Una historia de Vox
«La habilidad de algunos ha hecho que fenómenos que tardan años en consolidarse se hayan precipitado en Vox muy prontamente y con una aceleración creciente»

Ilustración de Alejandra Svriz
Aunque creo que tuve un cierto protagonismo en la etapa fundacional de Vox, para mi alivio hoy bastante olvidado, me he resistido a opinar sobre la marcha de ese partido por razones obvias, porque a casi nadie le gusta comentar en voz alta sus errores, por involuntarios que hubiesen sido.
Hoy me siento obligado a romper esa regla de conducta por dos razones: una de fondo y otra anecdótica; la primera es que, me guste o no, es difícil hacer análisis y comentarios sobre política española sin referirse a la paradójica circunstancia que hoy afecta a Vox; la segunda es que, en medio de una mudanza bastante agitada, he tropezado con un ejemplar del Manifiesto fundacional de ese partido, documento del que fui redactor, junto con otros, como suele suceder con esa clase de textos, y que su relectura, más de 12 años después, me ha obligado a subrayar algo que creo tiene un interés político fundamental.
No se suele tener muy presente que Vox es un partido que se fundó tras una larga campaña de movilización política entre militantes del PP y otras muchas personas, unos de talante más liberal, otros de condición más conservadora, que pretendieron influir en lo que consideraban desastrosa política de ese partido bajo la dirección de Rajoy y tras el congreso de Valencia en el que don Mariano había invitado a abandonar el PP a los liberales y a los conservadores. El hito principal de aquella larga campaña consistió en publicar un documento invitando a que el PP promoviera «un gran acuerdo nacional para lograr la reconversión del Estado» al considerar que España se hallaba inmersa en una crisis estructural y no de gestión. Sea lo que fuere, el caso es que el PP no prestó la menor atención a algo que era un clamor en buena parte de su electorado y eso culminó con que ese partido perdiese cerca de seis millones de votos que, por cierto, todavía no ha logrado recuperar del todo.
Vox nació de la frustración que produjo que el PP, por su estructura cerrada y ajena a cualquier debate, no supiese tener en cuenta la opinión de buena parte de sus votantes y, en consecuencia, Vox se fundó atendiendo a dos ideas esenciales: la defensa de la unidad nacional con el cese de políticas que atentaban directamente contra ese principio constitucional y el empeño por crear un partido que, desde abajo y no desde los Consejos de Ministros y los aparatos de los partidos, hiciese posible el ideal de participación y de democracia interna que se propugna en la Constitución y que no se respeta casi en ninguna parte.
En consecuencia con ese objetivo, el Manifiesto fundacional de Vox incluía un apartado muy sustancial en el que se establecían unos compromisos de funcionamiento clarísimos: estructura democrática, financiación propia y transparente, derechos de los afiliados, incluyendo un cuarto compromiso que rezaba literalmente: «La disciplina de partido no podrá invocarse nunca para coartar la libertad de opinión y expresión de los dirigentes y miembros del partido, puesto que Vox acepta como parte fundamental de su capital político la capacidad de análisis y la iniciativa de sus miembros». Otros cuatro puntos añadían concreción y exigencia a esa convicción fundacional que, es inútil decirlo, ha ido a parar al basurero de la historia.
«Lo que ha pasado en Vox no debería sorprender a nadie que conozca medianamente bien la naturaleza y la historia de los partidos políticos»
Lo que ha pasado en Vox no debería sorprender a nadie que conozca medianamente bien la naturaleza y la historia de los partidos políticos, tanto en España como en cualquier otra parte. Se trata, sencillamente, de que de manera casi inevitable se establece una dialéctica entre los fines proclamados del partido y los intereses efectivos de sus dirigentes, que suele llevar a diversas formas de teratología política. Lo que ocurre con Vox es que ese fenómeno se ha desarrollado de una manera excesivamente feroz y contraponiendo no a la dirección con los afiliados de base, sino a una sola persona, en comandita con unos asesores al parecer muy bien retribuidos, frente al resto de la dirección, en especial frente a aquellos que de una u otra forma han tenido esa iniciativa que el manifiesto de Vox consideraba parte esencial de su capital político.
Un cierto cinismo político lleva a considerar que los asuntos internos de un partido no importan a los electores porque estos sólo se fijan en sus proclamas ideológicas. Se trata de una verdad a medias y la historia española reciente no hace sino desmentirla. Basta con pensar lo que ocurre con el PSOE de Sánchez, un antiguo gran partido reducido a pavesas, lo que ha pasado con el PP en el que Rajoy consiguió una reducción sustancial de sus votantes, o con la desaparición casi absoluta de las fulgurantes promesas de regeneración que representaron UPyD, Ciudadanos o Podemos, víctimas dolorosas de las manías y caprichos de sus líderes, la ambición absurda de Alberto Carlos Rivera o el chalé en Galapagar del segundo Iglesias.
No creo que el Vox que ahora existe, desvinculado de sus primeros ideales y artificialmente alimentado por los lejanos errores del PP y la astucia barriobajera de Sánchez, sea capaz de sobrevivir a la exhibición dictatorial con la que se ha yugulado cualquier mínimo intento de articular un partido verdadero y distinto. Se sabe que la luz de estrellas moribundas sigue llegando a lugares lejanos, pero con fenómenos más cercanos que los astronómicos, son muchos los que pronto se dan cuenta de para qué sirve exactamente un voto que se deposita pensando en altos ideales, pero que va a parar, sobre todo, a unas cuantas cuentas corrientes que acaban por ser bien conocidas.
La habilidad de algunos ha hecho que fenómenos que tardan décadas en consolidarse se hayan precipitado en Vox muy prontamente y con una aceleración creciente. Algunos nos fuimos muy pronto, presagiando un régimen de intolerancia y navajeo que no queríamos soportar, otros han tardado más en darse cuenta y han seguido pensando que los ideales propugnados justifican algunas extravagancias, pero tiendo a pensar que a la dirección se le ha ido la mano y que la opinión pública en el seno de ese partido ya ha tomado buena nota de lo que pasa.
Se dice de los elefantes que permanecen en pie cierto tiempo una vez muertos, pero Vox no ha llegado a ser un elefante; es otra cosa menos sólida que, en cualquier caso, ha adquirido una cierta velocidad de crucero y seguirá representando una oportunidad de colocarse para unos cuantos, pero Dios sabe hasta qué punto llega la estupefacción de los que creyeron en serio tanto en que la patria está por encima de cualquier botín como en que el concurso de todos era necesario para rectificar el acelerado camino a la insignificancia en que la miopía egoísta de los partidos estaba colocando a esta vieja nación. Esta es mi historia, pero respeto que pueda haber otras y no me importaría escucharlas, sin insultos y con inteligencia.