Conexiones húngaras con Sánchez y Abascal
«Orbán ha estado 16 años en el poder. La mera posibilidad de que Pedro Sánchez sea nuestro Orbán también en ese sentido me produce una desazón infinita»

Ilustración generada mediante IA.
Más allá de la pertenencia al club de la Unión Europea y de una hermandad entre los pueblos de este viejo continente, hay otros motivos por los que la expulsión del poder de Viktor Orbán nos toca de cerca. La conexión más directa parece ser la que mantiene la plataforma política de Orbán, que maneja fondos del gobierno para sus intereses políticos, con sus apoyos en España, representados por el partido Vox.
Pero no. Como ha explicado en este periódico Miguel Ángel Benedicto, nuestro Orbán no es Santiago Abascal, sino Pedro Sánchez. No voy a abundar en los paralelismos entre ambos mandatarios, porque eso ya lo hace Miguel Ángel. El primero de ellos es el fundamental: están en el mismo plano institucional, que es el del liderazgo del Gobierno, el manejo de los fondos públicos y el control de los Parlamentos por la vía de las organizaciones políticas.
Es sólo el primero. Y, aunque por los demás refiero al artículo de Benedicto, hay otros paralelismos que creo necesario recordar aquí. Ambos han tenido en su mano al Ejecutivo y al Legislativo, y a ambos se les escapan parcialmente la judicatura y la prensa. Y los dos, Orbán en pasado y Sánchez en presente y futuro, han intentado controlar ambos.
Orbán ha dotado a su acción política de un revestimiento ideológico sincero y eficaz: el suyo es un Gobierno iliberal. Sánchez tiene un discurso que es como si Cantinflas le entregase sus soliloquios imposibles a la inteligencia artificial: una vacuidad intelectual remilgada y medida en sus apelaciones a las categorías que maneja su menguado público. Aquí divergen. Nadie ha acusado nunca a Pedro Sánchez de ser sincero, o de poseer alguna convicción que no sea la de que él debe alcanzar el poder y ejercerlo en beneficio propio.
Hace cinco años advertía de tres reformas del sistema judicial que suponían una amenaza para sus respectivos pueblos: en los Estados Unidos de Joe Biden, en la Argentina de Cristina Kirchner y en nuestra España, tres años ya encaminada por el sanchismo. El empeño de nuestro presidente era, entonces, el control del CGPJ. Pero sí ha hecho avances en su empeño de controlar la justicia, aunque no con un beneficio inmediato, como la Ley de enjuiciamiento criminal, que pone en manos de la Fiscalía («¿de quién depende la Fiscalía?») la instrucción de los casos. También ha diluido el acceso al ejercicio de la judicatura (el llamado quinto turno) para facilitar el acceso de juristas sin oposición; sobre todo, sin oposición a la acción del Gobierno. Y ha deslegitimado a los jueces desde el propio Gobierno.
«Sánchez ha podido hacer lo que le ha dado la gana, y si empiezan a cerrarle el paso será por otros motivos: es el hombre de China en la UE»
Es imposible no acordarse de lo ocurrido en Hungría con Orbán: la reforma del Tribunal Constitucional para colocar jueces afines, jubilación forzosa de magistrados para renovar la judicatura, creación de una Oficina Nacional de la Judicatura con poder para asignar casos… También ha capturado la Fiscalía y el Tribunal de Cuentas.
Desde la Comisión y otras instancias europeas se ha sido muy crítico con Orbán por su política protosanchista, pero no tanto con Sánchez por su política orbanita. La defensa de la democracia nunca fue la principal preocupación de Bruselas. Sánchez ha podido hacer lo que le ha dado la gana, y si empiezan a cerrarle el paso será por otros motivos: es el hombre de China en la UE, como Orbán lo era de Rusia.
¿Y los medios de comunicación? Ambos Gobiernos han regado de dinero al sector. Es nuestro dinero, pero sirve a los intereses del poder en nuestra contra. Es lo que llamamos democracia. Ambos han sometido a los medios públicos a un control norcoreano. Y Orbán ha creado un Consejo de Medios que no es más que un órgano de censura. Sánchez muestra la mano, pero esconde la piedra, al revés que el dicho popular. No se ha atrevido a lanzar una pedrada contra los medios no sometidos, pero se ha mostrado dispuesto a hacerlo.
El discurso oficial, en España, es orwelliano, con llamamientos a la adhesión inquebrantable al gobierno y su ideología, y con un discurso de resistencia frente a los enemigos externos e internos. Tenemos, incluso, nuestro propio Goldstein, que es Santiago Abascal. Es la persona a la que hay que aborrecer oficialmente, y sobre la cual se vierten las mayores diatribas. Es el enemigo del pueblo, o el enemigo del Estado, que en la España de Sánchez vienen a ser lo mismo.
Curiosamente, nuestro Goldstein también es orbanita. Como Sánchez. El paralelismo no es tan claro. Abascal está en la oposición. Pero es más directo. Porque los vínculos con Orbán y su partido, Fidesz, son fuertes y estables: alianzas europeas (Patriots for Europe), afinidades ideológicas (nacionalismo, antiinmigración, rechazo de las ideas woke) y vinculaciones económicas (como los préstamos de MBH Bank).
Por supuesto, estas conexiones húngaras no ponen a Abascal y a Sánchez en el mismo plano. Lo he dicho desde el comienzo: precisamente el plano es distinto, desde el punto de vista institucional. Y hay otras afinidades de Sánchez con Orbán de las que Abascal no participa, como el deseo inmoderado de enriquecerse y enriquecer a los apoyos políticos.
Viktor Orbán ha estado 16 años en el poder. La mera posibilidad de que Pedro Sánchez sea nuestro Orbán también en ese sentido me produce una desazón infinita. Pero al final, el electorado lo ha acabado desplazando del poder. No echándolo; a quienes han echado es a los partidos de izquierda, que no tienen representación en el Parlamento húngaro. El partido más centrista (Tisza, del candidato vencedor Pieter Magyar) está a la derecha de Vox. Le acompañan el Fidesz de Orbán y Mi Hazánk, que es ultraderecha para los estándares de allí.
De modo que volvemos a mirar a España, y a nuestra izquierda. Aunque yo no espero una debacle de la izquierda, desde el lado siniestro de la política yo miraría con preocupación que haya ya dos países de la UE en los que la izquierda no logra entrar en el Parlamento, o su presencia es testimonial. El otro país es Polonia.