Pablo Ojeda, nutricionista, explica por qué tienes hambre tras comer: «Quizá el problema no es lo que comes, sino cómo lo haces»
Evolutivamente estamos diseñados para morder y masticar piezas duras, pero la dieta ha cambiado mucho

Una hamburguesa. | Pexels
El gesto puede parecer inocente, casi inofensivo y, al mismo tiempo, crucial. Lo haces decenas de veces al día y en millones de ocasiones en tu vida. De hecho, es absolutamente incontable, pero importa más de lo que, valga la redundancia, cuenta. Hablamos de masticar y de cómo este movimiento al que apenas prestamos atención puede ser más decisivo de lo que crees en tu salud.
Lo explica el nutricionista Pablo Ojeda, unas de las voces más reconocidas y reconocibles dentro del sector, al que vemos habitualmente no solo en su cuenta de Instagram, sino también en la televisión. Lo bueno no es solo que hable desde el conocimiento, sino también de la cercanía y eso, cuando se trata de traducir salud, se agradece.
Incluso cuando no habla directamente de qué nos sienta bien o mal, o de lo que deberíamos estar metiendo en la cesta de la compra; también de gestos mucho más terrenales y, sobre todo, más baratos. Masticar, aunque no lo creamos, es uno de ellos… Y puede hacer por nosotros bastante más de lo que pensamos.
No es solo comer: es cómo comer

Quizá suene a redundancia o a perogrullada, pero para comer hay que aprender a hacerlo. No es solo elegir lo que nos gusta o lo que nos conviene, sino también el gesto mecánico que nosotros mismos controlamos… O deberíamos. Los síntomas, aunque no los vincules a ello, se manifiestan.
«Hinchazón, pesadez, sueño, ansiedad a las horas…», cuenta Ojeda. Si eres de esas personas a las que estas señales le parecen recurrentes, puede que tengas un problema con la comida en la forma que la tomas. Al punto de que pase desapercibida, pero influye y no es un remedio de la abuela: es ciencia. Algo en lo que coincide la doctora Carmen Perlasia, que explica que masticar nos permite dejar la comida en «trozos muy pequeñitos para que podamos absorberlos y no se queden en el intestino generándonos hinchazón».
Al punto de que explica que hay mucho de evolutivo en nuestra forma de comer. «Hemos evolucionado masticando. Nuestros ancestros comían alimentos muy duros y nosotros ahora en la actualidad preferimos alimentos muy palatables, pero con una textura muy blanda», indica Perlasia. Un mensaje que hemos pretendido cambiar en pocas generaciones cuando llevamos miles de años haciendo lo contrario y sucede, según cree, que «prácticamente con el estado de estrés que vivimos lo único que hacemos es deglutir».
Toda digestión comienza en la masticación
Es muy habitual que pensemos que el trabajo pesado de nuestro sistema digestivo lo lleva a cabo el estómago con sus jugos gástricos, pero aquí, siguiendo con el símil culinario, estamos con la cazuela sobre el fuego. Antes, por ejemplo, habríamos tenido que cortar los ingredientes y prepararlos.
Eso es, precisamente, lo que pasa en el sistema digestivo. «La digestión empieza en la masticación, en la boca», ilustra Pablo Ojeda. No solo por la forma en la que mordemos o cortamos lo que consumimos, sino, y sobre todo, porque damos pie a que la saliva empiece a hacer parte de su trabajo. En este caso, cuenta, «cuando masticas bien, activas la saliva, activas el nervio vago».
Es, en cierto modo, como un interruptor. Esa sencilla dinámica le está diciendo al cerebro que algo está cambiando y que se centre, que la comida llega y que vaya preparando al estómago para la que se avecina. Lo que sucede, sintetiza, es que «el cerebro recibe el mensaje de ya estamos comiendo» y la advertencia es fundamental para que la hormona de la saciedad –la grelina, de la que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE– se dé por enterada.
No es magia, es la ciencia de masticar bien

Es paradójico que una persona pueda llevar una dieta saludable y, sin embargo, los síntomas que antes describíamos aparezcan. ¿Cómo voy a tener hinchazón, pesadez o esa somnolencia que me golpea tras comer si lo que como es equilibrado y sano? Pues puedes. O eso considera Pablo Ojeda, que advierte que, en consulta ve «personas que comen muy sano, pero comen rápido y luego vienen la hinchazón, el hambre y la culpa».
No estás solo, evidentemente, pero en buena parte de las ocasiones es algo tan controlable como aprender a comer y dejar a la masticación que haga su trabajo. «Cuando comes rápido, casi sin masticar, tu cerebro no se entera a tiempo de qué estás comiendo», cuenta. Si a eso le añades, por ejemplo, que estás centrándote en otra cosa –como el ordenador, con el táper, o con el teléfono móvil–, tu cerebro está, casi literalmente, a otra cosa y las señales del estómago pasan desapercibidas. No en vano, «si saboreamos lo que comemos, nos saciamos antes».
Numerosas investigaciones avalan esta realidad. De hecho, cuenta que hay «estudios que muestran que aumentar el número de masticaciones por bocado reduce la ingesta calórica total». No solo eso, claro, el hecho de incrementar las veces que masticamos nos viene bien porque «aumenta la saciedad y mejora la glucosa postprandial». Todo un dechado de virtudes que, al mismo tiempo, hace que «no aumente el hambre». Al punto de que Pablo Ojeda desmonta otro mito recurrente en torno a esa toma de conciencia: «Masticar no es comer menos por control es comer menos porque tu cuerpo por fin se entera de que estás llenando el estómago».
