El pacto secreto Vox-Trump-Netanyahu
«El presidente Truman ejerció toda su presión sobre el mandato británico para reubicar inmediatamente allí a 100.000 judíos europeos»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El sionismo, es decir, la idea de que el pueblo judío necesita un Estado-nación propio (preferiblemente en la región histórica de Palestina), se expande por medio mundo durante el siglo XIX, supuestamente contra los nacionalismos étnicos antisemitas, pero en realidad como una rama más del nacionalismo romántico que considera que cada pueblo (en este caso, «elegido») debe tener su Estado-nación. La ola nacionalista influenciará a Europa desde entonces hasta nuestra década de «partidos patriotas», a EEUU desde poco después de su fundación (más inspirado en el republicanismo) hasta la actual era de Donald Trump, y a Israel desde los tiempos de Theodor Herzl hasta los de Benjamin Netanyahu.
Los judíos de Occidente, hartos de asimilación y persecuciones, soñaban con una patria propia, fuerte y nacionalista como la que construirían los italianos y alemanes de la época. Muchos de ellos eran judíos que se habían sumado a la Ilustración europea, cortando los vínculos con su antigua ortodoxia religiosa y definiéndose en tanto que grupo étnico —según criterios modernos—. También habían abandonado su tradicional desconfianza hacia la política mundana, para pasar a convertirse en actores sociales dispuestos a hacer valer sus intereses mediante el control de los resortes gubernamentales. Algunos de ellos pasaron a figurar (desde Francia al Reino Unido) entre los más destacados promotores del colonialismo impulsado por sus respectivas naciones, con la esperanza de probar su lealtad al país de la forma más radical. Quizá por ese complejo sea que aún a día de hoy los grupos de presión proisraelíes están en primera línea de los «partidos patriotas» de Europa y EEUU.
Y fue al calor de uno de aquellos imperialismos, concretamente del británico (el más depredador de todos), que se formó un entramado político-mediático-académico exigiendo para la «nación judía» su «pequeño imperio». En 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el ministro de Exteriores británico Arthur Balfour emite una declaración que envía al patriarca de los Rothschild, una familia que combina el poder financiero con la promoción de la causa sionista. La declaración recoge el compromiso del Imperio británico de establecer un «hogar judío» en Palestina, por aquel entonces un territorio del Imperio turco-otomano, habitado por una importante minoría judía (el «yishuv»). Lo cierto es que la diplomacia británica buscaba obtener cualquier apoyo posible para derrotar al enemigo otomano y cuartear su territorio —como previamente había hecho con el Imperio español—. Con ese fin, le prometió territorio otomano a los judíos, como también se lo prometió a los árabes y a los franceses.
Pero el compromiso se hizo firme cuando la Sociedad de Naciones (antepasado de la ONU, igual de fallida e igual de controlada por sus potencias fundadoras) otorgó en 1923 a los británicos el mandato de gestionar el territorio palestino (tras la desintegración otomana) y establecer allí el consabido «hogar judío». Desde ese momento, el proyecto sionista se desarrolla como un complemento periférico del imperialismo británico, que gestiona la compraventa de territorios y organiza el transporte de colonos (que incrementaron la población judía de decenas de miles a cientos de miles). Todavía en la actualidad, el Likud de Benjamin Netanyahu juega esta carta como un socio más de la CPAC occidental (Conferencia Política de Acción Conservadora), junto con el Partido Republicano de Donald Trump o el Vox de Santiago Abascal.
Pero a principios del siglo XX buena parte del antisemitismo europeo lo entendió todo al revés, afirmando que el «poder judío» estaba detrás del «poder anglosajón», cuando era el poder anglosajón quien estaba detrás del poder sionista (que no genéricamente «judío»). Sin embargo, los árabes palestinos tenían un conocimiento directo de la realidad, dirigiendo su ira en primer lugar contra las autoridades de la ocupación británica, antes que contra la población judía (que llevaba siglos habitando la región en mejores o peores condiciones, pero desde luego mejores que las que sufriría en Europa central y oriental).
Pero la situación de violencia entre británicos y palestinos cambiaría con la llegada de la Segunda Guerra Mundial: los anglos querían preservar el favor del mundo islámico, un área de interés para su Imperio, pero que estaba llena de simpatizantes con Alemania y el Eje. El Reino Unido necesitaba aquellos recursos y mano de obra para vencer, por lo que aflojó su compromiso con la causa sionista para no soliviantar a los pueblos árabes, limitando y regulando tanto las cuotas de migración judía a Palestina como las transacciones de propiedades. La curiosa consecuencia es que milicias sionistas —como el Lehi— dirigieron su violencia contra quienes habían sido sus antiguos benefactores británicos, haciéndolo en ocasiones en alianza, ¡con los nazi-fascistas!, a los que se ofreció ayudar a expulsar a los británicos de Oriente Próximo, a cambio de que Adolf Hitler se comprometiese a establecer el «hogar judío» a base de deportar a los judíos europeos a Palestina. Deberían conocer estas historias quienes hoy se sorprenden de las alianzas de Israel con la ultraderecha internacional.
Aquel conflicto entre británicos y sionistas enturbió los últimos años del mandato imperial sobre Palestina, pero un nuevo actor se convirtió en el promotor de la causa israelí: EEUU, que heredó la posición del Imperio británico en el mundo en casi todas sus facetas, se sintió también heredero de la misión del «hogar judío». Por aquel entonces, EEUU estaba construyendo su narrativa de vencedor absoluto en la Segunda Guerra Mundial (a la que entró tarde y con un sufrimiento muy inferior al de otros países, especialmente la URSS), por lo que los yanquis se dieron a sí mismos la misión cuasi mística de abanderar la memoria del Holocausto y la defensa de los supervivientes. El presidente Harry S. Truman ejerció toda su presión sobre el mandato británico para levantar cualquier restricción y reubicar inmediatamente allí a 100.000 judíos europeos. Esta «misión» llega a día de hoy hasta Donald Trump, que evoca —junto con Benjamin Netanyahu y los Abascal del mundo— la memoria de genocidios y guerras de agresión para justificar otros conflictos contemporáneos.
Fue a partir de aquel patrocinio estadounidense cuando se concretará en 1947 la existencia del Estado de Israel, protegida por un compromiso que atraviesa la geopolítica hasta nuestros días: la alianza militar entre el «pueblo elegido de la Antigüedad» (Israel) y el «pueblo elegido de la Modernidad» (EEUU). Lo que no está muy claro es en qué nivel de «elegibilidad» quedarán sus pobres socios de Europa o América del Sur.