El valor de la moderación
«La moderación no debe confundirse con debilidad, ser moderado es oponerse a esas grandes y avasalladoras fuerzas extremistas que arrasan con la inteligencia»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Yo, si fuera ciudadano estadounidense, no habría votado a Trump en ninguna de las tres elecciones a las que se ha presentado. Tampoco habría votado al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Este personaje me parece un conjunto vacío. Esgrimiendo el Corán en su toma de posesión nos obliga a elegir entre si es un fanático peligroso o es, exclusivamente, un producto de marketing. Tiendo a creer que es esto último, sostenido con la cacharrería ideológica del fundamentalismo religioso y la extravagancia marxista de moda, mostrando una vez más la extraña simbiosis de religión e ideología que vemos también en Europa. Una presta la masa de «desheredados» y la otra la respetabilidad ideológica. Ni a uno ni a otro podría votar. Uno es la franquicia, tal vez crepuscular, de la extrema derecha, empeñada inútilmente en volver al pasado, y al otro lo quieren erigir en el símbolo de una «nueva izquierda» del siglo XXI, que no es más que la izquierda radical de siempre, pero disfrazada.
En contraste con el alcalde de la Gran Manzana, yo reivindico el Partido Demócrata que describe Mark Lilla cuando en su libro El regreso liberal recoge unas palabras de Edward Kennedy: «[…] Hay una diferencia entre ser un partido que se preocupa por las mujeres y ser el partido de las mujeres. Y podemos ser el partido que se preocupa por las minorías sin convertirnos en un partido de minorías. Ante todo, somos ciudadanos». Por otro lado, me temo que los republicanos juegan con el viento favorable, probablemente solo con un candidato que no se parezca a Trump: menos atrabiliario, menos excesivo en todo y menos contradictorio. Cuando el «nosotros» desaparece ante la fuerza de la identidad, el espacio público se divide y hace imposible la conversación política. Cuando la nueva izquierda confunde el Estado del bienestar con una inmensa ONG y la extrema derecha la desregulación radical con la libertad, sabemos quién está mejor posicionado.
En cualquier caso, ambos representan las dos grandes tendencias que se enfrentan en EEUU y en el mundo. Son producto de un tiempo de cambios radicales y vertiginosos en todos los ámbitos de la sociedad que apropiadamente podríamos calificar como revolucionarios. Cuando nada es seguro, cuando todo parece al alcance de la mano y los antiguos denominadores comunes se debilitan y acaban destruidos, aparecen las posiciones más radicales, los que buscan en el pasado un refugio confortable y los que esperan «transcendencias» revolucionarias. Justamente en esos tiempos necesitamos más que nunca el valor de la moderación, el coraje de pensar, racionalizar y decidir.
Ese combate de sentimientos más que de ideas, de visiones más que de certezas, también ha llegado a España. El presidente del Gobierno, sobre todo en esta legislatura, ha ido deslizándose hacia esa nueva izquierda tribal y sentimental que posterga a la ciudadanía, favoreciendo a minorías más o menos definidas, consumando en estos dos años una transformación radical, y me temo que definitiva, del PSOE de los últimos años del siglo XX y, veremos si tiene fuerza suficiente, de la España constitucional. Recientemente, en Barcelona han hecho su puesta de largo: el PSOE se aleja de los valores occidentales abrazando el populismo resultante de las ideas indigenistas de Iberoamérica con unas posiciones antiestadounidenses y antiisraelíes, confundiendo a Trump con EEUU y a Netanyahu con Israel. Y, al mismo tiempo, prochinas.
Los datos demuestran el argumento, porque son más honestos que unas palabras que han perdido todo su sentido original al pronunciarlas. Incitaron durante el verano último a boicotear la Vuelta Ciclista a España por la participación de un club israelí en el que había un corredor judío. Vamos rompiendo, desde entonces, las relaciones diplomáticas con Israel (que es una democracia plena) mientras boicoteamos Eurovisión por la presencia de un participante de aquel país. Siguió retirando a nuestro embajador mientras nos apresurábamos a abrir la sede diplomática en Irán, una dictadura en manos de unos clérigos inhumanos dispuestos a sacrificar a su población por una visión religiosa medieval. Y, finalmente, campanudos e irresponsables, pedimos que la UE rompa cualquier lazo con Israel.
«Hay una diferencia entre ser un partido que se preocupa por las mujeres y ser el partido de las mujeres. Y podemos ser el partido que se preocupa por las minorías sin convertirnos en un partido de minorías»
Lo mismo hicimos con Venezuela. Siempre reticentes a apoyar a la oposición y siempre activos a la hora de debilitarla, hasta el punto de que, sin datos a favor de la democratización de aquel país, que pasarían inexcusablemente por unas elecciones libres, pedimos a la UE que retire las sanciones al gobierno de Delcy Rodríguez. Faltando a la discreción que impone la responsabilidad del cargo o, simplemente, mintiendo, Albares hace pública la ¿petición? de amparo de María Corina Machado a nuestra Embajada.
Todo esto lo rubrica Xi Jinping, primer mandatario chino, cuando paternalmente declara que ambos, él y Sánchez, están en el lado bueno de la historia. La política nacional confirma la afirmación. Se despiden directivos empresariales en La Moncloa, se eligen amigos para dirigir empresas estratégicas para después despedirles porque creyeron que la lealtad era suficiente cuando se exige sumisión. Al tribunal constitucional, con minúsculas, lo convierten en la última instancia de la justicia, postergando al Tribunal Supremo, y el fiscal general sabe que lo más importante es la llamada del ministro de Justicia. Las Cortes Generales se ven depreciadas por una avalancha de decretos-ley ómnibus y la desaparición de su máxima atribución: el control efectivo del Gobierno.
En estos momentos, es imprescindible el máximo valor para ser moderado y reformista. Porque la moderación no debe confundirse con la debilidad; al contrario, ser moderado es oponerse a esas grandes y avasalladoras fuerzas extremistas que arrasan con la inteligencia, la razón y el derecho a juzgar por nosotros mismos.
El futuro depende de esas fuerzas moderadas, institucionales y reformistas que saben dónde están, quiénes son sus aliados y que la libertad y la moderación son la base del progreso social. A los que nos sentimos huérfanos, los que nos hemos alejado del rebaño por no comulgar con ruedas de molino, por respetar nuestra condición ciudadana, lo único que no nos está permitido es ser espectadores pasivos de un combate que definirá cómo serán nuestras sociedades mañana. Hoy, más que nunca, estamos obligados a elegir bando más que partido.