificial.

La actualidad nos depara una muestra incesante de las más variadas formas de corrupción política que se han producido, y es posible que se continúen produciendo, al amparo del Gobierno y del PSOE, es decir, con alguna forma de encubrimiento por parte de Pedro Sánchez, quien, cuando no tiene otro remedio, se apresura a declarar que condena todo aquello que ha permitido, una suerte de cinismo que produce asombro e indignación en sus adversarios políticos y en buena parte de la opinión pública.

Pedro Sánchez se parapeta frente a toda esa inmunda basura tras una evidencia bastante rastrera, a saber, que no ha sido él quien ha cometido la fechoría de turno, que es el argumento que dio Puente frente a las víctimas del desastre ferroviario de Adamuz: «que yo no he hecho esa soldadura». Todo esto es irritante, sin duda, porque demuestra una destrucción sistemática del nivel de responsabilidad política y de decencia que son las garantías mínimas para que pueda funcionar razonablemente una democracia liberal, pero es perfectamente irrelevante ante una opinión pública cansada del deterioro político y muy descontenta con el resultado práctico de todo esto para su vida en el día a día, sin acceso a la vivienda, con impuestos crecientes, con la sanidad hecha unos zorros y cada vez con menos dinero en el bolsillo.

La oposición se desgañita frente a tales abusos mientras Sánchez le recuerda al hemiciclo la foto de Feijóo y las andanzas ya muy lejanas de la Gürtel, y otras maravillas del mismo género. Todo esto ha hecho que el voto esperable para Sánchez y los suyos esté muy bajo, pero no mucho peor que hace tres años, de manera que volvemos a vivir las expectativas de 2023 que se vinieron abajo estrepitosamente en cuanto se contaron los votos en el Congreso. Se supone que ahora, es decir, en 2027, va a ser distinto y ojalá sea así, pero es bastante probable que esos no sean los cálculos de mayoría que hace Pedro Sánchez cuando se le pasa el apuro de la novedad más hiriente.

El delito mayor de Pedro Sánchez no es el que aparece un día tras otro en las portadas de los medios que consiguen sobrevivir sin el maná que administran en la Moncloa. No verlo así y no recordarlo de continuo puede ser un grave error, en especial si no va acompañado de promesas de mejora capaces de conmover incluso a quienes se ciegan con los temores apocalípticos de un gobierno conservador frente a tanto progresismo de guardarropía. Lo que llaman la mejora incesante de derechos sociales, que es el gran leitmotiv de este régimen, solo alegra realmente la vida a minorías bullangueras, pero no llena la despensa de los que lo pasan cada vez peor ni abona las expectativas de quienes están dispuestos a esforzarse por mejorar su vida.

Este bombardeo incesante contra la corrupción sanchista puede resultar tan inútil como la campaña aérea de Trump y Netanyahu sobre las posiciones iraníes. Habría que pensar en un giro radical en la forma de hacer oposición, porque Sánchez puede parecer noqueado, pero conserva todavía el maletín con las claves que permitieron su investidura en 2023 tras sacar bastantes menos votos que el PP.

Los españoles deberían tener motivos más de fondo para evitar un nuevo Gobierno de Sánchez que la evidencia de que ha estado rodeado de malandrines y que es bastante absurdo pensar que no supiera lo que estaban haciendo a su alrededor. Hay que saber, por ejemplo, que Sánchez podría obtener de Cataluña y del País Vasco unos ejércitos de reserva que no va a tener Feijóo, y eso hay que explicarlo a los electores y dejar claro lo que significa.

Es mucho más grave que Sánchez haya hecho todo lo posible para dejar la Constitución en papel mojado que todos los casos Ábalos, Cerdán, Leire y Zapatero juntos. Sánchez lleva tres años gobernando sin presupuestos y ha convertido al Congreso en una sucursal ostentosa de la Moncloa, y eso es mucho peor que el puterío de varias de sus bancadas o que los favores forzados a su esposa y a su hermano músico.

Tal vez lo más nauseabundo es que Sánchez haya convertido a los herederos de ETA en sus más fieles aliados, y estos se jactan cada lunes y cada martes de ser los más fieles guardianes de la permanencia de un Gobierno progresista, y ha entregado a los peores enemigos de la unidad nacional, que es el fundamento de la Constitución española formalmente vigente, la administración de la memoria histórica para convertir en luchadores por la libertad a los responsables de centenares de asesinatos muy recientes, decenas de ellos todavía por esclarecer.

Todo esto, y algunas cosas más nada menores, es políticamente mucho más relevante que las ridículas andanzas de una supuesta periodista independiente manejada por un avezado delincuente bien agazapado en el santuario del progreso, pero no basta con que lo sea: hay que mostrarlo y explicarlo hasta que esa nube de españoles cegados por un fanatismo aparentemente irreprimible recupere parte del buen sentido que han perdido.

Y, lo más importante, hay que dejar de dar la sensación de que lo único que interesa es desalojar a Sánchez para tener dónde sentarse, y eso solo se remedia explicando lo que se piensa hacer con España, qué políticas se van a desarrollar y qué proyectos se presentan para pedir el voto a los españoles, porque es seguro que no va a bastar con mostrar que Sánchez es un pillo muy atrevido y suficiente.

El peor delito de Sánchez es haber levantado un muro capaz de convertir a los españoles en enemigos irreconciliables de ellos mismos, y pretender que él y los suyos representan la bondad, la decencia y el progreso frente a fascistas con ojos sedientos de sangre y venganza. Todo lo que no se haga para mostrar que esta es una fábula que solo puede haber urdido un estafador es tiempo perdido, y eso solo puede hacerse renunciando a enredarse en el tú más y siendo capaces de mostrar algo más que ambición por el poder y deseos de presidir los desfiles.

España está atravesando uno de los momentos peores y más peligrosos de su historia reciente, fuera de Europa en la práctica, empobrecida y entregada al mero crecimiento macroeconómico a base de aumentar la población mediante apertura indiscriminada a la emigración, algo que ya nos reprochan claramente nuestros socios europeos, y frente a esta situación los españoles necesitan un programa ilusionante y creíble. No se conformarán con oír un día sí y otro también que Sánchez es un corrupto, porque además les asusta la mera posibilidad de que, con este tipo único de oposición, Sánchez vuelva a repetir la inverosímil carambola de 2023. La oposición tiene todavía trabajo por delante y no puede conformarse con seguir bailando a un ritmo sincopado que puede parecer muy negativo para el actual inquilino de la Moncloa, pero que lo mismo podría acabar siendo de utilidad para lo que, sin duda, trama.

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