The Objective
José Carlos Rodríguez

¿Dónde están las élites españolas?

«¿Por qué transigen con un poder que desnaturaliza la Constitución, viola las leyes y pone al Estado al servicio económico de un escogido grupo de ciudadanos?»

Opinión
¿Dónde están las élites españolas?

Ilustración generada mediante IA.

No puede considerarse torpe empecinamiento señalar la estructura y la historia de las organizaciones orientadas al crimen y al saqueo de lo público en torno al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Es la gran cuestión. Es nuestro problema como sociedad. Es nuestra amenaza como comunidad política y realidad histórica. Sánchez es el problema español.

Creo con toda sinceridad que es así como ha de entenderse. No es una cuestión partidista, sino sobre la posibilidad del pluripartidismo. No es una cuestión de preferencias políticas, sino de supervivencia del sistema político que tenemos y de que convivamos los distintos en el espacio —geográfico pero también histórico— que conocemos como España. Y, por supuesto, se trata de impedir que el acceso al poder se convierta en un fabuloso negocio privado disfrazado de servicio a una ideología.

Hay una parte importante de la sociedad que no ve el problema donde lo vemos la mayoría de los españoles. Para ellos, la ideología se antepone a cualquier otra consideración institucional, moral e incluso judicial. Pero es justo reconocer que la acumulación de pruebas ha ido obligando a muchos a rendir sus preferencias ideológicas ante la evidencia. Y ello se refleja en la pérdida de apoyos en las intenciones de voto, según nos muestran las encuestas.

En estas páginas, virtuales pero muy reales, me he preguntado en qué hemos fallado para permitir que una organización para delinquir se apodere del gobierno del Estado. Y por qué las instituciones que están bajo la presión de ese Gobierno no impiden que prospere esa organización. Decía entonces: «Hoy sabemos que Sánchez podría crear unos GAL sin miedo a que sus peones acaben en la cárcel. Su único límite es su imaginación y su voluntad».

Quizás fue una exageración. Una parte importante del sistema judicial y una parte minoritaria de los medios de comunicación, junto con las fuerzas de seguridad del Estado no corrompidas, constituyen unas élites que están entorpeciendo los planes de Sánchez. Pero muchas instituciones han sido colonizadas por el poder político, y no han podido evitar el parasitismo.

«Vivimos en una partitocracia; no en una democracia. Los diputados le deben su puesto al líder del partido»

Hay otro ámbito al que podemos mirar. Yo lo he hecho. Se trata de los representantes del pueblo español en el Congreso. Es el Congreso quien coloca a Sánchez en la presidencia, y es esa institución la que puede apearle del poder. ¿Por qué no lo ha hecho? Porque vivimos en una partitocracia; no en una democracia. Los diputados le deben su puesto al líder del partido; no a los electores, que solo decidimos dónde se cortan las listas que nos imponen los partidos. Yo proponía, entonces, cambiar el sistema electoral e instituir circunscripciones uninominales.

Pero no podemos quedarnos en lo institucional. ¿Por qué no reacciona con contundencia la sociedad española? Y, lo que es aún más pertinente: ¿Dónde están las élites españolas? ¿Por qué transigen con un poder que desnaturaliza la Constitución, viola las leyes y pone al Estado al servicio económico de un escogido grupo de ciudadanos?

Sabemos que hace muchos años que no se puede hablar de élites políticas. Cualquiera puede llegar a presidente del Gobierno, según reconocía José Luis Rodríguez Zapatero. Lo mismo cabe decir de la Iglesia española. En su momento tuvo el arrojo de decir que la unidad de España era un bien moral. Desde entonces, han alzado la mirada, pero su visión no ha ido más allá del Gobierno de turno.

La élite cultural tiene algo más de peso, pero una parte importante de su sustento procede de la política. Son pocos los artistas que no necesitan el dinero público y pueden asumir una posición independiente. Como es de esperar, son señalados como traidores. Miren el reciente caso de Santiago Segura.

«Los sindicatos participan de una corrupción a ojos vista, ante la indiferencia de los trabajadores, pero la indignación de los contribuyentes»

Es inevitable que los hombres y mujeres de la cultura adquieran una posición ante lo que ocurre, pues su propio trabajo no puede ser ajeno a una visión sobre la propia sociedad. No es el caso de los deportistas. Pero sí el de esa clase de contornos porosos a la que llamamos «intelectuales». En realidad, no se puede esperar mucho de la clerecía, como les llama Deidre McCloskey, pues siempre se han visto a sí mismos protegidos bajo el ala del poder. Aun así, reaccionan ante el espectáculo de la corrupción desaforada con un vergonzoso silencio.

Los sindicatos participan de una corrupción a ojos vista, ante la indiferencia de los trabajadores, pero la indignación de los contribuyentes. En términos reales, las subvenciones a los sindicatos se han multiplicado por tres desde 2020. No hay manipulación de los datos, el paro o descenso en los salarios reales que les mueva a oponerse a Sánchez. Y todo por un puñado de millones.

Su caso no es muy distinto al de los empresarios. En privado, son personas con un gran depósito de sentido común y conocimiento del mundo y un medido pero afilado sentido crítico. En público, son lectores asiduos del BOE. Para que un empresario español pueda permitirse una cierta independencia, tiene que tener su negocio fuera del país.

En vez de una circulación de las élites, de la que hablaba Vilfredo Pareto, lo que vemos es una silenciosa esclerosis. O, con más visos de realidad, vemos a unas élites que no se identifican con el país y que se pierden en un sálvese quien pueda. Quizás no sean tan distintos de la élite criminal que nos gobierna.

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