The Objective
José Luis González Quirós

La obscenidad política de Sánchez

«Para sus admiradores, el verbo mentiroso de Sánchez se convierte en testigo de su virtud, como cuando afirma no conocer casi de nada a la cuadrilla del Peugeot»

Opinión
La obscenidad política de Sánchez

Imagen generada con inteligencia artificial.

Me ha llamado la atención que nuestro diccionario no dé una definición más o menos acertada de la obscenidad, sino que se limita a proponer una larga lista de sinónimos. Buscaba esa definición porque no estaba seguro de si sería apropiado atribuir esa cualidad execrable a la conducta de nuestro presidente, pero no he podido hacer esa comprobación, aunque el listado de sinónimos tampoco me ha hecho dudar, es una relación de reproches que cualquier persona que no sea un admirador incondicional de las hazañas de Sánchez admitiría sin apenas dudas.

Los sinónimos no son pocos, tampoco agradables: indecencia, deshonestidad, impudicia, impudor, inmoralidad, desvergüenza, descaro, procacidad, desfachatez. ¿Merece Sánchez tales calificativos o, si se le atribuyen, se debe a una mera animadversión?

Los admiradores de Sánchez, que es obvio que existen, siempre tienen una explicación a mano para transformar cada una de esas cualidades en algo así como su contrario. Si mentir es indecente, se dirá que es algo casi inevitable para un político y Sánchez, además, lo hace de maravilla. Vale, pero lo que no se explica es cómo es posible que las mentiras de Sánchez casi se conviertan en un timbre de gloria, mientras que las de otros, reales o supuestas, están destinadas a perseguirle hasta más allá de la tumba. Para sus admiradores, el verbo mentiroso de Sánchez se convierte en testigo de su virtud, como cuando afirma no conocer casi de nada a la cuadrilla, en otro momento heroica, del Peugeot. 

La deshonestidad de Sánchez es bien patente en asuntos como el delicado cultivo de la plaza fija y de actividad difusa para su hermano músico o la disposición de su presidencia para facilitar las estridentes aventuras académicas de su esposa, aunque en este concreto asunto quepa creer que todavía produjo mayor sonrojo la obsequiosidad y peloteo con que la Complutense acogió a la nueva Latina que el saleroso atrevimiento de la doña. De nuevo los suyos dirán que no hay nada, que es pura envidia, pero es muy dudoso que puedan encontrar un caso de cariz semejante.

La impudicia de Sánchez se hace evidente en la forma en la que mezcla los asuntos de su cargo con sus cuitas personales, mixtificación que alcanzó su culmen en aquella semana dedicada a meditar sobre si decidía abandonarnos a nuestra propia suerte ante la enorme injusticia que se cometía con él, y con su santa, al sospechar siquiera que pudiese haber nada digno de censura o si, como era evidente que acabaría sucediendo, nos otorgaba el inmerecido favor de seguir al frente del gobierno. Por extraño que resulte, hubo quien creyó en sus angustias. 

Parece claro que algunos de esos gabineteros que nos cuestan 170 millones de euros, a saber de dónde salen, creen que la inmoralidad es una pamema que no debe limitar a los más audaces, porque, nietzscheanos sin saberlo, asumen que la moralidad es un refugio de los débiles para tratar de sujetar a los seres superiores, como su señorito mismamente. La inmensa mayoría de españoles sigue atribuyendo, sin embargo, la inmoralidad no a los más fuertes, sino a quienes hacen a escondidas lo que no se atreven a hacer a la luz del día y en esto Sánchez es un auténtico campeón. La manera hipócrita y esquiva con la que se deshace de unos u otros, sean ministros o presidentes de empresas, para colocar a nuevos alfiles que le sean de mayor utilidad nada tiene que ver con el valor ni la gallardía, es pura miseria. 

La desvergüenza y el descaro del personaje se muestran tanto cuando aparece como cuando no figura. Lo mismo le quita la preeminencia al Rey al subirse a un tren –desde luego que antes de los éxitos de Puente– que contesta a un discurso parlamentario leyendo unos folios escritos de antemano. Su desparpajo no conoce límites y ha dejado frases para la historia: «Si necesitan ayuda que la pidan» o «Ya hemos asumido responsabilidades», unas horas después del choque de trenes en Adamuz por el que todavía nadie ha dimitido ni ha explicado nada ni ha dado el menor consuelo a las víctimas. Y para que no haya dudas de su desenvoltura le sigue reprochando a Feijóo una foto muy del siglo pasado. 

El descaro es una asignatura en la que nuestro impar personaje saca espléndida nota. Véase, por ejemplo, la atribución a agentes de la extrema derecha, todavía por desenmascarar, del brote de irritación ciudadana durante su visita relámpago a la Valencia destruida por el desbordamiento de barrancos y ausencia de cauces para remediar en la derecha del Turia lo que no causó el menor mal en su izquierda. En este caso, sin embargo, su jeta queda casi en nada en comparación con la ministra del ramo que se evadió de cualquier responsabilidad con la excusa de que tenía que preparar una comparecencia en Europa. 

La desfachatez de Sánchez es proteica. Es capaz de hacernos creer que se ha convertido en el mayor amante y defensor de la paz del planeta cuando le viene bien resucitar una vieja proclama de la izquierda antiamericana para ver si algunos de estos estrambóticos personajes se olvidan de que Sánchez los ha ninguneado, de que Sumar ha sido una franquicia de moda al servicio de Moncloa, de que Sánchez ha entregado el Sáhara a Marruecos a cambio de lo que fuere, o de la misma nada que tal vez fuese peor, o de que Sánchez se ha metido hasta las cachas en la redefinición de nuestra industria militar y no para convertir los blindados en ambulancias, sino para ver cómo ajusta mejor sus amenazados poderes.

Sus terminales andan diciendo que Sánchez va a repetir la hazaña del 23, que va a ser el líder del progresismo mundial, que está demostrando un coraje extraordinario en el plano internacional y que, cual ave fénix, se está librando de su muerte aparente debido a su genio y carácter. El hundimiento de su partido no dice nada contra él, alumbra más bien el nacimiento de una nueva mayoría imbatible y multinacional tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Nombrar a Garzón presidente de la sedicente Comisión de la Verdad es una muestra más de lo lejos que está dispuesto a llegar para que la victoria política de lo que reclama el lado correcto de la historia sea contundente, incontestable e imborrable, porque Sánchez no deja prisioneros. 

No cabe duda de que los españoles nos las arreglamos como nadie para pasar de un gobierno dirigido por un gallego aficionado a los retruécanos y a hacer lo menos posible, e idealmente nada, a un presidente al que las instituciones de la democracia nada le dicen si están no ya en contra de su voluntad, sino desenfiladas respecto a sus propósitos, a un presidente que puede gobernar sin haber ganado las elecciones, sin el apoyo del parlamento y, si le dejaran, sin necesidad de convocar nuevas elecciones porque, ante cualquier oportunidad razonable de convocarlas, esgrime el argumento definitivo contra ellas, el riesgo existencial de que pueda ganarlas la derecha. No sé si este argumento les resulta obsceno, pero a mí me parece muy peligroso.

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