The Objective
Juan Luis Cebrián

De los zombis políticos y otros engendros

«El Gobierno es un auténtico muerto viviente. Está liquidado pero sus fantasmas creen que todavía respiran. Hasta sus socios dicen que la legislatura está acabada»

Opinión
De los zombis políticos y otros engendros

Ilustración generada mediante IA.

Desde que a finales del siglo XIX Zola publicara su famosa carta J’accuse dirigida al presidente de la República francesa y en denuncia del Estado Mayor Central del ejército por haber condenado injustamente a Alfred Dreyfus, la historia de la prensa es en gran medida la de la lucha contra los abusos y crímenes que el poder político comete. La reacción de los gobernantes que cometieron esos delitos, o cuando menos los ampararon, ha sido invariablemente la negación hasta el absurdo.

Por citar solo algunos ejemplos, recordaré el caso Watergate, que obligó a dimitir al presidente Nixon; los Papeles del Pentágono, que desvelaron las mentiras del Gobierno americano sobre la Guerra de Vietnam; o el asunto Mónica Lewinsky, que derivó en una acusación formal contra Clinton. Este, que había disfrutado de una felación practicada por una becaria en una esquina del despacho presidencial, declaró solemnemente que no había tenido ningún tipo de contacto sexual con ella y su esposa Hillary consideró las acusaciones como una trampa de la derecha. Meses más tarde, el presidente reconoció en público que habían mantenido una «relación inapropiada».

En la España de la Transición y tras la consolidación de la democracia, debemos a la prensa libre las denuncias, entre otras, del terrorismo de Estado de los GAL; la financiación ilegal del PSOE a través de Filesa, y la del PP en el caso Bárcenas, que derivó también en el de la «policía patriótica», cuyo juicio se acaba de celebrar; hemos visto encarcelar ministros de los dos principales partidos del país por robar dinero público; y a un director general de la Guardia Civil huir de la justicia hasta el oriente lejano. Su actual sucesora, por cierto, ha resultado ser una mentirosa cuya actitud ensucia el prestigio del cuerpo que dirige.

Al margen del color político de los delincuentes, o de quienes les protegían o protegen, la reacción de los titulares del poder ha sido siempre la misma: todo es mentira, invención y calumnia de la máquina del fango en que se ha convertido la prensa. Los gobiernos insultan a los jueces en una auténtica cruzada contra su independencia, y utilizan los poderes del Estado, desde la fiscalía a la abogacía oficial, para defender a los chorizos de turno.

Pero al final la historia se repite sin descanso: algunos políticos y empresarios van a la cárcel, otros dimiten en contadas ocasiones, y la mayoría de sus jefes dice no haberse enterado de nada pese a los cientos de observadores, mercachifles y troleros que les asisten, siempre pagados con el dinero de los ciudadanos. Aunque raras veces, hay algunos que incluso piden perdón, pero en cualquier caso se resisten a cumplir la penitencia.

«La visita del Papa ha venido a aliviar por un momento el viacrucis que ha de recorrer, está recorriendo ya, la dirección del PSOE»

La originalidad del presidente Sánchez y de algunos de los que se sientan en la mesa del Consejo de Ministros consiste en que, además, hacen todo esto tras haber perdido las elecciones. Sientan sus culos en las butacas del poder, y en las del Falcon, solo gracias a unas alianzas que el propio Sánchez había prometido no establecer nunca porque le quitarían el sueño. Lejos de eso, lo que le han provocado precisamente es el sueño de la razón, que, como todo el mundo sabe, produce monstruos. Quienes lo padecen renuncian al pensamiento, a la conciencia crítica y a la humildad de la sabiduría. No hace falta poner nombre y apellidos a esos engendros políticos que nos han desgobernado y nos desgobiernan aún pertinazmente. Sus fotografías ilustran desde hace meses, en realidad años, los titulares de los periódicos y las pantallas de televisión y de las redes sociales.

La visita del Papa ha venido a aliviar por un momento el viacrucis que ha de recorrer, está recorriendo ya, la dirección del Partido Socialista sometido a la herencia de la banda del Peugeot que en la China maoísta, tan del agrado de Rodríguez Zapatero, se hubiera llamado quizás la «banda de los cuatro». En realidad, ya algunos sospechan que pueden ser más de una docena. Como en todas las bandas, han comenzado las deserciones, las traiciones, los chivatazos y las filtraciones. Pedro Sánchez tiene a su hermano y a su esposa ante los tribunales, y en la cárcel o a punto de entrar en ella a sus dos hombres fuertes en el partido, acusados de delitos sin cuento; eran por cierto los responsables de redactar las listas electorales cerradas y bloqueadas en las que podían favorecer a sus amigos y castigar a sus opositores en el partido; su ministro del Interior parece incapaz de perseguir a los narcotraficantes que tienen su base en Marruecos y anclan sus naves en el puerto de Nador, y dijo no conocer que la fontanera del PSOE, Leire Díez, acusada de diversos delitos, se había entrevistado con la directora de la Guardia Civil; ambos han metido a la opinión pública, a sus subordinados, pero también a su superior, que igualmente desconoce todos los potenciales crímenes por los que están imputados amigos y colaboradores suyos.

Él, por su parte, ha pactado con los partidos independentistas a fin de seguir en el machito, al parecer lo único que le importa. A cambio, está dispuesto a mejorar las condiciones fiscales de los territorios en que gobiernan, y entregar incluso el control de la Seguridad Social y hasta el de fronteras, aun si continúan negándose a ondear la bandera del Estado en muchos edificios oficiales y no cumplen el mandato de enseñar el castellano, es decir, el español, en sus escuelas. Habrá que recordar de nuevo que todo ciudadano tiene el derecho de usarlo, también ante cualquier administración pública, y la obligación de aprenderlo, según la Constitución dice en su artículo 3.  

Como también dice que el Gobierno debe presentar presupuestos anuales y no lo ha hecho en ningún caso durante toda la actual legislatura, incumpliendo sus promesas y las de todos sus ministros, aunque ahora uno, paradójicamente llamado España, promete que él sí va a hacerlo. Tenemos un Gobierno donde la mentira no es fruto del error, sino del deber. No ha habido en toda la historia de nuestra todavía inmadura democracia un gobernante que haya cometido o permitido tantas felonías como el actual presidente del Gobierno, ni un dirigente socialista que haya destruido de esa manera la tradición y envergadura de la socialdemocracia, partido político fundamental, como el del centro derecha, para garantizar la libertad y la democracia.  

«Tenemos un Gobierno donde la mentira no es fruto del error, sino del deber»

Su resistencia a dimitir y convocar elecciones, sobre la que se permite dar lecciones, es ya solo un postureo perjudicial para los intereses generales del país y para su propia ambición de ser reconocido por la Historia. El Gobierno actual tiene legitimidad de origen únicamente gracias a los pactos irresponsables de un individuo que dijo estar dispuesto a gobernar sin el Parlamento en un régimen que es precisamente parlamentario (artículo 1 de la Constitución). Ha utilizado el dinero público para premiar con publicidad a los medios de comunicación obedientes y castigar a los discrepantes. Y después de todo eso, ahora viene y nos dice que nada sabía de los potenciales crímenes de sus colaboradores y allegados. Si lo sabía, sería su cómplice. Si no, su incompetencia es tan descomunal que no se encuentran adjetivos que la describan.

Sufro al ver todavía a algunos miembros del Gobierno hábiles en sus cometidos, pero no a la hora de plantarse ante los excesos de su jefe y la incapacidad probada y expresa de un gabinete definitivamente autista. Hasta sus socios y aliados dicen que la legislatura está acabada. De modo que el Gobierno en sí es un auténtico zombi, un muerto viviente. Está liquidado, pero sus fantasmas creen que todavía respiran. Acusan a la máquina del fango de los periódicos independientes, tabloides digitales como el que en esto escribo, a mucha honra, y tertulianos que se atreven a denunciar sus excesos, su traición a las promesas hechas, y el descalabro nacional que padecemos. Algunos influyentes historiadores me confiesan que todo esto les recuerda a la Década Ominosa de Fernando VII, el rey felón de nuestra historia.

Está demostrado que la corrupción es ya sistémica en la organización y funcionamiento de los partidos centrales de nuestro sistema político, y no pueden los que la permitieron o instrumentaron en el pasado, mucho menos aún los que la han perpetrado, o son incapaces de perseguirla cuando no cómplices, seguir administrando el dinero público y los intereses de los ciudadanos, además de los suyos personales, al parecer los únicos que importan.

Ante el desorden nacional de las felonías sanchistas y el internacional debido a Trump, Putin, Netanyahu y tantos otros, necesitamos un Gobierno capaz de restaurar la confianza en los partidos democráticos centrales, a derecha e izquierda. Dejar de insultarse y empezar a dialogar. Pero no podrán hacerlo si persiste al frente del país un individuo que no se entera de nada de lo que hacen los suyos, la familia incluida, y así lo reconoce, cuando resulta que todos los demás lo sabían desde meses, e incluso años. Es como confesar que, más que el puto amo, según le bautizó en su día uno de sus lacayos, es un engreído sin fundamento alguno, un incapaz y un torpe. Aunque en realidad lo que pasa es que, haga lo que haga y dure lo que dure, se le acabó la fiesta.  

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