Bambi y la orfandad
«Quizá la eventual condena de Zapatero sirva a la llamada izquierda progresista, ahora desnortada, para recuperar nobles esencias ideológicas y programáticas»

Ilustración generada mediante IA.
¿Saben lo que, para muchas personas que se reclaman de izquierdas o socialdemócratas, puede ser lo más devastador de la imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero como presunto autor de delitos, entre otros, de tráfico de influencias y blanqueo de capitales?
No: no es nada parecido a que no se sepa cómo cohonestar las constantes proclamas de Zapatero en favor de la armonía en el mundo, la infinitud del universo, la ínsita humildad material de quien es socialista cabal, la alianza entre los distintos, la constante apelación al valor del diálogo, todo eso, y mucho más, y lo que ahora aparenta ser afán por lucrarse de manera delictiva.
No: lo más sorprendente es pensar que con la posible «caída» de José Luis Rodríguez Zapatero, el PSOE, y esa constelación de lo que se da en llamar la «izquierda progresista», se queda «huérfana», como vienen sosteniendo militantes y voces autorizadas en medios de comunicación diversos. ¿En serio? ¿Pero de qué queda huérfana?, ¿qué ascendencia moral o ideológica rescatable ejercía Zapatero?, cabe preguntarse.
Permítanme una confesión personal que no tiene más propósito que ilustrar lo que quiero decir cuando aventuro lo que muchos buenos amigos y colegas pueden estar ahora mismo cavilando, íntimamente, aunque carecen, y han carecido, de esos «cojones duros» que Cesare Pavese reclamaba para los grandes poetas o amantes, en su caso para trasladar del fuero interno al foro público eso que piensan; para escribirlo en tribunas de opinión o al menos verbalizarlo más allá del cenáculo.
Yo voté a Zapatero en 2004. Y lo hice con entusiasmo. Me parecía, como a tantos españoles, que la posición del PSOE contraria a la guerra de Irak era la moral y jurídicamente correcta; consideré, además, que el muy oscuro manejo que hizo el PP del atentado del 11-M en aquellas horas trágicas daba a cualquier demócrata una razón más para mandar al partido del Gobierno a la oposición. Pese a todo, también me pareció absolutamente lamentable aquella concentración ante las sedes del PP, instigada y aplaudida por gentes a las que apreciaba y respetaba. «¿Estamos dispuestos a que en el futuro sea a la inversa?», preguntaba. Esto es, ¿aceptamos que la «ciudadanía» en plena jornada de reflexión se plante en Ferraz a hostigar a «los nuestros»? Lo que aconteció años después ha demostrado que por supuesto que no; ni el día previo a unas elecciones generales, ni ningún otro día.
«Fue Zapatero quien inauguró la política de los recortes, detalle frecuentemente escamoteado en la retórica actual»
Zapatero le echó narices y, cumpliendo su promesa, retiró las tropas de Irak. Después vino la reforma del Código Civil para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo, que también celebré. Y la apertura del proceso de diálogo-negociación con ETA, aunque, con el tiempo, he comprendido que tuvo muchas sombras, sombras que hoy en día se proyectan de modo siniestro en nuestra vida política. Zapatero, que había llegado a la secretaría general del PSOE con la hueca vitola de representar una «Nueva Vía», de manera casi accidental abrazó posteriormente el «republicanismo» —como podía haberse amarrado a casi cualquier otro mástil ideológico que vistiera bien en los dominios de la intelligentsia progresista—, como lo ha contado por lo menudo Félix Ovejero en Sobrevivir al naufragio.
El estilo de Zapatero podía ser irritante por cursi, y los fundamentos de algunas propuestas un reflejo de lo que el filósofo Gustavo Bueno denominó «pensamiento Alicia», esto es, un indisimulado rechazo del principio de realidad, pero ni las formaciones políticas son, ni deben ser, seminarios de teoría política en una high table de Balliol College, ni es exigible que los presidentes del Gobierno renuncien al marketing político.
Claro que, como es sabido, asumir la realidad fue lo que estrepitosamente tuvo que hacer Zapatero allá por mayo de 2010, cuando se vio forzado a someter a la aprobación del Parlamento un ajuste colosal en el déficit público que conllevó sacrificios muy importantes para los españoles. Entre los 169 diputados socialistas que votaron a favor de la aprobación del Decreto-Ley correspondiente se encontraba Pedro Sánchez Pérez-Castejón, que también votó a favor de la reforma del artículo 135 de la Constitución, que consagró el principio de estabilidad presupuestaria y para el que, además del voto de ese mismo diputado y del resto de los diputados del PSOE, se precisaron los apoyos de los del Grupo Popular. Fue Zapatero, pues, quien inauguró la política de los recortes, detalle frecuentemente escamoteado en la retórica actual de la dizque «izquierda progresista» que no ceja en describir al PP como «el partido de los recortes».
Zapatero, como líder de la oposición, había declarado solemnemente en 1999 desde la tribuna del Congreso que con la equiparación de las pensiones de los militares no profesionales que combatieron en la Guerra Civil en el bando de la República con el resto de los militares jubilados —una enmienda a los Presupuestos Generales del Estado aceptada por el Gobierno de Aznar— se consumaba uno de los últimos flecos de la reconciliación, pero en el ocaso de su primer mandato impulsó una muy divisiva Ley de Memoria Histórica, una normativa, y la que ha venido después, puesta muy seriamente en cuestión por muchos antiguos dirigentes de su partido y por protagonistas de todo el espectro político que vivieron en primera línea la transición política a la democracia.
«¿Cómo compatibilizar con los valores de la socialdemocracia ese cortejo desplegado por Zapatero con el populismo bolivariano?»
Junto a lo anterior, Zapatero había comenzado una temeraria —y me temo que puramente estratégica— luna de miel con los llamados «nacionalismos periféricos», en particular con el catalán, propiciando una oportunista reforma del Estatuto de Cataluña finalmente consumada en 2006 y gracias a la cual profetizó que 10 años después, esto es, en 2016, España sería más fuerte y Cataluña estaría más integrada. Transcurrido un año del plazo vaticinado, el intento de golpe de Estado secesionista propiciado por la Generalidad de Cataluña y las fuerzas independentistas a punto estuvo de llevárselo todo por delante.
Lejos de enmendalla, Zapatero ha sostenido y patrocinado hasta lo inaudito esa aleación de lo inmiscible, que diría la filósofa Amelia Valcárcel, entre los valores señoreados por la socialdemocracia española desde el advenimiento de la democracia —el progreso, la modernidad, la tradición ilustrada y la redistribución en aras de conformar una sociedad de libres e iguales— y buenas dosis de lo que rectamente se puede describir como propio del Antiguo Régimen: el carlismo, el foralismo, el privilegio del origen y las singularidades territoriales que representan y trompetean las formaciones soberanistas o cuasi soberanistas.
Y lo ha hecho, particularmente en los últimos tiempos, con otra mixtura imposible: la de apelar al pluralismo ideológico, a la tolerancia, al respeto hacia las ideas que abanderan formaciones políticas que han tratado de liquidar las bases mismas de la democracia y el orden constitucional español y que siguen teniendo ese como objetivo político, mientras, al tiempo, no hay ni pan ni sal para eso que sin distinción posible y con indisimulado encono Zapatero y sus fieles denominan «la derecha» y la «extrema derecha». Siempre que sea española, y no digamos españolista.
Y es que para la derecha nacionalista de la periferia o la izquierda reaccionaria que blasona de leyes viejas, derechos históricos, lenguas propias e impuestas contra viento y marea y singularidades imaginarias e insolidarias, se está a la orden, a lo que dispongan esas élites de las comunidades más ricas. ¿Y cómo compatibilizar con los valores de la socialdemocracia europea ese más que cortejo que ha desplegado Zapatero a lo largo de todos estos años con el sanguinario populismo del régimen bolivariano bajo el expediente de una (imposible) equidistancia y de una labor mediadora que ahora se puede presumir con indicios escalofriantes como puramente ventajista para los negocios propios?
Así que, como en la novela original de Félix Salten, quizá la metafórica «muerte del padre» (en este caso), que puede suponer la eventual condena de Zapatero, si es que llegan a probarse los graves delitos de los que se le acusa, sirva a esa constelación ahora desnortada, deslumbrada por un foco engañoso como cervatillo en mitad de la vía, para recuperar algunas de las viejas y nobles esencias ideológicas y programáticas.