The Objective
Jasiel-Paris Álvarez

La extraña muerte del carlismo

«Los sucesos de Montejurra de 1976 son una memoria histórica que no encaja en la Ley de Memoria Histórica de Zapatero ni en la de Memoria Democrática de Sánchez»

Opinión
La extraña muerte del carlismo

Imagen generada con IA.

Hay memorias históricas incómodas. Los sucesos de Montejurra de 1976 son una de ellas. Memorias que no encajan en el catecismo oficial de ningún bando, ni en la Ley de Memoria Histórica de Zapatero ni en la de Memoria Democrática de Sánchez, ni en los esquemas preconcebidos de «víctimas republicanas» del franquismo. Pero tampoco encajan en los martirologios del otro bando, los hotros, dispuestos a honrar a los requetés muertos por la cruzada, pero guardando silencio sobre aquellos carlistas atacados, heridos e incluso asesinados cuando el movimiento ya no interesaba al sistema, que estaba transicionando del franquismo al régimen del 78.

Montejurra 1976 fue el Calvario y el Gólgota del antiquísimo movimiento carlista y es el pecado original de la novísima «monarquía-parlamentaria-democrática-de partidos» que nos hemos dado. No fue una mera reyerta entre facciones carlistas ni una «pelea entre hermanos», sino una operación de guerra sucia y terrorismo de Estado. Hoy sabemos que el aparato gubernamental de Manuel Fraga, entonces ministro de la Gobernación, financió y organizó el desplazamiento de cientos de personas, bien provistos de garrotas y de boinas rojas como disfraz. El «tradicionalismo» como farsa. 

Aquella llamada «Operación Reconquista» no consistía en reconquistar nada, sino en amedrentar y agredir a chavales en una montaña navarra para neutralizar la única oposición monárquica popular y organizada que sobrevivía con cierta legitimidad en el tardofranquismo. Porque conviene recordarlo: el Partido Carlista era entonces una oposición real al franquismo terminal. No venía de fuera ni podía ser caricaturizado como un injerto extranjero. Era una disidencia nacida desde las propias entrañas de la tradición española. Mientras el franquismo agonizaba entre tecnócratas y oligarcas, el carlismo disputaba algo mucho más peligroso que un Gobierno: disputaba el significado mismo de la tradición.

Aquel carlismo renovado que estaba emergiendo no proponía una reforma cosmética del régimen, sino otra España posible: una comunidad de comunidades, una monarquía social, foral y participativa donde la Corona no fuese jerarquía vertical, sino símbolo arbitral de un orden nacido desde abajo. No era ruptura con la tradición, sino continuidad profunda llevada a sus consecuencias revolucionarias. De «Dios, Patria, Fueros y Rey» a «Libertad, Socialismo, Federalismo y Autogestión» no había traición, sino un cierto desarrollo lógico. El socialismo autogestionario que abrazó el carlismo conectaba con la doctrina social cristiana, con cooperativismos como Mondragón, con el distributismo de Chesterton, con una tradición comunal hispánica anterior al liberalismo y al marxismo.

Los reaccionarios nunca lo entendieron —porque confunden tradición con liturgia muerta y obediencia al poderoso—, pero la tradición verdadera siempre fue servicio al débil. Por eso el Estado necesitó fabricar una alternativa artificial: Sixto de Borbón y una «Comunión Tradicionalista» sostenida por aparatos de inteligencia estatal y mercenarios internacionales. Allí estuvieron personajes luego vinculados al GAL y a las redes Gladio: Jean-Pierre Cherid, Stefano Delle Chiaie, Carlo Cicuttini, elementos de la Triple A argentina y de otras cloacas de la alianza euro-atlántica. No era de extrañar: a comienzos de mayo de 1976, el «príncipe obrero» Carlos Hugo se manifestaba públicamente contra la adhesión de España a la OTAN y contra la presencia de bases americanas, en pro de una España no alineada.

Imagínense el cuadro: mercenarios extranjeros financiados para defender una supuesta pureza patriótica. «Cruzados de la fe» apoyados por ultraderechistas de la Triple A que habían asesinado curas obreros. Supuestos paladines contra «la masonería» respaldados por redes masónicas: la famosa logia anticomunista P2. El ridículo moral era absoluto. También el militar: con toda su fanfarria, fueron incapaces de detener la subida popular al monte. Retrocedieron, huyeron, se atrincheraron, agredieron mujeres y niños, dispararon contra una procesión religiosa y profanaron objetos litúrgicos despeñándolos por la ladera. Cuando intentaron imponer por megafonía la voz de Sixto, la multitud respondió coreando «Carlos Hugo». No vieron otra salida que disparar, causando la muerte de dos simpatizantes del carlismo: Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos, que solo en 2003 lograron ser reconocidos por la Audiencia Nacional como víctimas del terrorismo. Y hace apenas unas semanas, el Parlamento navarro los reconoció como víctimas del terrorismo de Estado, mientras unos se abstenían y otros se ausentaban. De aquellos polvos, estos lodos. Ahí estaba ya todo in nuce: las «policías patrióticas», el lawfare, la manipulación mediática, la polarización y los extremismos hábilmente utilizados por el propio poder, las estrategias de desmovilización popular… Montejurra fue el laboratorio y el carlismo fue el sujeto experimental y la víctima propiciatoria. Hoy el carlismo tradicionalista-integrista más rancio se pudre en decrepitud metafórica y física; también languidece el otro carlismo herido de muerte en Montejurra por atreverse a decirse socialista, pero al menos dejó una intuición fértil: que España podía haber sido otra cosa; que toda tradición que sirve al poderoso degenerará en barbarie, mientras que toda revolución digna ha de hundir sus raíces en alguna memoria antigua de justicia.

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