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Nutrición

Marta León, nutricionista, sobre los sofocos en la menopausia: «No es solo hormonal; hay seis alimentos que amplifican los efectos»

La especialista recomienda observar «si al tomarlos, notas que los sofocos se intensifican»

Marta León, nutricionista, sobre los sofocos en la menopausia: «No es solo hormonal; hay seis alimentos que amplifican los efectos»

Mujer comiendo. | Pexels

La menopausia es un cóctel multifactorial que acecha a las mujeres al final de su etapa fértil. Empieza antes, aunque muchas lo asocien solo a ‘cosas de la edad’, con la perimenopausia, pero luego se acrecienta. Al punto de que, incluso, puede haber síntomas antes de los cuarenta años e, incluso, mientras aún se menstrúa.

Por eso, considerar esta realidad como cosas de la edad es hacerse un flaco favor. Igual de flaco, por ejemplo, que considerar que determinados signos, como pudieran ser los sofocos, solo obedecen a una razón: las hormonas. Si se sienta a alguien habitualmente en el banquillo de los acusados de la menopausia, esas son, sin género de dudas, las hormonas. O, mejor dicho, la falta de ellas.

Pero no están solas. Digamos, en cierta medida, que tienen cómplices y muchos de ellos se podrían subsanar. Cómo dormimos, lo que comemos o la forma en la que hacemos deporte son algunos de los mejores alegatos para impedir que las hormonas dinamiten la salud general de la mujer en la menopausia.

Por eso, conviene comprender que buena parte de estos síntomas no solo obedecen a una única razón. Algo de lo que ha advertido la nutricionista Marta León poniendo en el candelero a los clásicos sofocos, de los que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE.

Entendiendo al sofoco en la menopausia

Hay una tendencia a considerar que la aparición de sofocos es simplemente hormonal. No es así, o no totalmente. Es cierto que existe una predisposición debida a la pérdida de estrógenos, pero hay otros elementos que ponen palos en la rueda. En la perimenopausia, los ovarios empiezan a perder actividad y esto significa que reducen de manera paulatina la producción de estrógenos y progesterona.

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La batalla hormonal que sucede en la menopausia favorece la aparición de sofocos, pero no está sola en ese sentido. ©Pexels

Hasta ahí la teoría que luego, en el día a día, supone perder fertilidad y que afloren síntomas de sobra conocidos como una menstruación más irregular, un sueño más difícil y los temidos sofocos. En lugares insospechados, sin someterse a extremos y en casi cualquier momento. Lo que antes no existía, de repente se convierte en una dinámica habitual y, en este caso, la acción vasodilatadora es la responsable por una razón muy evidente: es una respuesta del sistema nervioso a esa caída de estrógenos.

Y, como era de esperar, el cerebro tiene mucho que decir. Cuando se produce ese chispazo, el hipotálamo se altera y se ve obligado a corregirlo. Por eso, de repente, llegan los calores, una sudoración acrecentada y las mejillas se encienden… Pero no todo es una cuestión hormonal.

Un desequilibrio hormonal entre sofocos y menopausia

Digamos que el hipotálamo cuando llega la menopausia está en casi un perpetuo estado de alerta, pues su papel es el de ejercer de termostato en el cuerpo. Por eso, ante los cambios de temperatura, reacciona y se pone en marcha… Pero si no deja de recibir señales, está hiperestimulado y ahí es donde no hablamos solo de hormonas.

«Pequeños estímulos como una copa de vino, un café, un momento de estrés o un cambio de temperatura pueden desencadenar un sofoco», explica Marta León, poniendo cara al motivo. «La histamina es vasodilatadora, y aunque no provoca sofocos, los amplifica», añade.

Ahora bien, ¿por qué en esta época la histamina campa a sus anchas? «En perimenopausia, con la progesterona bajando y el intestino comprometido, la histamina se dispara», advierte la nutricionista. Es parte de ese desequilibrio hormonal vinculada a la caída de la progesterona. Como hay una irregularidad, el estrógeno libera histamina –y también inhibe una enzima que se encargaría de degradarla–, pero como se produce menos progesterona, cuyo papel es el de suavizar esa histamina, se acaba disparando.

Los sospechosos habituales en lo que comemos

Y la dieta, claro, ayuda o apuntilla. «Vino, quesos curados, embutidos, vinagre, salsa de tomate o espinacas cocidas», cita Marta León como sospechosos. «Observa si al tomarlos, notas que los sofocos se intensifican», cuenta. Si es así, «puede que la histamina sea tu pieza del puzzle».

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Los quesos muy curados tienen una gran cantidad de histamina debido a ese proceso. ©Pexels

En estos casos, por ejemplo, porque las bacterias y levaduras de determinados productos convierten los aminoácidos del producto en las aminas –como la histamina–. Razón por la que, a más curado o añejo un queso, un vino o más intenso un vinagre, se aumenta la concentración de histamina. Por su parte, el tomate, las espinacas o las berenjenas tienen de forma natural una gran cantidad de histamina, por eso son tan reactivas.

Por este motivo, igual que podemos multiplicar la histamina con lo que comemos, podríamos intentar ponerle freno. Razón por la que Marta León aconseja la ingesta de fitoestrógenos como «las legumbres, la soja fermentada (como el miso o el tempeh), las semillas de lino, chía, sésamo…».

Ejercen un cierto papel modulador ya que, por ejemplo, si los niveles de estrógenos son bajos, se unen a los receptores celulares y mejoran la acción estrogénica. Evidentemente, no hacen milagros ni son la panacea, pero contribuyen. Del mismo modo que los polifenoles, con su efecto antioxidante, permiten tener «una microbiota cuidada» consumiendo frutos rojos, granada, uva o cacao.

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