The Objective
Gabriel Tortella

Impulsando la ONDA democrática

«La existencia de una Organización de Naciones Democráticas Asociadas contribuiría a la paz en el mundo, y no a acentuar las tensiones»

Opinión
Impulsando la ONDA democrática

Ilustración generada mediante IA.

En mi anterior artículo en estas mismas páginas (Democracia y dictadura) planteaba el problema que encierra la coexistencia en la palestra internacional de naciones democráticas y naciones dictatoriales, y señalaba que las dos guerras calientes de nuestros días (Ucrania e Irán) eran muestras más que palpables de los peligros y amenazas que tal convivencia trae consigo. La razón de estas peligrosas fricciones radica en que ambos modelos de regímenes políticos son naturalmente hostiles entre sí; y, aunque, en principio, superficial e ingenuamente, podría pensarse que tal convivencia es posible, e incluso deseable, en realidad no es así, por una razón muy simple. Las sociedades que componen esas naciones son entes vivos y mutables, sujetos a evoluciones e incluso a revoluciones: las democracias pueden suicidarse y degenerar en dictaduras, y los pueblos sometidos a dictaduras pueden tratar de rebelarse y buscar el apoyo de las democracias para librarse del yugo dictatorial. Las tensiones entre ambos sistemas tienen forzosamente que ser constantes.

Si prestamos un poco de atención a la situación internacional, observaremos que esto es exactamente así. En el seno de la Europa democrática aparecen Gobiernos que simpatizan con la dictadura rusa, por ejemplo (como Hungría y Eslovaquia), o Gobiernos que muestran gran afinidad con las dictaduras izquierdistas o comunistoides, las de Cuba y Venezuela, por ejemplo (como Sánchez en España), en tanto que en el mundo musulmán hay frecuentes revueltas contra los Gobiernos teocráticos o militares, como la reciente (hace unos meses) en Irán, o la pasada Primavera Árabe, iniciada en Túnez en 2010, y que se extendió como una mancha de aceite por el norte de África y Oriente Próximo.

En resumen, ambos conjuntos, las democracias y las dictaduras, están en continua evolución, lo cual aboca a frecuentes fricciones que pueden fácilmente dar lugar a conflictos armados, como está ocurriendo ahora mismo.

Esta continua amenaza de inestabilidad y violencia debe preocupar sobre todo a los demócratas, porque las democracias son más susceptibles de subversión y cambio, por ser sociedades abiertas y libres, donde, en principio, todos los ciudadanos son, efectivamente, libres e iguales, y donde el Gobierno se somete periódicamente al juicio de la ciudadanía en un ambiente de libertad en el que los gobernantes están sujetos siempre a exámenes críticos y a la inspección de unos medios de comunicación interesados en descubrir los secretos más recónditos.

Estas grandes virtudes de las democracias contribuyen, sin embargo, a hacerlas muy vulnerables y frágiles, mucho más que las dictaduras, donde los medios están amordazados y el Gobierno tiene el monopolio de la «verdad», como la tenía el de Franco, cuyo ministro de Información aireó en su día la consigna de «Libertad para la verdad, pero no para el error» (iba implícito que quien decidía qué era verdad y qué error era el propio Gobierno). Observemos de pasada que a este mismo monopolio sobre la «verdad», de tufillo palmariamente franquista, aspira el Gobierno de Sánchez, con su impresentable Comisión de la Verdad, para cuya presidencia (sólo aquí ha acertado el Gobierno) ha designado a un exjuez contumazmente prevaricador, el tristemente célebre Baltasar Garzón Real.

«Por autoritario e imprevisible que sea, Trump se ve influido por la opinión del pueblo norteamericano»

La guerra de Irán nos ilustra acerca de la debilidad de las democracias frente a las dictaduras. Pese a la diferencia de poder militar entre Estados Unidos e Irán, el segundo, mucho más débil, tiene en jaque al más fuerte (a pesar de contar América, además, con un aliado como Israel, también muy fuerte) porque, por autoritario e imprevisible que sea, Trump se ve influido por la opinión del pueblo norteamericano y tiene en cuenta las perspectivas de las próximas elecciones parciales (consideración que sin duda ha movido a Trump a olvidar sus amenazas apocalípticas y proclamar un alto el fuego), cuestiones que en nada preocupan al Gobierno autocrático de los ayatolás.

En otros artículos traté acerca del problema de la fragilidad de las democracias y de la conveniencia de recortar algunas de sus libertades para reforzarlas frente a sus enemigos interiores. Ahora querría proponer algún medio de protección para defender a las democracias de sus enemigos exteriores.

Alguien podría decir que para defender la democracia y la legalidad internacional ya están las Naciones Unidas, pero esto no se puede decir seriamente; no es admisible más que en broma. Todos sabemos que la Organización de Naciones Unidas (ONU) es uno de los mayores fiascos de la política internacional de los países aliados tras la Segunda Guerra Mundial. Otras instituciones y planes de la época fueron éxitos admirables o, cuando menos, respetables, como el Plan Marshall, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización del Tratado del Atlántico Norte (más conocida como OTAN). Pero la ONU ha sido un solemne fracaso en las materias importantes de política internacional, y ello ha sido por las mismas razones que la mezcla en la palestra internacional de naciones churras con naciones merinas (es decir, dictaduras con democracias) plantea los graves problemas que acabo de exponer: demasiada heterogeneidad e incompatibilidad de intereses entre unos grupos y otros.

Se podría también alegar que la OTAN, y otros pactos colectivos regionales de defensa, ya constituyen un escudo para los países democráticos y, hasta cierto punto, es cierto. Pero la OTAN (como los partidos de izquierda, por cierto) es víctima de su propio éxito y necesita un replanteamiento a fondo. Además, es un pacto de defensa mutua en caso de agresión externa a uno de los Estados miembros; por eso precisamente están fuera de lugar las recientes reclamaciones de Donald Trump exigiendo la ayuda de los países de la OTAN en la guerra de Irán, en la cual los Estados Unidos e Israel no se están defendiendo, sino atacando.

«Para autentificar el carácter defensivo de los bombardeos sobre Irán, EEUU hubiera debido consultar previamente con la OTAN»

Cierto que estas potencias afirman que, al atacar las instalaciones de energía atómica de Irán, están evitando que este país llegue a poseer armas atómicas; pero este argumento ya se utilizó hace unos nueve meses para justificar unos bombardeos muy violentos sobre instalaciones de esta naturaleza en ese mismo país y, en definitiva, el carácter defensivo del ataque a Irán no ha quedado claramente establecido. Para autentificar el carácter defensivo de los bombardeos sobre Irán, Estados Unidos hubiera debido consultar previamente con la OTAN, demostrando convincentemente el carácter preventivo-defensivo de los bombardeos e incluso solicitando el apoyo y el asesoramiento de la agencia internacional, cosa que no hizo.

En todo caso, lo que yo aquí propongo es que se cree una organización internacional de países democráticos, que podría titularse, por ejemplo, Organización de Naciones Democráticas Asociadas (ONDA). El organismo inicial y fundamental de la ONDA sería un Instituto de Estudios Democráticos (IED) que comenzaría por definir con rigor qué es hoy la democracia, y cómo pueden deslindarse los países democráticos de los que no lo son. Los varios índices de democracia que circulan por las redes, como el de The Economist, por ejemplo, son muy burdos e inexactos. Podrían tomarse como punto de partida, pero el IED debiera producir índices mucho más depurados.

La calidad de los índices del IED sería fundamental, porque en ellos estaría basada la pertenencia a la ONDA de las naciones que así lo solicitaran. Estos índices, y los informes anejos, se publicarían anualmente, y servirían de base no sólo para juzgar las nuevas solicitudes de pertenencia, sino también para motivar la baja de las naciones miembros que perdieran el nivel mínimo necesario de calidad democrática exigido para ser miembro de la organización. Antes de producirse la baja, cuando se observara que el índice de calidad democrática de una nación descendía, se le presentarían mociones de advertencia y apercibimiento.

Así, por ejemplo, la España de Sánchez, es decir, su Gobierno, habría sido objeto de tales advertencias por diversos motivos: su decisión de gobernar en minoría y sin capacidad de aprobar un presupuesto durante toda una legislatura, su práctica de nombrar a sus ministros salientes o políticos afines para puestos directivos en organismos tales como el Banco de España, el Tribunal Constitucional, el Centro de Investigaciones Sociológicas, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef), etc., que requieren una total independencia, su colonización de empresas grandes privadas y semipúblicas, sus amenazas a los jueces independientes y a la prensa libre, su intención públicamente manifestada de gobernar y, de hecho, legislar, sin las Cortes, y de poner cortapisas a la independencia judicial, etc. Y, ciertamente, no sería el de España el único Gobierno que sería objeto de apercibimiento en las actuales circunstancias.

«La ONDA tendría también una rama militar que quizá pudiera estar basada en una OTAN reconvertida»

El campo de estudio de la IED no estaría limitado a los países democráticos, sino que abarcaría también a los no democráticos, cuyos índices de calidad democrática estarán por debajo del mínimo exigido para ser miembro de la ONDA, pero que también variarían según la política que siguieran sus Gobiernos y que, en caso de llegar a superar el mínimo exigido, podrían aspirar a formar parte de la organización, abandonando así su carácter dictatorial.

La ONDA tendría también una rama militar que quizá pudiera estar basada en una OTAN reconvertida; esta organización militar no sería exclusivamente defensiva, como la OTAN es hoy, sino que podría realizar operaciones preventivas en países que violaran de manera flagrante los principios elementales de convivencia, como el respeto a los compromisos adquiridos y los tratados firmados, las acciones o prácticas contra los derechos humanos más elementales, tales como el canibalismo, la esclavitud, la piratería, el tráfico de drogas o de personas en gran escala, y la violencia o la represión contra la propia población, también en gran escala.

No voy a entrar aquí en más detalles organizativos de un ente hipotético cuya existencia es hoy y, por desgracia, lo será durante muchos años, problemática. Sólo quisiera subrayar que la existencia de una institución como la ONDA contribuiría a la paz en el mundo, y no a acentuar las tensiones, como algunos quizá aleguen. Recordemos que la firmeza de los países democráticos y la existencia de instituciones como la OTAN, la Unión Europea, y otras similares en Asia y en América, permitieron, durante la segunda mitad del siglo pasado, hacer frente a las dictaduras comunistas, infundiendo respeto hacia la democracia y la economía de mercado (matizada por la función asistencial pública) y contribuyeron a la duración de la paz armada que fue la Guerra Fría. La unión y la solidaridad de las democracias constituyeron un gran baluarte de la paz en el pasado, y deben volver a constituirlo en el futuro.

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