Muerte por amor
«Satrapi, que ya había luchado auténticamente por la libertad y había ejercido con brillantez la poesía, certifica con su muerte lo que para ella era el amor: todo»

Ilustración generada mediante IA.
«¿Pero cuál es la causa médica?», preguntaban los botarates ante el comunicado de la familia de la autora de Persépolis: «Marjane Satrapi murió de tristeza un año después de la muerte de Mattias Ripa, su esposo y el amor de su vida». Tristeza, amor: palabras que exceden a los cientificistas. Claro que habría elementos cardiovasculares y otro tipo de objetivaciones médicas, como explican ahora los puntillosos artículos sobre la posibilidad de una «muerte por amor»; pero lo que había ante todo era el amor, o la tristeza tras su pérdida. Especies raras en los periódicos.
Me he puesto la película, tan buena como el cómic, y allí la autora narra su deriva en Viena tras una primera decepción amorosa. En el punto más bajo dice: «Había vivido una revolución que me había quitado a una parte de mi familia. Había sobrevivido a una guerra. Y por poco me mata una banal historia de amor». Ahora la ha matado a los 56 años una historia de amor no banal. En 2020 le preguntó Marc Bassets para El País si pensaba volver a Irán y respondió: «No es buena idea. Me lo han desaconsejado. No me arriesgo. No soportaría estar en prisión. Si me encerrasen, moriría a las dos semanas». El amor y la libertad. Y, si no, la muerte.
No deja de resultar emocionante desde el punto de vista del surrealismo el último coletazo profundo del romanticismo. Octavio Paz lo sintetizaba bien en su artículo sobre el movimiento recogido en Las peras del olmo: «En Arcano 17, André Breton habla de una estrella que hace palidecer a las otras: el lucero de la mañana, Lucifer, ángel de la rebelión. Su luz la forman tres elementos: la libertad, el amor y la poesía. Cada uno de ellos se refleja en los otros dos, como tres astros que cruzan sus rayos para formar una estrella única». Satrapi, que ya había luchado auténticamente por la libertad (lucha que entre nosotros es casi cosmética, pero que en ella fue real, brutal, contra la teocracia iraní) y había ejercido con brillantez la poesía (mediante su manera de vivir y su obra), certifica con su muerte lo que para ella era el amor: todo.
Algo que, por otra parte, prueba su naturaleza de enfermedad mortal. Una enfermedad paradójica: puesto que es también la que otorga una vida que merezca llamarse vida. Como le escribía Cernuda a su amado: «Tú justificas mi existencia: / si no te conozco, no he vivido; / si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido». Satrapi ha muerto radicalmente porque vivió radicalmente. Una variante quizá más cruel es la supervivencia en una vida sin vida. Savater, que siempre estuvo alegre, ha dicho que tras la muerte de su amada descubrió que se puede vivir con tristeza.
«Hay otra modalidad nefasta, casi más dolorosa que la de la pérdida por muerte: la del amor no correspondido»
El milagro del amor es que, como escribió Borges, «nos deja ver a los otros como los ve la divinidad». Es también un culto de idolatría («a lo que es temporal llamar eterno», Lope de Vega) que lleva la penitencia en su pecado. Concentrar la potencia de la vida y el sentido del mundo en otra persona expone completamente al amante y lo deja inerme. Se cabalga un relámpago que puede durar un día o un siglo, y después nada.
Hay otra modalidad nefasta, casi más dolorosa que la de la pérdida por muerte: la del amor no correspondido. El dolor por la muerte es profundo, inconsolable, devastador; pero limpio: es un dolor puro, sin adherencias. El del amor no correspondido mantiene la felicidad y el alivio de fondo de que la persona amada está bien, pero lo enturbia su rechazo y la conciencia de que la vida preferida sería posible aún, pero va por otro camino inalcanzable, mientras se agota el tiempo.
El amor, en fin de cuentas, es una trampa: quien lo prueba está condenado. Con suerte, su condena la pasará en la «dulce cárcel» de que hablaban los trovadores y habló el petrarquismo. Pero siempre con la amenaza de la separación, que se termina consumando. Y en el caso del amor no correspondido, ya lo he apuntado, la cárcel amarga de la vida doliente. Como en el clásico de Ary Barroso, Na Baixa do Sapateiro, que cuenta un flechazo fatal en esa calle de Bahía: «Oh, amor, ai / amor bobagem / que a gente não explica, ai, ai / prova um bocadinho, ô / fica envenenado, ô / e pro resto da vida é um tal de sofrer / ôlará, ôleré». Ese veneno, al cabo, es una causa médica.