The Objective
Nicolás Redondo Terreros

El trueno que precede a la tormenta

«Abre el paso a la España confederal, que es la manera de encubrir una España a dos velocidades o dos Españas, como siempre han querido los nacionalistas»

Opinión
El trueno que precede a la tormenta

Sánchez y Montero en un mitin de campaña. | Álex Zea (Europa Press)

El resultado electoral andaluz, que habría sido imposible suponer hace unos pocos años, pero que se tornó más probable según pasaba el tiempo, y altamente previsible cuando Sánchez impuso a su candidata, adquiere el dramatismo de la amenaza cuando empieza a consumarse. La magnitud de la derrota puede perturbar a Sánchez, pero no le hará cambiar los objetivos que tiene marcados. Hace dos años, después de las elecciones municipales y autonómicas, quedó claro que no le importaban más que las elecciones en las que él se presenta. Por su forma de ser —la única unidad de medida que conoce es él mismo— y su visión política —si la tiene definida—, contempla Ayuntamientos y autonomías como un complejo institucional enojoso que limita su margen de actuación si está en manos de la oposición y que compite con su ejercicio de poder si el alcalde o el presidente de la comunidad es socialista, porque Sánchez ve como una amenaza no ser la única fuente de poder allí donde el destino le sitúe.

Esa interpretación simple y tosca de la política le ha impulsado a un control férreo de su partido. En esa dirección ha actuado estos últimos años, imponiendo en las comunidades autónomas a candidatos sumamente agradecidos, ya que sus expectativas vitales han sido ampliamente rebasadas por la gracia arbitraria del caudillo. Siempre es mejor un dirigente deudor y obediente que un líder al que es necesario convencer. Alegría fue un ejemplo contundente y ahora María Jesús Montero rebasa con mucho la arbitrariedad presidencial.

María Jesús Montero es una sanchista de primera hora, entusiasta, que ha llegado a tan altas cimas de responsabilidad porque la voluntad de Sánchez ha sido superior a los dictados de la conveniencia, y su fuerza es muy superior a la de un partido que hace tiempo renunció al sentido crítico en aras de la tranquilidad ofrecida por la uniformidad que garantiza el caudillo.

Pocos dijeron lo que muchos piensan. Montero es la representación viva del trato diferente que el Gobierno de Sánchez ha otorgado a los nacionalistas y que ha supuesto el debilitamiento de la autoridad del Estado, la impugnación de las sentencias de los más altos tribunales y, sobre todo, el resquebrajamiento del principio de igualdad entre los ciudadanos de la nación. Y, por lo tanto, representa una España de dos velocidades: Cataluña y el País Vasco por un lado, y el resto, petrificados en el lugar que una historia desordenada les ha impuesto. A todo se suma que la candidata era sobradamente conocida en Andalucía por ser una de las protagonistas de los tiempos crepusculares del «largo mandato» socialista.

Por todo ello, Montero, que ha estado donde el caudillo ha querido y ha dicho lo que tenía que decir con su lenguaje apresurado y caótico, no es la única responsable. Son también responsables todos aquellos que permitieron que su candidatura fuera un hecho sin discutir los pros y los contras. Pero el imprescindible protagonista del desastre electoral es Pedro Sánchez. La reacción de estos próximos días nos dirá si los socialistas han aprendido la lección o siguen cerrando los ojos ante la realidad.

El resultado puede ser tan menguado que podría pasar cualquier cosa, por lo que Pedro Sánchez se ha apresurado, con sospechosa antelación, a rebajar la tensión interna convocando el comité federal para mediados de junio. De esta forma podrá decidir con tranquilidad qué es lo que más le conviene.

Dicen que los alcaldes y concejales socialistas están preocupados por la posibilidad de convertirse en los próximos damnificados de las políticas de Sánchez y piden tímidamente, excepto Page, que el gran líder adelante las elecciones generales para que sea él quien reciba el castigo popular. La necesidad aprieta y es comprensible esa petición, pero el gran problema no es cuándo se hacen unas u otras elecciones. La cuestión principal es la posición sobre la política que ha desarrollado Sánchez. La cuestión es si están de acuerdo con la política de alianzas, con la política exterior o con las relaciones de claudicación con los nacionalistas.

También conocemos que la continuidad política de Sánchez es inversamente proporcional a la solidez de la España democrática del 78. Y sabemos que el único camino posible para Sánchez es incrementar la tensión, la división social y el enfrentamiento, hasta convertir en minucias desdeñables las derrotas electorales dolorosamente consecutivas y los casos de corrupción, que pueden terminar afectando al propio expresidente Zapatero, cuya frase característica en los mítines era «los socialistas damos mucho más de lo que recibimos» y que causará un daño histórico a la sigla que dice, con frecuencia innecesaria, reverenciar. Ese es el debate. En realidad, esa es la «prioridad nacional» y no la de contenido demagógico y peligroso que Vox ha hecho firmar al PP en algunas comunidades autónomas. ¿Seguirá siendo el PSOE lo que es con Sánchez y Zapatero o volverá a ser un partido institucional en la línea de Fernando de los Ríos, Prieto, Besteiro, Nicolás Redondo, Guerra, González, Múgica y otros, que representan el mejor período de su larga historia?

Puede ser que esa tensión desconocida la estuviera anunciando estos días atrás Iván Redondo, que siempre ha luchado denodadamente por adelantarse al eco de la voz de la Moncloa. Hacía «la Casandra donostiarra» —notable vendedor de humo y de supercherías a los poderosos, que se creen más modernos porque han cambiado la observación de las entrañas de las aves por la futilidad de los consultores a sueldo— dos afirmaciones tan rotundas como inconsistentes: «Cada generación merece construir su país» y «Euskadi, Galicia y Cataluña son naciones». La primera nadería anunciaría, sin embargo, procesos de cambio constitucional por derecho y transparencia o con renglones torcidos y por la puerta de atrás, como si no pasara nada. ¡Siempre hay, para ir desbrozando el camino jurídico, un «Pumpido» a mano! La segunda, que nos introduce en un maremágnum interesante, desconocido y oscuro sobre lo que es una nación, abre el paso a la España confederal, que es la manera de encubrir una España a dos velocidades o dos Españas, como siempre han querido los nacionalistas: ellos y el resto.

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