La muerte en Twitter
«En Twitter hay amigos, amigas, que solo conocemos de aquí, sin ningún nexo común en la vida de fuera, nadie que avise si les ha pasado algo»

Ilustración de Alejandra Svriz
Soy ante todo un fetichista de las fechas, pero tampoco les hago ascos a los números sin más. No incurro en numerología, simplemente acojo el aire poético que me viene de los dígitos, a veces suscitado por sentimentalidades biográficas. Contra Vila-Matas, me gustan los números redondos. Y, pese a la advertencia de Borges, no me importa sucumbir a las reconocidas arbitrariedades del sistema decimal: acepto el castillo de pureza edificado sobre el hecho de que tenemos diez dedos (salvo Lula da Silva y el fundador de la estirpe Seisdedos, habitantes de una aritmética ajena).
En Twitter siempre me ha gustado tener una cifra fija de seguidos, por ponerle puertas a mi campo: funciona como cifra de control. Durante años fue 666, que podía subir a 667 pero no más. Si me faltaba, añadía a alguien; si me sobraba, eliminaba: siempre hay fluctuaciones, con frecuencia ocasionadas por quienes cierran su cuenta cuando salen y la reabren al volver. Hace pocos meses decidí, sin una razón específica, bajar a 600. Tenía que cargarme peña. ¿A qué peña? Me puse a repasar a mis followed de uno en uno para quitar a los inactivos; a los que llevasen, establecí, un mínimo de 15 meses sin tuitear.
Lo que iba a ser una tarea burocrática, de sobrio barrido, se convirtió en un empeño melancólico. Me fijé en muchos, en muchas, con quienes tuve en el pasado conversaciones fluidas y frecuentes. Ahora estaban congelados, congeladas, en un último tuit de 2021, 2019, 2016, 2015 o 2011. Como no tenía noticias por otros medios, me asaltó una pregunta insidiosa: ¿estarían muertos? En Twitter hay amigos, amigas, que solo conocemos de aquí, sin ningún nexo común en la vida de fuera, nadie que avise si les ha pasado algo. Desaparición puede ser igual a muerte. Y en cualquier caso es la muerte en Twitter. Gente que ya no está.
De otros sí nos enteramos de que han muerto, lo anuncian sus próximos (cuando no viene en la prensa, si tienen fama). Son muchos ya en todos estos años. He establecido un protocolo cuando ocurre. Los bloqueo un instante para que dejen de seguirme (en modo póstumo ya) y yo deje de seguirles también: así libero sus hilos, en lo que a mí respecta. Es mi manera de cerrarles los ojos. A veces, pasado el tiempo, me asomo a ver cosas que dijeron entonces. Hay casos tristísimos, de amigas que iban a entrar en una operación y ya no salieron. En otras ocasiones, la muerte llegó inadvertida. Hay tuits muy bellos como últimos tuits, los mejores son los que trazan un último gesto de cotidianeidad. En ellos perdurará siempre una potencia de vida como trilobite.
«El éxito de Twitter frente a otras redes es que aquí siempre hay alguien»
Al cabo, aquí hemos vivido y seguimos viviendo. En forma de palabras, de frases adosadas a un nombre real o ficticio (todo nombre real es igualmente ficticio). Es en verdad una vida intensificada. Y sobre todo es vida, aunque sin cuerpos. El éxito de Twitter frente a otras redes es que aquí siempre hay alguien. En mi timeline tampoco se pone nunca el sol, porque cuando es de noche en España es de día en Brasil. Siempre tengo brasileños, brasileñas, a deshoras.
Pero vuelvo a los muertos. O a los que supieron irse a la vida de fuera. Con algunos hablé muchísimo y jamás los conocí en persona. Incluso nos cruzamos confidencias. Somos marcianos de nosotros mismos, posados en este planeta electrónico con palabras que nos transmiten, tras una danza de dedos. Pura magia cotidiana. Algún día los dedos no pulsarán las teclas y no aparecerán palabras bajo nuestro nombre real o ficticio.