Por qué nadie aparta a Sánchez del poder
«En una auténtica democracia, en la que los diputados tienen que mirar a los votantes y no al líder, Sánchez nunca hubiera ido tan lejos»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Uno de los momentos más divertidos de la película El guateque aparece al comienzo. El actor indio que protagoniza la filmación que da inicio a toda la trama toca la corneta, agonizante. Pero, en lugar de dejar morir al personaje, el actor lo revive de forma esporádica, importunando al bando contrario, pero al cabo también al suyo propio. Finalmente, sus propios correligionarios acaban disparándole, para ver si termina con la maldita corneta.
Es fácil cebarse, incluso a tiros, con el corneta. Lo que no es fácil es rebelarse contra el jefe. De nuevo, el cine ha recogido esa situación en múltiples películas, y de forma magistral en El motín del Caine. Humphrey Bogart, en uno de los pocos papeles en los que está de sobresaliente, encarna a un capitán de métodos dudosos, juicios sorprendentes y decisiones arbitrarias. Poco a poco, la tripulación acaba rebelándose contra él y apartándole del mando.
La política, que es la continuación de la guerra por otros medios, también produce este tipo de situaciones. La posición de Pedro Sánchez es cada vez más difícil. Y no solo la mayoría de la sociedad española, o la oposición, quieren apartarle del poder. Su estrategia política amenaza la forma de vida de multitud de políticos del PSOE que necesitan aferrarse a una institución local o regional de la que podrían quedar apartados tras las próximas elecciones en esos ámbitos.
El PSOE de ayer, que lo único que le debe a Sánchez es el desprecio que este les dedica, también se ha puesto crítico. Alfonso Guerra, que por fin tiene a aquella España a la que no reconoce ni la madre que la parió, ha levantado el dedo denunciando los atropellos a la Constitución y a las instituciones, y lo ha acabado bajando parsimoniosamente hasta apuntar a Pedro Sánchez. Felipe González pide que se celebren de forma inmediata unas elecciones generales. Tal como está la opinión pública, la de González es una invitación clara: «Váyase, señor Sánchez».
Un grupo de socialistas de aquel tiempo enseñó tímidamente la patita. Hay que regenerar la democracia, vive Dios. Pero esa regeneración pasa por limpiar el PSOE, decían, y la solución más higiénica es la de sustituir a Sánchez por otro mandamás. En la limpieza del PSOE se les ha adelantado la UCO, y probablemente también el sistema judicial. Pero echar a Sánchez no es suficiente. Hay muchas otras cosas que el PSOE tiene que asumir que son más importantes que tener otro caudillo. Ese nuevo PSOE, ¿aceptará el pacto político de la Transición según el cual todos los partidos tienen pleno derecho a la participación política? ¿Defenderá las instituciones de nuestra actual democracia, las reforzará? ¿Asumirá que somos una nación y no muchas?
Yo me temo las respuestas a esas preguntas. Pero la cuestión hoy es precisamente lo que nos convoca en este artículo: por qué nos vemos en esta situación en la que un hombre con la férrea decisión de mantenerse en el poder puede hacerlo sin que las instituciones sean capaces de vehicular el creciente descontento con su gobierno. ¿Qué falla en nuestras instituciones? ¿Cómo evitan esta situación otros países?
No voy a detallar todos los motivos por los que este hombre debería abandonar La Moncloa. Todos los conocemos. Vende al Estado por partes a los nacionalistas a cambio de su apoyo político. Violenta el sistema judicial perdonándoles nada menos que un golpe de Estado. Convierte al Tribunal Constitucional en una institución que borra los delitos. Amenaza a una parte de la prensa y llena de dinero público a otra. Ataca la labor de los jueces. Actúa de embajador de China —o lo hacía hasta la caída en desgracia de José Luis Rodríguez Zapatero— y de Marruecos. Las cuentas del Estado son el origen de las Cortes, y Sánchez no se molesta ni en presentarlas. Y ha llevado hasta las instituciones una corrupción de dimensiones desconocidas hasta el momento.
Así las cosas, ¿cómo es posible que siga? El 74% de los españoles y el 48% de sus votantes quieren que convoque elecciones, y él ha respondido riéndose de todos ellos. ¿Cómo es posible?
Para empezar, es posible porque hay una palanca del comportamiento que aquí está por completo ausente: la moral, el decoro, la integridad, la dignidad. Nada de ello afecta al ánimo de nuestro presidente. Y hay una parte de la sociedad española que le apoyará siempre, por muchas violaciones de la ley que se acumulen sobre su gestión.
Y es posible, en última instancia, porque los mecanismos que hay previstos para echarle del poder han demostrado no funcionar cuando debieran hacerlo. Al presidente del Gobierno no lo elige el noble pueblo español, sino el Congreso de los Diputados. Y a los diputados no los elegimos los españoles, sino los líderes de los partidos políticos. Lo único que hacemos los votantes es elegir dónde se produce el corte de las listas que nos imponen los partidos. Los diputados no nos deben nada. Se lo deben todo a quien les colocó en un puesto con visos de salir elegido.
Sánchez no va a presentar una cuestión de confianza. Y, por el momento, ninguno de los grupos políticos que apoyan al Gobierno del PSOE quiere aparecer ante sus electores como el instrumento de una moción de censura que facilite unas elecciones y un gobierno de PP y Vox.
Esas son las limitaciones de nuestra partitocracia. El sistema político está en manos de un conjunto muy pequeño de personas, que mangonean lo que aún llamamos España. En una auténtica democracia, en la que los diputados tienen que mirar a los votantes y no al líder, Sánchez nunca hubiera ido tan lejos.
Para ello hay que cambiar el sistema electoral. No hay democracia digna de tal nombre sin circunscripciones uninominales. Como en los Estados Unidos, como en Francia, como en Gran Bretaña. En un sistema así, el diputado le debe su posición al votante. El partido suma al candidato una marca, una plataforma política y la comunicación con los votantes. Pero el diputado no le pertenece, como ocurre en España. Un Congreso que no esté aherrojado por los partidos, por cuyos poros se filtre la indignación de los votantes, hubiera puesto fin a Sánchez hace ya años.