Mejor un buen evangélico que un mal católico
«Al carecer de una autoridad central moderadora el mundo protestante es capaz de cualquier extremo: los hay muy fachas y los hay muy progres»

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Hace tres años alerté en un artículo del avance protestante-evangélico-pentecostal. Ahora que todo el mundo anda preocupado por ello, debo decir que me preocupa más bien poco. ¡Siempre a destiempo! Quizás sea porque desde 2023 a 2026 he asistido con perplejidad a cómo muchos de «los míos», los católicos, celebraban el triunfo de Trump y glorificaban las andanzas por medio mundo de sus mascotas más bien anticristianas (desde Milei en Argentina hasta Netanyahu en Israel, pasando por Vox en España). He visto a «los míos» celebrar tal Gobierno por estar el «vicepresidente católico Vance», número dos de una administración que amenaza con el exterminio nuclear y justifica —cuando no celebra abiertamente— desde la humillación hasta la ejecución de los pobres del mundo hispano, sea en sus calles o en el Caribe. ¡Todo sea por oposición a «lo woke»!
He visto a «los míos» —todo sea por oposición al «islamismo»— justificar —cuando no celebrar veladamente— la guerra de aniquilación —incluso el genocidio, dicen muchos— de Israel contra grupos árabes —incluyendo cristianos, ¡todo en nombre de la «alianza judeocristiana»!—. He visto a «los míos» callar sobre el capitalismo tardío, cuando no compadrear con liberales y libertarios —todo sea por oposición al «socialcomunismo»— en uno de los peores momentos históricos de precariedad juvenil, desigualdad y crisis de la vivienda —donde el Estado tendrá mucha culpa, sí, pero cuyo núcleo es el «imperialismo internacional del dinero» que decía el papa Pío XI—.
El peligro evangélico del que yo alerté hace tres años tenía que ver con el «evangelio de la prosperidad» (la idea de un «Dios capitalista» que ama a los ricos y culpa a los pobres de su miseria) y con el «cristianismo sionista» que ve en EEUU el «pueblo elegido de la Modernidad» en alianza geopolítica con el Estado de Israel como «pueblo elegido de la Antigüedad». Pero si tantos católicos van a moverse hacia el liberalismo económico y hacia el «occidentalismo» geopolítico, ¿qué amenaza nos traen los evangélicos que no nos haya traído ya esta derecha que se finge católica?
En estos tres años, quienes más nos han fallado no han sido obispos ni papas —cosa curiosa, pues suele ser «la élite» la primera en descomponerse, al menos en organizaciones que no guía el Espíritu Santo—, sino muchos católicos de más abajo: en los medios de comunicación, en las redes sociales, en la política. Especialmente los que se dicen más conservadores y aquellos otros llamados «tradicionalistas», que con tal nombre —imaginaría uno— debieran estar más cerca del primer cristianismo, pero que en realidad buscan una imitación de la Iglesia que surgió del Concilio de Trento (siglo XVI en adelante) hasta el Concilio Vaticano I (1868). Son tradicionalistas de esa Iglesia y nada más. Lo anterior seguramente era de hippies —esto no lo dicen— y lo posterior es de «progres» —esto sí lo dicen—.
Ciertamente, España no se equivocó de Dios en Trento —como cree otra derecha liberal—, pero sí se desarrolló en aquellos siglos un vicio dentro del catolicismo: construirse a la contra del protestantismo. Es verdad que merecían mucha réplica los protestantes, y es verdad que «pensar es siempre pensar contra alguien», pero hay un gran peligro en querer ser antítesis hasta quedarse sin tesis ni síntesis. Si los protestantes se ceñían ceñudamente a la Biblia, aquel catolicismo desaconsejaba poseer Biblias y leerlas. Si los protestantes se desentendían de la jerarquía romana, aquel catolicismo exaltaba lo vertical hasta el punto de lo militar, elemento horrible que tanta gente tuvo que sufrir y que a tantos alejó de la fe (su último episodio: el nacionalcatolicismo en España). Si los protestantes renegaban de las imágenes, se exacerbaba el culto a lo simbólico hasta correr el riesgo de que el mensaje interior de amor quede opacado por apariencias externas de latinajos y sotanas y palios, traicionando el mensaje de un Jesús que en su vida terrena aborreció tales formalismos farisaicos.
No es que fueran aquellos unos «siglos oscuros del catolicismo», como diría la Leyenda Negra elaborada en Europa, pero la «luz de Trento» tenía sus sombras. Me quedo con Francisco y León, por mucho que horroricen a la «derechona catolicona» —o quizás precisamente por ello—, que les trata de papas «politizados» pero a la vez «moderaditos», «homosexualistas», «migracionistas», «de adorar la Pacha Mama y bendecir bloques de hielo». ¿Qué ofensa contra nuestra Iglesia debemos temer del protestantismo evangélico antipapista y antirromano, que no hagan y digan ya nuestros «tradis» católicos? La «protestantización del catolicismo», ¿no es precisamente la que hacen estos «tradis» que, como Lutero en su día, se dicen portadores de la verdad frente a una «Iglesia corrupta», y capaces de discernir la verdadera religión de la falsa?
A mí no me interesa nada este catolicismo «anti»: antiprotestante entonces, como era antiislámico y se hizo anticomunista. Este es el catolicismo «ideológico» y «antagonista» que sí interesa a cierta «derechona catolicona» y —curiosamente— también a ateos de inspiración cultural cristiana (que van desde Gustavo Bueno hasta Richard Dawkins). Frente a ellos, me siento más cercano al musulmán —como C. S. Lewis en Mero cristianismo— y al socialista —como Chesterton en La utopía capitalista— y, por supuesto, al protestante. Un buen evangélico —que cumple lo mejor posible con el mensaje de amor del Dios del Nuevo Testamento— es mejor que el mal católico que lo traiciona. Esto es pura doctrina bíblica: quien se reúna sinceramente en nombre de Cristo está con Cristo [Mateo 18:20], mientras que muchos que clamen su nombre, pero no hagan sus obras, serán desconocidos para él [Mateo 7:21].
De hecho —y aquí rozaré la herejía a ojos de algunos—, frente al tradi que afirma que no hay ninguna salvación fuera de la Iglesia —ni siquiera en la Iglesia «progre» de ahora, sino en la anclada en aquellos siglos pasados—, yo me siento mucho más cercano a protestantes que creen en «cristianos anónimos»: no creyentes que se salvarán porque actuaron a través del amor —que, repito, es el Dios del Nuevo Testamento—. O como los anglicanos, que entienden que las distintas iglesias son ramas de una misma Iglesia celestial, donde —en palabras del teólogo Paul Evdokimov— los católicos aportamos la legítima obediencia a la autoridad, los ortodoxos la libertad mística de la comunidad y los protestantes el amor por la palabra bíblica escrita.
Al carecer de una autoridad central moderadora (como es nuestro Papa), el mundo protestante es capaz de cualquier extremo: los hay muy fachas (y son muy parecidos a los fachas «católicos» que tanto les odian) y los hay muy progres, los hay que en su día impulsaron «el espíritu del capitalismo» y los hay que fueron fundamentales en la creación de un socialismo cristiano (desde tiempos de Thomas Müntzer), los hay que fueron cómplices de Hitler y los hay que estuvieron en primera línea de resistencia con la «Iglesia confesora» de Bonhoeffer, los que hoy erigen una estatua a Donald Trump como un «becerro de oro» y los hay que señalan a Trump como un pequeño anticristo. Nuestra labor como católicos no es regresar a las pasadas guerras de religión —que fueron, por cierto, una farsa al servicio del Estado moderno—, sino estar junto con los evangélicos buenos en la guerra de nuestro tiempo, que no es contra principados germanos ni sultanatos ni soviets, sino contra los mercaderes del templo y los celotas de la guerra, contra principados y potestades y gobernadores de las tinieblas de este siglo.