Zapatero y el talante
«El talante que predicaba Zapatero no era el adecuado, pero parece que por fin descubrió la manera de multiplicar sus talentos, al menos en su provecho»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Las sospechas sobre eventuales delitos de los que podría acusarse a José Luis Rodríguez Zapatero no son sino una prueba más del despojo en que se viene convirtiendo la política española en los últimos años. Si se comprobara la veracidad de las acusaciones, esta sería una nueva demostración de la evolución de las especies. A todo joven cervatillo, como Bambi, con el tiempo le acaban creciendo los cuernos, pero no necesariamente la inteligencia.
Hablando de esto último, me han venido a la cabeza algunas evocaciones de los no muy frecuentes y apenas interesantes diálogos que mantuve en el pasado con el que fuera secretario general del PSOE y presidente del Gobierno de España durante dos legislaturas. Pienso que el lector, pero también los fiscales, los defensores y los jueces pueden servirse de ellos para comprender mejor el perfil intelectual de un caballero hoy investigado por eventuales crímenes contra el Estado que tuvo la osadía de gobernar.
Comenzaré por recordar el método utilizado para conseguir su victoria en el congreso del partido que le nombró secretario general. Se enfrentó a José Bono, candidato al que apoyaba Felipe González y que estaba avalado por su gestión al frente de Castilla-La Mancha. Zapatero, pese a que llevaba varios años como diputado, era un desconocido para gran parte del partido, y no digamos de la opinión pública. Su victoria, por una diferencia de 15 votos de un censo con más de 800 electores, se debió al apoyo de sectores del Partido Socialista de Cataluña a cambio de la promesa de un nuevo estatuto de autonomía a la medida de las aspiraciones del mismo. De modo que la estrategia de cambiar votos por decisiones que solo a unos interesan y acaban por destruir la convivencia ciudadana no es invento de un Pedro Enamorado y hoy furioso, sino de un Bambi con cara de inocente pero afilados colmillos.
Visto hoy en perspectiva, ese trueque fue la antesala del mayor deterioro constitucional del país desde la restauración de la democracia. El Parlamento catalán a iniciativa del Gobierno tripartit, que reunía a toda la izquierda bajo la presidencia de Maragall y el empuje del separatismo, aprobó apenas un año después de la investidura de Zapatero el proyecto de un nuevo estatuto, ratificado en apenas siete meses por el Congreso y el Senado de España. Poco antes, en una comida privada en Moncloa y ante el debate que el tema había suscitado ante la opinión pública, le pregunté si no creía que era una temeridad el proceso iniciado.
—De ninguna manera —me dijo ufano—. De esta manera podemos resolver la cuestión de Cataluña…
—… para los próximos 15 años, o quizá 20 —le interrumpí.
—¡De ninguna manera! —contestó casi airado—. ¡Para toda la vida!
Desgraciadamente, ambas predicciones quedaron hechas añicos en apenas unos meses y todavía pagamos las consecuencias de un procès que acabó en una intentona de golpe de Estado independentista. Maragall me confesaría más tarde que el nuevo estatuto le parecía un bodrio, pese a que el Tribunal Constitucional se encargó de reconducir como pudo sus excesos. Eran fruto de la necesidad de remunerar el pacto que le había llevado a Zapatero a liderar el partido y, consecuentemente, el Gobierno salido de las elecciones. De modo que no es Pedro Sánchez el inventor del sistema cuando, tras su derrota electoral, requirió el apoyo de los votos obtenidos por los herederos de ETA, y de los nacionalismos identitarios de la extrema derecha.
El lunes siguiente al domingo en que Rodríguez Zapatero ganó sus primeras elecciones en 2004, cenamos en casa de Jesús Polanco ellos dos y yo, los tres solos. No recuerdo de quién fue la iniciativa, aunque a mí me convocó Jesús. Tras felicitarle por su triunfo, la conversación giró fundamentalmente sobre temas económicos. El nuevo presidente socialista heredaba una situación económica envidiable y lo que quería era comunicarnos que estaba decidido a renovar de inmediato la gestión de todas las empresas públicas y poner al frente de ellas a militantes de su partido.
El clientelismo es ya una característica antidemocrática de nuestra partidocracia, a derechas e izquierdas: se remuneran los servicios prestados con cargos públicos, en la Administración, en las empresas del Estado y en la mirada de organismos oficiales. Y se hace así estén o no capacitados para ejercerlos. Descubrí entonces, tempranamente, que la inicial preocupación del nuevo jefe de Gobierno era controlar al máximo el sistema empresarial, provocando cambios fulgurantes en empresas públicas o en otras participadas o cotizadas, como ya lo intentó con el BBVA y Repsol, entre ellas.
Comprendí entonces que no era la economía el fuerte del nuevo mandatario. Me llegó a confesar en una ocasión, al comentar la instauración del cheque bebé para promover la natalidad:
—No sé qué hacer con el dinero.
Se refería al dinero público, claro. Sobre el suyo ya sabemos cómo lo maneja.
Y tras renovar su mandato, en el verano del 2008, cuando ya todo el mundo vislumbraba la catástrofe, y le pregunté por la crisis que se avecinaba, me dijo:
—¿Crisis? ¿Qué crisis? ¿500.000 parados más? Ya lo tengo previsto en el presupuesto.
Existe un testigo de esa conversación que puede ratificarla.
No todo fue desastre en su gestión y produjo avances sociales elogiables, como el reconocimiento de las parejas de hecho y el matrimonio entre homosexuales. Pero nada de eso evitó que fuera bajo su mandato cuando en mayo se produjo la revuelta contra las medidas que tomó el Gobierno para hacer frente a la crisis financiera mundial. Mi percepción siempre fue que su gestión económica no era brillante, aunque hasta el derrumbe mundial en 2008 se benefició de la herencia recibida.
Precisamente por eso no entendí por qué se empeñó en predicar el talante como objetivo político. Talante y talento son términos originalmente económicos. Daban nombre a las monedas griegas y romanas. El talento era el dinero, y se anunciaban las oportunidades de desarrollo que ofrecía si se sabía utilizar. El talante era precisamente la manera de aprovecharlas y utilizarlas adecuadamente para obtener mayores beneficios. Quien tenía talentos se enriquecía y se desarrollaba. El uso popular equiparó por eso luego la palabra para definir la inteligencia y las aptitudes para llevar a cabo cualquier tipo de emprendimiento. El talante, consecuentemente, la manera de utilizar el talento y de hacerlo productivo.
A la luz de lo sucedido, el talante que predicaba Zapatero no era el adecuado, pero a juzgar por lo que estamos leyendo y oyendo estos días, parece que por fin descubrió la manera de multiplicar sus talentos, al menos en su provecho, en el de sus amiguetes y de la ominosa dictadura venezolana. ¿Por qué no se dedicó con su amiga Delcy a promover la memoria democrática en aquel país para descubrir la verdad sobre los crímenes, asesinatos y robos que el chavismo y sus regímenes por él patrocinados han deparado a los países latinoamericanos? ¿Por qué no les instruyó a ellos sobre el talante necesario para promover la libertad y el progreso?