The Objective
Gabriel Tortella

Divide y vencerás... destruyendo

«La paz, la concordia y el diálogo político no convienen a Donald Trump y Pedro Sánchez, políticos mediocres, que nada tienen que ofrecer si no es odio y rencor»

Opinión
Divide y vencerás… destruyendo

Imagen creada con inteligencia artificial.

Los paralelos entre Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, son tan grandes (prescindiendo de las apariencias exteriores, corpulento y rubicundo uno, espigado y moreno el otro, brusco y sin modales el uno, impostado y falso el otro, con unos 30 años de diferencia en edad en favor de Sánchez) que no sólo sorprenden, sino que me parecen corroborar mi tan repetida afirmación de que hoy la dicotomía izquierda-derecha ha dejado de tener sentido y confunde más que aclara. Y que, además, es muy destructiva. Veamos.

Aunque convencionalmente se considere a Trump como el prototipo de la extrema derecha y a Sánchez como el de la extrema izquierda, la distinción es más retórica que real.

¿Qué tienen en común? En primer lugar, ambos son ególatras y están preocupados por lo que la historia dirá de ellos, como Sánchez le dijo a Máxim Huerta cuando éste era aún ministro. Trump, por su parte, hasta quiere eternizarse firmando en los billetes de banco y construyendo un salón de baile junto a la Casa Blanca que es casi más grande que la propia residencia presidencial. Pero Trump, como Sánchez (en todo se tienen que parecer), se ha topado con los jueces, que han paralizado la obra.

A ambos les parece que lo que es intolerable en la oposición es perfectamente legítimo para ellos. Sánchez creía que la corrupción del PP exigía la dimisión de Rajoy, pero dice en cambio que la corrupción de Abalos y compañía, incluso la de su esposa o su hermano, son casos aislados que a él no le afectan. Lo mismo ocurre con el presupuesto: el que Rajoy tuviera que prorrogarlo un año exigía su dimisión; el que Sánchez lleve tres años prorrogándolo carece de importancia.

Trump, después de decir repetidamente que odia a la oposición y en particular a los expresidentes demócratas, se lamenta de que los del Partido Demócrata le odien a él. Por todas partes ve odio izquierdista, como Sánchez ve odio derechista. Pero el odio izquierdista le parece a Sánchez totalmente justificado. Y en su virtud propone la construcción de un muro (o muralla china) en medio de España para excluir a la «derecha».

«Trump y Sánchez se están comportando del mismo modo ante la perspectiva de verse abocados a perder el poder»

En tercer lugar, ambos son falsos demócratas. Han llegado al poder democráticamente, pero eso no quiere decir que sean demócratas sinceros. Ni Hitler, ni Mussolini, ni Putin, ni Erdogan fueron o son demócratas; y, sin embargo, llegaron al poder democráticamente. Eso sí, una vez en él, pusieron todos los medios a su alcance, que eran muchos, muy poderosos, y muy poco democráticos, para mantenerse en el poder indefinidamente.

Pues bien, el mismo parece claramente ser el caso de Trump y Sánchez. Ambos se están comportando del mismo modo ante la perspectiva de verse abocados a perder el poder. Naturalmente, se trata de países muy diferentes en uno y otro caso, pero los principios son los mismos (resistir a toda costa) y los métodos muy parecidos (trampas y engaños). Trump tiene limitada su estancia en el poder por la Constitución norteamericana, que, en su enmienda 22, establece que nadie puede ser elegido presidente más de dos veces.

Por desgracia, los padres de la Constitución española en vigor no previeron la posibilidad de que un aventurero desaprensivo aspirase a ser reelegido indefinidamente al puesto del presidente del gobierno, incluso teniendo a la mayoría del electorado en contra. Cierto que, en un régimen parlamentario, como es el español (el de Estados Unidos es presidencialista), es difícil limitar el número de veces que un político puede ser elegido para el cargo de presidente del gobierno. Pero hubiera sido muy sencillo incluir un artículo que dijera que nadie podría desempeñar ese cargo durante más de ocho años, seguidos o intermitentes, y España se hubiera librado de los penosos episodios de corrupción y pucherazo que el futuro le depara hoy.

En cuanto a Trump, sabemos que, nada más ser reelegido, trató de informarse bien acerca de la vigencia de la enmienda 22 y de la posibilidad de derogarla o sortearla de algún modo. Evidentemente, se le hizo ver que, sin un golpe de Estado, es difícil y complejo modificar la Constitución americana y que, sobre todo, se requieren muchos años para enmendar una enmienda, como se requieren muchos años para añadir una. Da la impresión de que Trump se ha resignado a regañadientes a tener tasado el tiempo que le queda en el poder, aunque con un político como él, cualquier disparate parece posible.

«Trump está recurriendo a modificar los distritos electorales de manera que se favorezca al Partido Republicano»

Para compensar, Trump se dedica entonces a tratar de controlar las ya cercanas elecciones parciales, conocidas como midterms, previstas para este noviembre. Aunque estas elecciones no afectan directamente a la presidencia, sí pueden afectar, y mucho, al modo en que ésta funcione durante los dos años de mandato que le quedarán a Trump tras las midterms. Si, como parece muy probable, los republicanos pierden la mayoría en una o dos de las cámaras, a Trump le va a ser muy difícil continuar con su programa, e incluso puede verse enzarzado de nuevo en una querella legal para evitar ser impugnado (proceso de impeachement) como ya la sufrió durante su primer mandato.

Ante la perspectiva, Trump ha dicho que estas elecciones no debieran celebrarse, o que, en todo caso, debieran estar controladas por el Estado federal en lugar de por los Estados federados, siendo esto lo que manda la Constitución. Como último subterfugio, Trump está recurriendo a modificar los distritos electorales de manera que se favorezca al Partido Republicano (viejo truco en la política norteamericana que se conoce con el nombre de gerrymandering, en memoria del gobernador Gerry, de Massachusetts, que lo inventó a principios del siglo XIX).

En España, en cambio, las elecciones parciales no le interesan a Sánchez porque no le atañen directamente y además porque no las puede controlar. Pierde una tras otra como quien oye llover. Él está dedicado a las generales, que son las que pueden permitirle eternizarse en la Moncloa. Y mientras Trump modifica los distritos en USA, Sánchez importa millones de extranjeros ilegales (y por lo tanto delincuentes), para concederles la ciudadanía española, y con ella el sufragio, calculando que estos recién llegados le devolverán el favor votándole masivamente.

Como puede verse, mismos trucos e idénticas trampas a ambos extremos del espectro político, que es un espectro muy espectral, porque no se le ve por ningún lado. Izquierda y derecha son los mismos perros con diferentes collares. Como diría Pedro Muñoz Seca, el inmortal autor de La venganza de don Mendo, «los extremeños se tocan». Es el título de otra obra suya; se diría que estaba intuyendo a Trump y a Sánchez.

«Hasta en Venezuela coinciden estos pretendidos rivales: ambos han resultado ser muy amigos de la simpar Delcy Rodríguez»

Hasta en el tratamiento de Venezuela coinciden estos pretendidos rivales: ambos han resultado ser muy amigos de la simpar Delcy Rodríguez, la mujer de las mil caras, todas muy duras. Ni a Trump ni a Sánchez les importa un pito la democracia en Venezuela y que los venezolanos sean encarcelados y torturados, o se mueran de hambre mientras una élite mayormente militar roba a manos llenas y se prepara el retiro en pisos de lujo en Madrid o en Miami, a la sombra de sus amigos Trump y Sánchez, a los que lo único que de verdad les interesa de Venezuela es el petróleo. Otro punto en común.

Ellos, por su parte, han cosechado votos, y tratan de seguirlos cosechando, por medio de la denuncia y la descalificación de sus adversarios políticos, para Trump comunistas y ateos (él no parece precisamente un santo), para Sánchez fachosfera, reaccionarios, franquistas y extrema derecha (él, que, en realidad, carece totalmente de principios políticos). Ambos son practicantes acérrimos del «divide y vencerás», creando enfrentamiento y odio entre derecha e izquierda precisamente en sociedades donde estas lacras estaban desapareciendo por razones muy lógicas.

Como sociedades desarrolladas, tanto Estados Unidos como España disfrutan de un alto nivel de vida y la mayoría de la población es clase media; las tensiones de clase y desigualdad se han moderado mucho, y la política ha perdido la crispación de otros tiempos. Pero la paz, la concordia y el diálogo político no convienen a estos políticos mediocres, que nada tienen que ofrecer si no es odio y rencor. Por eso ambos venden una mercancía política envenenada y destruyen la convivencia para mantenerse en el poder. Tontos seremos si caemos en sus trampas.

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