The Objective
Gabriel Tortella

La 'trumpa' del elefante en la cacharrería democrática

«Trump ha destrozado en muy corto tiempo todo un edificio de confianzas mutuas entre un grupo de naciones democráticas que había costado mucho crear»

Opinión
La ‘trumpa’ del elefante en la cacharrería democrática

Ilustración de Alejandra Svriz.

Estados Unidos ha tenido presidentes de todo pelaje y condición, desde honrados y competentes a mendaces e ineptos, desde brillantes a grises. Lo que no ha tenido nunca es una presidenta; ni tampoco había tenido nunca un presidente como Donald Trump, por lo extravagante, arbitrario, fanfarrón, vanidoso, ignorante y carente de sentido del ridículo, amén de lo dudoso de su integridad ética. Bien se ve que no estoy entre sus admiradores —que los hay, lo sé—; pero lo que más me sorprende de él es su desprecio absoluto por los principios más elementales de la democracia.

Por ejemplo, incluso su intervención —que muchos han aplaudido como ataque a una dictadura—, como fue el secuestro, deportación y enjuiciamiento del dictador venezolano Nicolás Maduro, no me parece tener un carácter claramente democrático. La larga y cruel dictadura de Chávez y Maduro ha tenido valientes opositores; pero hace ya muchos años que una mujer, intrépida y hábil política, María Corina Machado, recientemente galardonada con el premio Nobel de la Paz, encarna y encabeza lo mejor de la oposición democrática a la dictadura venezolana. Hubiera sido obligado en un presidente consecuentemente defensor de la democracia el haber contado con María Corina en la operación de desposesión de Maduro, aunque no hubiera sido más que como asesora.

Nada de esto parece habérsele pasado por la cabeza a Trump. Al contrario, ha decidido contar, para un cambio de régimen en Venezuela, con la vicepresidenta de ese mismo régimen, el del derrocado Maduro, con la gran amiga del sanchismo, y no precisamente de la democracia, Delcy Rodríguez. En realidad, no parece que Trump haya manifestado claramente que su objetivo en la operación contra Maduro fuera la restauración de la democracia; ha hablado mucho de petróleo, pero no recuerdo que se haya referido en ningún momento al gobierno del pueblo. En cambio, aprovechó la ocasión para denigrar a Machado, afirmando, contra toda evidencia, que no cuenta con apoyo popular en Venezuela. 

Tanto Trump como su vicepresidente han manifestado varias veces que están mucho más cerca, y más de acuerdo, con el ruso Vladímir Putin, otro dictador sanguinario, y abiertamente opuesto a la democracia occidental, que con las democracias europeas, las cuales, hasta la llegada de Trump a la presidencia, venían siendo los más fieles aliados de Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, e incluso desde la Primera. También se ha manifestado Trump repetidamente como enemigo de la Unión Europea, afirmando, de nuevo contra toda evidencia, que esta se fundó con la intención de perjudicar a los Estados Unidos.

Durante su primer mandato, Trump también se mostró muy amistoso con otro dictador sanguinario, Kim Jong Un, de Corea del Norte. La única gran dictadura con la que Trump no se había mostrado simpatizante, sino más bien hostil, ha sido la china; pero esto ha cambiado durante la reciente visita del presidente estadounidense al autócrata Xi Jinping, donde casi le rindió pleitesía y le mostró admiración. Una caricatura de El Mundo resumía esto sintéticamente: en ella se veía a Trump decir a su anfitrión chino: «Tiene usted un régimen autoritario, con una prensa amordazada, la judicatura controlada y sin libertad de oposición… ¡Qué envidia me da!». Por desgracia, la sátira reflejaba adecuadamente la realidad.

«Trump ha dicho más de una vez que si perdía las elecciones sería porque se había hecho trampa»

Es una triste paradoja comprobar que la nación que históricamente se había erigido en paladín universal de la democracia haya elegido por dos veces a un presidente que no solo compadrea con dictadores y se enfrenta a los que son sus anteriores aliados y fieles a los principios de la democracia, sino que pone en cuestión instituciones tan básicas como el sistema electoral de su propio país, al que, entre otras cosas, debe el cargo que ocupa. Cuesta creerlo, pero Trump ha dicho más de una vez que si perdía las elecciones sería porque se había hecho trampa y así lo remachó tras perder las de 2020.

No olvidemos tampoco su falta de respeto por las normas y las formas que, al fin y al cabo, son fundamentales en democracia. Apelar a la voluntad popular sin respeto a las normas a través de las cuales se expresa y verifica esa voluntad popular es propio del populismo, que es la versión contemporánea de la demagogia, que es, en esencia, engañar al pueblo. Si el lector necesita más explicación sobre la demagogia, pregunte a Pedro Sánchez, que es otro maestro en la asignatura.

Volviendo a Trump, efectivamente, su comportamiento político ha sido el de un elefante en una cacharrería. Ha destrozado en muy corto tiempo todo un edificio de acuerdos y confianzas mutuas entre un grupo de naciones democráticas que había costado largos años de trabajo político y diplomático crear, mantener y perfeccionar. No cabe duda de que este edificio, trabajosamente construido por generaciones de políticos de distintas naciones y partidos, tenía serios defectos y necesitaba reformas y retoques. Pero era un edificio que contribuyó decisivamente al triunfo de la democracia en una larga Guerra Fría, que duró casi medio siglo y terminó con la autodestrucción del comunismo.

Por un momento, muchos creímos ingenuamente que el triunfo de la democracia en la Guerra Fría había sido tan indiscutible que se impondría al resto del mundo por la simple evidencia de los hechos. ¡Qué ilusos fuimos! Sabíamos que el ser humano es mucho menos racional de lo que él mismo cree, pero no pensamos que la irracionalidad llegara hasta los extremos que hemos contemplado durante el primer cuarto del siglo XXI. Vimos a los países que habían sido dictaduras comunistas abandonar el comunismo, pero aferrarse a la dictadura. Y vimos a los países democráticos cometer toda clase de insensateces y frivolidades (Brexit, Trump, woke, Orban, sanchismo, Alternativa para Alemania, peronismo, Morena, lepenismo, Syriza…). Hasta en economía vimos grandes disparates, como los que trajeron la Gran Recesión (2007-2014), en gran parte consecuencia de la soberbia y suficiencia de varios premios Nobel. Parecía como si, terminada la tensión de la Guerra Fría, todo valiera y los mayores dislates estuvieran permitidos.

«La equidad y el respeto al prójimo justifican la democracia, no su eficacia o la sencillez de su funcionamiento»

No es así, por supuesto. La democracia es un sistema basado en la ética; son la equidad y el respeto al prójimo los que la justifican, no su eficacia o la sencillez de su funcionamiento. En muchos aspectos, las autocracias o dictaduras presentan ocasionalmente grandes ventajas sobre la democracia por su simplicidad, disciplina y estructura jerárquica.

Pero el caso es que nos hallamos, en los comienzos del segundo cuarto del siglo XXI, en pleno desconcierto de los países que, por su nivel de desarrollo y su tradición democrática, están llamados a ser un ejemplo y ofrecer un camino para el resto de la Humanidad. En lugar de eso, resulta que el jefe del grupo ha renegado de sus responsabilidades, ha abandonado su papel de líder y amenaza no solo con romper sus compromisos, sino con pasarse al bando contrario. Tiene razón en alguna de sus críticas al status quo, como en lo relativo a la distribución asimétrica de los gastos de defensa, pero sus socios de la OTAN le han dado la razón y, con mayor o menor entusiasmo, se han aplicado a corregir el desequilibrio. Pero no parece que tal acuerdo haya contribuido a aplacar sus arrebatos.

Sea como fuere, el estropicio ya está consumado: el elefante ha hecho añicos la cacharrería y será muy difícil recomponerla, sobre todo porque la conducta errática del líder convertido en elefante loco ha destruido la confianza, que era la argamasa con la que había construido penosamente el «edificio de acuerdos y confianzas mutuas» que dio consistencia a la colaboración entre los países democráticos y favoreció su triunfo en la Guerra Fría. Por eso yo, modesta pero firmemente, insisto en la necesidad de construir un nuevo edificio internacional de naciones democráticas, dotado de un importantísimo Instituto de Estudios Democráticos, que agrupe y coordine las políticas de esas naciones. Sin esta ONDA, el mundo seguirá yendo política y económicamente a la deriva. Lleva así más de un cuarto de siglo y las consecuencias son alarmantes.

Publicidad