The Objective
Nutrición

Julia Palacios, nutricionista, sobre prohibirse ciertos alimentos: «Tu cerebro necesita que le des antojos; si no lo haces, te pedirá más»

La autora considera que no son algo ni bueno ni malo, son algo que simplemente existe

Julia Palacios, nutricionista, sobre prohibirse ciertos alimentos: «Tu cerebro necesita que le des antojos; si no lo haces, te pedirá más»

Mujer comiendo pizza. | Pexels

Los antojos, cuando hablamos de comer, suelen entrar en el terreno de los tabúes penalizados. Y lo sabe bien la nutricionista Julia Palacios, reciente autora del libro Mucho más que pechuga y lechuga, donde desengrana el territorio de las dietas para, especialmente, aportar luz sobre muchas realidades.

No es, ni mucho menos, un libro para perder peso o adelgazar. Es una obra elemental para entender nuestra relación con la comida y, sobre todo, por qué nos pasan determinadas cosas con ella. Y ahí, como es lógico, entra el terreno de los antojos, fuertemente penalizados e, indica «estamos biológicamente preparados para disfrutar de la comida».

Pero ¿qué son los antojos? ¿Por qué los deseamos? ¿Qué sucede cuando nuestro cerebro quiere algo y se lo negamos de manera recurrente? Muchas de estas preguntas las responde Julia Palacios en el libro y, además, explica una realidad: «Pese a tener coloquialmente una connotación bastante negativa, no son algo ni bueno ni malo, son algo que simplemente existe».

Es «importante prestar atención a la relación que tenemos con la comida», comenta e insistiendo en que «exista una relación sana» porque «en el caso de la alimentación, que la necesidad básica esté cubierta implica que sea nutritiva y suficiente». Por eso invita a que miremos lo que comemos con otros ojos y que comprendamos que nuestro vínculo con la alimentación «es una relación más dentro de todas las relaciones que tenemos en nuestra vida». Una, por cierto, que «vamos a tener que mantener y trabajar durante todos nuestros días».

«No podemos ignorar que, cuando nos prohibimos ciertos alimentos, nuestro cerebro los percibe como más deseables», cuenta y, precisamente por eso, «aumenta la probabilidad de comer en exceso cuando al final accedemos a ellos». Por tanto, no se trata de una elección, sino que sucede por decidimos desde la oportunidad y no desde la apetencia.

No todos los antojos son iguales

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Sanar nuestra forma de ver los antojos es fundamental para comprender mejor nuestra relación con la comida. ©Pexels

Batallar contra los antojos no es vivir en un mundo donde tenemos en cada oído a un ángel y a un demonio diciéndonos que no va a pasar nada por otro helado… O que sí va a pasar. Sobre todo porque el término es ambiguo y no necesariamente un antojo va a ser algo malo para nuestra dieta. Algo de lo que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE. Una realidad en la que también insiste la nutricionista Fernanda Reyes, que incide en que «cuando dejas de pelearte con tus antojos, empiezas a entender tu cuerpo».

Intensidad y recuerdo en el antojo

No obstante, Palacios aclara que «asumir que los antojos están relacionados exclusivamente con esos alimentos peor vistos por la sociedad». La lista puede ser eterna, pero todos más o menos sabemos quiénes son esos sospechosos habituales. Bollería, dulces, grasas, patatas fritas, chocolate, pizzas, hamburguesas, golosinas… Pero no todos los antojos tienen el mismo cariz. «Podemos tener antojos de cualquier alimento», categoriza Palacios.

Sin embargo, la intensidad del antojo no solo va marcada por el producto, sino por ese recuerdo o lo mucho de menos que lo echamos. Palacios considera que «su intensidad depende también de cuánto tiempo hace que no comes ese alimento». Cuanto más tiempo pase, evidentemente, más bola acaba haciéndose esa necesidad. Un dilema que también identifica el nutricionista Pablo Ojeda, advirtiendo que cuando entiendes los antojos «también cambia tu energía, tus humor y tu relación con la comida».

Pero, ¿qué pasa en nuestro cerebro con ello? La autora identifica el antojo como «el deseo intenso y específico de comer un alimento o de experimentar un sabor concreto». Queremos eso, no un sucedáneo y no por comer otra cosa el antojo va a desaparecer por arte de magia. No obstante, esto no significa dar carta blanca para atiborrarnos a ellos. Palacios va más allá: invita a conocer por qué pasa y qué hacer cuando sucede. Por eso, no dentro de la literalidad, su mensaje es claro sobre esa demanda de antojos que pide nuestro cerebro y que negarlos de manera sistemática puede ser contraproducente.

Las dos realidades del antojo, según Julia Palacios

Hay una cuestión fundamental para Palacios. Es una perogrullada, pero es lógica: «Los alimentos que se antojan son aquellos que nos gustan». Y eso nos lleva a una segunda realidad donde, a menudo, fallamos desde esa racionalidad.

El ser humano, evidentemente, también come por placer. Por eso, Palacios insiste en que «la finalidad de los antojos es única y exclusivamente disfrutar, por lo que no necesitan estar acompañados de hambre». ¿Pueden ir de la mano? Sí. ¿Siempre? No necesariamente.

mujer-comer-pizza
Julia Palacios no explica que debamos satisfacer siempre los antojos, sino que comprendamos cómo nos relacionamos con ellos. ©Pexels

Aquí, a su vez, abre otro melón importante y es nuestra propia consciencia o cuánto nos resistimos a la tentación. «Algo que sabemos es que la intensidad de los antojos depende también de cuánto tiempo hace que no comes ese alimento», explica en su libro. Suena lógico. Cuanto más deseamos algo y menos satisfacemos ese deseo, más probabilidades hay de que el deseo aumente. Y, como también suena plausible, se te van a antojar siempre los alimentos que menos te permites.

Cómo reconstruir nuestra relación con el antojo

Precisamente es este el caballo de batalla de la autora al condensar todo un capítulo del libro a los antojos. ¿Hay que satisfacerlos? ¿Hay que hacer oídos sordos? ¿Sabemos parar a tiempo? Julia Palacios explica que un factor que interviene de manera clave es la intensidad, es decir, «si podemos satisfacerlo o no». Si es un producto muy temporal, es posible que nuestro cerebro reduzca esa necesidad porque no quiere sufrimiento en vano, pero ¿qué pasa si está a nuestro alcance? Pues que caeremos en la tentación, pero hay que saber cómo.

Palacios pone el ejemplo de una chocolatina a la que decimos que no de manera recurrente. «Cuando finalmente te la comas, por permiso o por hartazgo, hay muchas posibilidades de que no te comas solo una y te quedes tranquila», comenta y complicando la operativa. «Puede que te comas varias o que, además de la chocolatina, te comas otros alimentos que tampoco sueles permitirte», ahí es donde entraría el círculo vicioso del antojo. Por eso explica que «en el momento en el que sanas tu relación con la comida, los
antojos se entienden como algo normal y te los permites». Cuando esto sucede, «dejan de ser algo obsesivo y culpabilizador para ser algo aceptado y disfrutable».


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