The Objective
Rosa Cullell

Pero, ¿en qué país vivimos?

«Cuesta entender que el socialismo haya olvidado que la Carta Magna de España se basa en la ‘indisoluble unidad de la Nación, patria común e indivisible’»

Opinión
Pero, ¿en qué país vivimos?

Ilustración generada mediante IA.

Ha vuelto el «fem país» (lit.: «hacer país»), frase utilizada por Convergència mucho antes de que empezara en Cataluña el proceso soberanista a ninguna parte. Entonces ya era confusa, pero Jordi Pujol (absuelto de todos sus cargos por viejo) la utilizaba astutamente para animar a sus votantes sin necesidad de pedir la independencia. Tiempos aquellos, cuando también le perdonaron la quiebra de Banca Catalana. Pujol pactó, una y otra vez, con los gobiernos españoles del PSOE o del PP sin dar explicaciones ni meterse en líos fronterizos. ¿Quién nos iba a decir, entonces, que la izquierda, décadas después, daría serios pasos hacia la confusión geográfica y política? Pedro Sánchez acaba de afirmar, en sede parlamentaria, que su Gobierno «hará de Cataluña y de España países mejores». Antes, en una reunión del Círculo de Economía de Barcelona, aseguró que ambos «son países extraordinarios». 

Tampoco es coincidencia que Salvador Illa, presidente de la Generalitat, reciba en Palau al ahora perdonado mandatario catalán, y lleve tiempo repitiendo esta bonita frase: «Cataluña será en diez años el mejor país de Europa para vivir». Hay que «hacer país» para seguir gobernando. También rezar para que los socios independentistas aprueben, en las Cortes, los presupuestos de 2027. Los de este año, nadie los espera.

Hubo un tiempo, entre 2017 y 2022, en que los empresarios y banqueros catalanes salieron corriendo con sus negocios hacia otras comunidades del Reino. El proceso a ninguna parte asustó a miles de firmas, enviándolas a otras autonomías. La mayoría no ha vuelto. Según el último informe de Dun & Bradstreet, compañía estadounidense dedicada a recopilar datos de empresas de todo el mundo, unas 9.220 compañías dejaron Cataluña entre 2017 y el pasado año. A finales de 2025, solo habían vuelto 680 (el 7%). 

Solo los indepes de mucha fe creen que el procés vaya a reanudarse. Y una buena parte de la población catalana, la no subvencionada, cree que sería aconsejable dejar de enviar mensajes confusos a la ciudadanía. Cataluña aún no se ha recuperado de los años de desgobierno de ERC y Junts; en 2018 la autonomía ya dejó de ser la primera de España por PIB. Aunque los mensajes socialistas solo aspiran a contentar al socio nacionalista necesario, tanto en el Congreso como en el Parlament, no haría falta tanta paisitis. 

Los políticos, de antes y de ahora, saben que las tierras catalanas han sido prósperas, cultas, modernas, industriales, productivas, europeístas… Pero casi nunca, y solo por períodos cortísimos, territorio independiente. Además, a estas alturas del siglo de la inteligencia artificial, da inmensa pereza volver a hablar de Wilfred el Pilós, del período carolingio o de la gran aportación de mi comunidad natal al Reino de Aragón. El presente, como decía el nunca suficientemente reverenciado Miguel de Unamuno, es el «espacio de continuidad y renovación, donde la tradición se reactiva y se adapta». Adaptémonos de una vez a la realidad o no prosperaremos. 

«Sánchez necesita tener contentos a los socios nacionalistas (vascos y catalanes) para alargar este atribulado mandato»

¿Está Sánchez pensando en cambiar la Constitución? Eso se preguntan algunos. No lo creo. Solo amaga con ello. Necesita tener contentos a los socios nacionalistas (vascos y catalanes) para alargar este atribulado mandato (sin mayoría, sin Presupuestos y regido a golpe de decreto). El presente pasa volando, pero, en Cataluña, algunos pocos descerebrados denuncian al empleado latino que vende la barra de pan y da las gracias en español. Allí, eres «facha» si no apoyas el catalán como única lengua oficial, si osas opinar que en los patios de la escuela pública (pagada por todos) nuestros nietos tienen derecho a hablar en español y lo harán, por más que los policías de la lengua se empeñen en prohibirlo. Todos los barceloneses que conozco son absolutamente bilingües sin darse cuenta. 

Mi madre, cuya lengua materna y paterna era el catalán, pero cambiaba al español sin problemas, fue una votante desilusionada de Jordi Pujol; dejó de votar a Convergència cuando el president reconoció tener algunos millones en Andorra. Durante la covid, ya muy enferma, seguía viendo TV3. Pero, cuando alguien hablaba de independencia, se levantaba y salía de la sala cantando «Jo sóc català, porto barratina» (lit.: «Yo soy catalán, llevo barretina»). No sé si Rosa María Muniesa, licenciada en historia y cum laude en sentido del humor, se alegraría de la absolución de Pujol. Quizás, sí. Tenía buen carácter. 

El largo proceso judicial a la «sagrada familia» se ha eternizado para acabar sin procesar al anciano expresidente ni a su esposa Marta, en paz descanse. Supongo que «ahora no toca», como me dijo Pujol durante una rueda de prensa en aquellos años de Banca Catalana. Pero lo que más me cuesta entender es que el socialismo, tan ultrajado durante el proceso independentista, haya olvidado que la Carta Magna de España se basa en la «indisoluble unidad de la Nación, patria común e indivisible». Hoy por hoy, el país Cataluña continúa dentro de las fronteras del país España, aunque Illa y Sánchez nos obliguen a preguntarnos: ¿Pero en qué país vivimos?

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