The Objective
Manuel Arias Maldonado

Perder las formas

«No es necesario que un mandatario se comporte de manera grotesca; se llega al mismo sitio si se recurre constantemente a la mentira y la trampa»

Opinión
Perder las formas

Ilustración generada mediante IA.

No es casualidad que el veterano Clint Eastwood decidiese realizar Richard Jewell, película sobre el guarda de seguridad falsamente acusado de poner la bomba que mató a dos personas en un parque de Atlanta durante la celebración de los Juegos Olímpicos de 1996, cuando Donald Trump llevaba dos años en la Casa Blanca. Estrenado en 2019, el film subraya la profunda decepción personal que supone para Jewell —un varón blanco con sobrepeso que se ha resignado a ser blanco de los insultos ajenos— comprobar que el FBI hace todo lo posible por colgarle el mochuelo del atentado. A ello contribuye decisivamente, igual que sucede en el caso de Enzo Tortora en la Italia de los 80 que Marco Bellocchio ha rememorado oportunamente en la serie televisiva Portobello, una prensa acusadora y sensacionalista que no hace bien su trabajo.

Pero cuando su abogado le reprocha la mansedumbre con la que afronta sus encuentros con los agentes federales, Jewell replica que «fui educado para obedecer a la autoridad». Es alguien, pues, que cree en las instituciones. De ahí que su desahogo final resulte tan significativo: tras quedar claro que el FBI no tiene caso, Jewell toma la palabra y explica a los investigadores —quienes han tratado de engañarlo en varias ocasiones— que pertenecer al FBI le parecía el trabajo más honorable del mundo; a la vista de cómo se han portado con él, sin embargo, ha dejado de creerlo. En otras palabras, la autoridad estatal ha dejado de parecerle honorable debido a la manera en que sus agentes la ejercen. Tal es el comentario que la presidencia de Donald Trump merece a Clint Eastwood.

«Resulta desolador encontrarse con ministros y diputados españoles que lucen maneras tabernarias en las redes sociales»

Ojalá Trump fuera el único que se ha dedicado en los últimos años a privar al liderazgo político de su vieja presunción de respetabilidad. Por desgracia, también entre nosotros la falta de ejemplaridad pública de los representantes electos —por emplear la categoría explorada por Javier Gomá— ha impactado sobre su percepción ciudadana. Para que eso suceda no es necesario que un mandatario se comporte de manera estrambótica o grotesca; se llega al mismo sitio si se recurre constantemente a la mentira y la trampa, si se falta al respeto debido por los rivales o sus votantes, si se adopta una actitud chulesca en mítines y comparecencias públicas. Resulta por ello desolador encontrarse con ministros y diputados españoles que lucen maneras tabernarias en las redes sociales, como la controversia generada en La Sexta a cuenta de los datos sobre la deflactación del IRPF calculados por el ingeniero Jon González ha venido a recordarnos, degradando así la dignidad de su cargo y suprimiendo de paso esa diferencia crucial entre sistema político formal y esfera pública informal a la que el difunto Jürgen Habermas daba tanta importancia.

Si la forma es el fondo que emerge a la superficie, como escribió Víctor Hugo, conviene entonces preocuparse por la conducta que exhiben líderes políticos y representantes públicos, recordando de paso que no todos los países son iguales y que ningún primer ministro septentrional hubiera sobrevivido —por ejemplo— a la noticia de que su tesis doctoral presenta indicios de fraude. De ahí que el también director de cine Santiago Segura diese en la tecla cuando —en el marco de una entrevista en la que venía a afeársele que su último Torrente no restringiese su crítica a la extrema derecha y él mismo exhiba una libertad de juicio político que lo convierte en destinatario natural del abracadabrante calificativo de «facha»— vino a lamentar que la conducta de Pedro Sánchez hubiera despojado a la figura constitucional del presidente del Gobierno de la dignidad que cualquier ciudadano asociaba espontáneamente con ella. Y no hace falta ser Richard Jewell para compartir su decepción.

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