The Objective
Juan Luis Cebrián

Cuando las bandas no son de música

«No se sabe qué lugar tendrá reservado la Historia al capitán de este equipo, cuyo manual de resistencia no está haciendo más que empeorar la catadura de sus gentes»

Opinión
Cuando las bandas no son de música

Ilustración generada mediante IA.

Casi al tiempo de que este artículo vea la luz, el marido de Begoña Gómez, accidental presidente del Gobierno de España, deberá dar explicaciones en el Congreso de los Diputados sobre el comportamiento tanto de su familia personal como de la política, ambas sometidas a la acción de la Justicia. Y esta misma tarde su esposa tendrá que presentarse de nuevo ante un juez, instructor de una causa penal contra ella, para entregarle sus pasaportes, en cumplimiento de las medidas ordenadas por el magistrado a fin de evitar que la encausada se fugue.

En los últimos días ha habido un gran revuelo mediático y político, agitado fundamentalmente por el propio Gobierno, como consecuencia de esta medida del juez Peinado. Y sobre todo de su comentario, en el texto del auto, en el que especula con la eventualidad de que los policías que la escoltan pudieran ayudarla a fugarse. Es desde luego una frase tan inoportuna como innecesaria, pero por lo demás no enturbia para nada la gravedad de las acusaciones contra la amante y amada esposa del líder socialista.

La furibunda reacción del Gobierno ante esa medida ha sido declarar públicamente que la acusada es inocente, lo que desde luego está por ver, y además ha exigido al Consejo del Poder Judicial, sin ninguna capacidad legal para ello, sancionar severamente al juez instructor. O sea que algunos miembros del gabinete han pasado de las injurias contra los jueces a la acción. El equipo cuchufleta del sanchismo ha demostrado ya su capacidad para gobernar sin el Parlamento, como prometió hacerlo don Pedro Enamorado. Y ahora intenta también sustituir las funciones de la Justicia, en un nuevo y rabioso ataque contra la independencia de la misma. Que el propio ministro del ramo declare enfático que la acusada es inocente antes de que haya comparecido a juicio y se sustancien los recursos que sus abogados tienen derecho a presentar es un ejemplo más de la inmoralidad y la pequeñez intelectual de este Gobierno.

No se sabe qué lugar tendrá reservado la Historia al capitán de este equipo, cuyo manual de resistencia no está haciendo más que empeorar la catadura de sus gentes y la bufonada de sus comportamientos. Pero ya sabemos que, entre sus asignaturas, si alguna existe, no figura la decencia. Es sencillamente imposible pensar que el hombre insignia del Gobierno no supiera nada de lo que hacían siquiera su familia, sus amigos íntimos y sus leales mayordomos, incluido un experto guardián de puticlub. Pero si finalmente se comprobara que su ignorancia es genuina, se demostraría la indigencia mental y la incapacidad del presidente para seguir en el puesto.

Hace solo dos días que hemos visto dimitir al primer ministro del Reino Unido tras el fracaso de su partido en unas elecciones municipales. La abultada derrota del PSOE en las generales y autonómicas del pasado ciclo electoral hubiera sido motivo suficiente para que los órganos de dirección del partido le quitaran la confianza. Ahora ya sabemos por qué no lo hicieron: sus colaboradores más cercanos, uno de ellos querido amigo personal, no estaban construyendo un sistema de gobierno al servicio de los ciudadanos, sino organizaciones para su propio enriquecimiento, denominadas por los jueces como criminales. Pero, contra lo sucedido en el caso británico, la presión de los militantes del partido para apear del poder a quien, tanto si sabía de los hechos como si no, es imposible que siga gobernando, es por el momento inexistente. Reconozco además mi asombro ante la pertinacia en apoyarle de unos pocos —muy pocos— ministros de su Gobierno, con una trayectoria profesional y política aún respetable, que acabarán arruinando si persisten en participar de unos acontecimientos dignos de ser conmemorados en el Día de los Tramposos.

«La deriva sectaria de algunos comunicadores no ayuda a la esperanza de que acabe esta pesadilla por la que ya empezamos a pagar un alto precio»

Hace demasiado tiempo que en nuestro Parlamento no se habla de política ni de los intereses de la ciudadanía. Se ha convertido en un patio de Monipodio en el que el humor ha desaparecido y reina en cambio el cainismo. Aunque la responsabilidad no es solo de los mequetrefes que gobiernan y quienes les apoyan. No se excluyen de ella los sectarismos interesados de determinados medios de comunicación y expertos comentaristas que presumen de saber más que los jueces y ser más independientes que ellos. La deriva sectaria de algunos comunicadores no ayuda a la esperanza de que acabe esta pesadilla por la que ya empezamos a pagar un alto precio. Para no hablar de algunos programas contratados por la Televisión del Estado, financiada con el dinero público, que presumen de llamarse informativos.

El futuro de España y el de Europa no pueden construirse a bastonazos verbales, salvo en lo que sirvan para vapulear a los delincuentes. Los diputados aplaudieron recientemente a un Papa cuyo discurso, inevitablemente sectario en algunas cosas dada la tradición histórica de la institución que preside, sobresalió, sin embargo, cuando habló de la necesidad del pensamiento complejo en las relaciones humanas. Este es en realidad el único verdadero pensamiento, en el que quien lo ejerce no se cree en posesión de la verdad, escucha al otro y trata no solo de comprenderlo, sino de aprender de él. Testigo como soy de la política en este país desde hace más de sesenta años, y atento seguidor de los actuales debates en el Congreso, no creo que nadie pueda ni deba aprender nada de lo que allí se dice. Sin diálogo, con los demás y con uno mismo, no hay pensamiento alguno, sino doctrina, imposición y ordeno y mando. Algo a lo que debe estar dispuesto a enfrentarse cualquier demócrata genuino.

Y para colmo tenemos ahora a Rodríguez Zapatero, que no se acuerda ni de quién le dio un millón y medio de dólares en joyas y además debe de ser casi el único político que no utiliza el correo electrónico, según confiesa. Por algo será. Sánchez no sabe nada de nada; él, en cambio, sabe de casi todo, pero de pronto le falla la memoria. De todas formas, el juez instructor investiga si este amigo de Maduro e íntimo de Delcy, cuyos retratos ilustran todas las enciclopedias de la delincuencia política, pudiera haber llegado también a ser responsable de una organización criminal. ¿Será verdad que al PSOE le pueden salir tantas bandas que no son precisamente de música? Casi ningún ministro del sanchismo lo cree, y también casi todos ponen la mano en el fuego por Zapatero, nada menos que su referente moral. Ya las pusieron hace solo unos meses por Cerdán, y andan con ellas más que chamuscadas. ¿De verdad no cree Sánchez que ante este panorama debe dimitir si efectivamente no sabía nada?

«El otro partido central ha preferido el juego de seguir insultándose mutuamente con quien ejerce el poder sin haber presentado todavía una propuesta eficaz»

Los problemas de corrupción gubernamental son ya sistémicos en nuestra democracia. Se ven avivados además por una ley electoral que deposita en las cúpulas de los partidos, y no en los deseos de los electores ni en la capacidad de los candidatos, los nombres que ilustran las papeletas de voto. Por si fuera poco, el otro partido central de nuestro panorama político ha preferido el juego de seguir insultándose mutuamente con quien ejerce el poder sin haber presentado todavía una propuesta eficaz, un plan de país, que incluya soluciones inmediatas a los desequilibrios institucionales que padecemos: una gestión incapaz del Estado de las Autonomías y unas políticas exterior y de defensa no consensuadas entre los partidos centrales, y no debatidas en el Parlamento.

Aunque quién sabe si no será mejor, como dijo Jorge Luis Borges, «esperar que con el tiempo no necesitemos a los gobiernos».

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