Zapatero, bluf moral
«Sus delitos peores no son penales, pero sí de una gravedad obscena: la resurrección del guerracivilismo, el aliento al nacionalismo, la complicidad con dictaduras»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Confieso que me ha sorprendido la cara de Zapatero en su reaparición para declarar ante el juez un mes después de que se descubriera su tomate. Era una cara normal. Me imaginaba una devastación facial a lo Topuria, como si la vergüenza y la conciencia de que todo se ha acabado se la hubieran puesto como una remolacha. Aunque la remolacha irá por dentro.
A los de la izquierda nietzscheana no nos ha sorprendido que el predicador resultara un maleante. Las maniobras del exhibicionismo bondadosista, con efectos inquisidores, ya nos las conocíamos por La genealogía de la moral, del maestro; ese agudo psicólogo por que Nietzsche se tenía. Al fin y al cabo, los crímenes de cursilería en que Zapatero siempre ha incurrido eran signos de falta de piedad. Solían presentarse chantajísticamente: si no te plegabas a su sentimentalidad, eras un desalmado. Fue uno de sus mecanismos de poder.
Todo suele estar a la vista, como la manoseada carta de Poe. A la vista, o a poca distancia si se escarba o se busca la conexión. Aquel dibujo que Zapatero hacía de sí mismo como «supervisor de nubes» remitía al Yo, inspector de alcantarillas del falangista (y vanguardista tostonazo) Giménez Caballero. Las únicas nubes que ha supervisado ZP han sido las reflejadas en sus joyas. Sus delitos peores, por lo demás, no son penales en sentido estricto, pero sí de una gravedad obscena: la resurrección del guerracivilismo en España, el aliento al nacionalismo, la complicidad (ahora sabemos que interesada) con dictaduras.
Un problema para el enjuiciamiento global de Zapatero es su aparente división en dos. Estuvo el Zapatero de su primera legislatura como presidente y el Zapatero de la segunda. Se dice que el primero fue el bueno y el segundo el malo; siendo para mí el primero el más reprobable (exceptuando sus reconocidos aciertos de la ley del matrimonio homosexual y la antitabaco). Eso ha impedido el repudio completo entre los suyos, y en esa sombra ha prosperado. Con él me acuerdo de la lección del instituto en que el profesor de filosofía nos explicaba por qué se decía «primer Wittgenstein» y «segundo Wittgenstein». Hay pensadores tan poderosos, explicaba, que dan para dos filosofías diferentes.
Yo a Zapatero lo veo bastante unificado, aunque la gente no suele verlo así. He encontrado ahora el vídeo en que el PSOE pide perdón por Zapatero. Es de noviembre de 2012. El nombre de Zapatero en realidad no aparece, porque el vídeo se titula Militantes del PSOE piden perdón. Lo hacen, eso sí, por cosas que hizo Zapatero, el segundo Zapatero. El vídeo es cutrísimo y los militantes en cuestión, unos mataos. ¿Habrá prosperado alguno? Parece el Pleistoceno de la comunicación. Tampoco debemos olvidar que es de ahí de donde sacó Sánchez al PSOE.
«El sanchismo no es más que la prolongación descarnada, desinhibida, del zapaterismo»
Me acuerdo también de los de la ceja, aquellos que daban la turra con el poema de Benedetti: «Defender la alegría como una trinchera». A los que se oponían los acusaban de cenizos.
El primer Zapatero fue el angelito que destruyó el país, económica y moralmente. El sanchismo no es más que la prolongación descarnada, desinhibida, con todas sus posibilidades optimizadas a tope, del zapaterismo.
Habría que contemplar su caída nietzscheanamente, es decir, sin resentimiento. Con interés de entomólogo. Tratando de revertir todo el pus hacia la vida, hacia la alegría de vivir (esta vez sí) contra estos sórdidos moralistas delincuenciales. También la vida triunfó en ZP, por otro lado: operando con su salvaje materialidad (bueno, en la medida en que sea material el dinero, esa abstracción) por debajo de toda la pútrida mermelada pestilente con que nos atufaba.